bibliaEn el libro de Daniel, al final, en el capítulo 13, aparece un episodio realmente hermoso: la historia de Susana. Es un apéndice que se conoce como “Parte Deuterocanónica”. La narración se conserva en griego, aunque, con seguridad, la versión original debió ser el hebreo o el arameo. Por lo que se puede deducir, el texto seguramente empezó siendo independiente del libro de Daniel, quizá formaba parte de las antiguas tradiciones que se habían tejido alrededor de este profeta del S. VI. Parece que puede datarse en el período persa hacia el año 100 a. C.

La historia de Susana, escrita en tercera persona y con muchos detalles acerca de los personajes que intervienen, es conmovedora y nos explica que la sabiduría no tiene que ver con la edad, ya que los jóvenes pueden ser más prudentes que los ancianos, como muestra la joven Susana. Sea como sea, Dios ayuda siempre al que lo merece, tenga la edad que tenga y el sexo que tenga. Susana es joven y se enfrenta a unos ancianos que se supone que, por edad, han de ser justos y rectos y resulta que son malvados y lascivos, mientras ella sigue siendo pura y honrada. Gran lección la que nos da el narrador acerca de las apariencias que como bien sabemos, casi siempre engañan.

Susana, cuyo significado es “lirio” es una mujer devota y muy hermosa. Está casada con Joaquín y tiene hijos, Su hombre goza de prestigio y riquezas y sus padres son personas buenas y temerosas de Dios que le han dado a su hija una buena educación. Susana vive en una casa muy bonita. Es, por lo tanto, una mujer feliz:

“Moraba en Babilonia un varón cuyo nombre era Joaquín. Había tomado por mujer a una llamada Susana, hija de Helcías, muy hermosa y temerosa de Dios, pues sus padres, que eran justos, la habían educado en la Ley de Moisés. Era Joaquín muy rico y tenía contiguo a su casa un jardín” (13, 1-4).

No obstante, la desgracia se ceba con ella y un buen día su honradez se pone en tela de juicio. Susana acogía en su casa a distintas personas. El año que nos ocupa acogió a dos jueces, dos ancianos elegidos por el pueblo que, en lugar de ser unas personas honradas, resultaron ser unos pervertidos. Así, se aprovecharon de la amistad que tenían con Joaquín, el marido de Susana, para contemplarla y espiarla:

“Aquel año habían sido designados jueces dos ancianos, de los que dijo el Señor: Salió la iniquidad de Babilonia, de los ancianos constituidos en jueces, que parecían gobernar al pueblo. Frecuentaban estos la casa de Joaquín, y a ellos venían cuantos tenían algún pleito. Hacia el mediodía, cuando el pueblo se había retirado, entraba y paseaba Susana en el jardín de su marido, y, viéndola cada días los dos ancianos entrar y pasearse, sintieron pasión por ella. Y, pervertido su juicio, desviaron sus ojos para no mirar al cielo ni acordarse de sus justos juicios” (13, 5-9).

Susana solía descansar en el jardín o bañarse en la piscina y los dos ancianos, que conocían perfectamente las costumbres de la joven, la espiaron, por separado, muchas veces. Los dos estaban obsesionados con Susana, aunque ninguno lo decía. Un día decidieron volver a encontrarse con Susana y los dos descubrieron que el objeto de su pasión era la joven y decidieron seducirla juntos.

Un día, muy caluroso, Susana se baña y, mientras las criadas se ausentan, los dos ancianos, que se habían escondido en el jardín, se precipitan sobre la joven y la presionan: “Las puertas están cerradas, nadie nos ve, y nosotros sentimos pasión por ti; consiente, pues, y entrégate a nosotros; de lo contrario, daremos testimonio contra ti de que estabas con un joven y por esto despediste a las doncellas” (13, 20-21). Las puertas de su casa, pues, están cerradas y los dos ancianos, lascivos y llenos de concupiscencia se lanzan sobre la chica y le piden relaciones sexuales. Si no accede, como acabamos de leer, la acusarán de adulterio con un joven y ellos serán los testigos.

Susana no sabe qué hacer, se encuentra en un callejón sin salida. Los dos ancianos la acusarán de adulterio y está penado con la muerte. Nadie la creerá si dice que ha sido seducida por ellos. No obstante, Susana decide una solución valiente: “Rompió a llorar Susana, y dijo: Por todas partes me siento en angustia, porque, si hago lo que proponéis, vendrá sobre mí la muerte, y si no lo hago, no escaparé a vuestras manos. Mas prefiero caer inculpable en vuestras manos a pecar ante el Señor” (13, 22-23).

Susana prefiere morir que pecar. Es fiel a sus ideas y a su educación. Grita y organiza un escándalo. Los ancianos mienten y Susana cree que no tiene salida. Nadie la puede ayudar puesto que son jueces y además ancianos. La citan al juicio al día siguiente y será sentenciada a morir apedreada.

Susana acude con sus padres, sus hijos y sus parientes al juicio. Se ha tapado la cara. Los viejos exigen ver su cara para disfrutarla por última vez y ponen sus manos en ella, mientras Susana llora: “Iba cubierta, y aquellos malvados mandaron que se descubriese para saciarse de su hermosura” (13, 32). Los ancianos la acusan y dan todo tipo de detalles. Susana ha sido calumniada y la condenan a muerte, aunque ella proclama su inocencia, en un gesto desesperado. No quiere morir sin que se sepa la verdad y se dirige a Dios: “Levantó entonces Susana la voz y dijo: “¡Dios eterno, conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes de que sucedan! Tú sabes que han declarado falsamente contra mí. Tú sabes que muero sin haber hecho nada de cuanto éstos han inventado inicuamente contra mí” (13, 42-43). 

Uno de los asistentes, Daniel, cree en la inocencia de la joven y cuando llega el día de lapidación, Daniel, que significa “Dios es mi juez”, grita: “Yo soy inocente de esta sangre. Y todo el pueblo se volvió hacia él, diciéndole: ¿Qué significan estas palabras que has proferido? Y él, puesto en medio, dijo: ¿Tan insensatos sois, hijos de Israel, que, sin inquirir ni poner en claro la verdad, condenáis a esa hija de Israel? Volved al tribunal, porque éstos han testificado falsamente contra ella” (13, 46-49).

Todos vuelven al tribunal, Los dos ancianos, avergonzados. Daniel los interroga y descubre el embuste. Todos se dan cuenta de la falsedad de los dos viejos y la pena que ellos quisieron para Susana la tendrán ellos ahora, por perjuros y calumniadores. Murieron apedreados. Daniel los atrapa en mentira porque los interroga por separado y cada uno afirma haber visto a Susana bajo un árbol distinto, un lentisco y una encina; así se descubre la verdad.

Todos dan las gracias a Dios y reconocen que Dios salva a los que creen en él y castiga a los malos y pérfidos, lo cual es una enseñanza válida universalmente: “Y toda la asamblea levantó la voz bendiciendo a Dios, que salva a los que en El esperan” (13, 60).

El relato es ficticio, no obstante hay quien ve en él el reflejo de la actuación de los dos falsos profetas, Ajab y Sedecías, que fueron acusados por Jeremías de conducta adúltera.

La actuación de Daniel es decisiva y es una especie de tópico, el tópico del “niño sabio” que es más sagaz que los mayores y descubre la injusticia que se estaba a punto de cometer en la persona de Susana, la casta Susana, ya que, Daniel desde aquel día “se hizo famoso en su pueblo” (13, 64)..

Por último, cabe añadir que el relato de Susana ha sido un tema muy popular en el arte y la literatura. Hay, además, varias versiones del relato en distintos idiomas europeos.







 

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