Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

VOLVER DE NUEVO A LA MANSIÓN DEL MAR
 



Jamás la Naturaleza dice una cosa
y otra la sabiduría.
Juvenal, Sátiras, XIV

I
Qué a gusto vengo a la mansión del mar,
hijo pródigo yo, que he malgastado 
la herencia de agua, verdes, campos, flores 
que la naturaleza me dio un día.

Humildemente vengo a ti, mar, quiero
pasear esta mano arrepentida
por tu glauco pelaje, te acaricio, 
perro que va, carlea en las orillas
ya cansado de acuáticos senderos,
sacude el rabo roto de una ola
y entre las rocas tiza espolvorea.

Yo le acaricio el húmedo plumaje
irisado de guiños del poniente
y él me sonríe con temblor de niño
por sus dientes de blancos cabrilleos.

Tan grande en las pleamares ondulantes,
tan contento anfitrión de tantos buques,
tan alto en la vidriera de la aurora,
tan rumoroso entre vestales brisas,
tan largo en el alféizar del poniente,
y ahora, pequeñito y moribundo
viene a morir en una concha blanca.

Me mira con sus ojos derrotados,
gemelos del crepúsculo que, lejos,
le consuela en su hora postrimera
le pone catafalco de violetas.

Yo también, mar, me muerdo mi destierro,
desgavillado de la gente, a trizas
el corazón de historias fragmentarias,
vengo a desenterrar ayeres, restos
de tardes con ruinas de mareas,
de tardes en que fuimos flor de idilios
ella y yo, en el regazo de tu orilla,
garabatos de espuma en nuestros pies
nos hacían los leves cabrilleos,
antes de su desguace en las arenas.


II

Huyo de la ciudad, pero amo a los hombres, 
os coloco en mi torre de homenaje,
que son heridas cuerdas 
como yo del amor, luz de desvelo,
como yo del sufrir, que late oculto.

Sin embargo, el olvido me aconseja 
vaciar mi corazón de anécdotas y nombres
para escarbar en mi cansancio a solas
mis señales más puras, verdaderas
y cuando halle las palabras vivas 
que enterraron las grandes multitudes,
volveré a llevarlas a los hombres,
muy seguro de que me escucharán,
las palabras precisas, suficientes,
que nos animan a sobrevivir 
y enlazar nuestras manos, estas manos que ahora
huérfanas de una fe y de la confianza, 
se entierran en la prisa y los ruidos.

Dame, tú, mar, sosiego y déjame decirte las palabras 
que en la ciudad se vedan a los poetas porque las consignas 
del tumulto oxidaron todos los oídos. 

Pero aún quedan vocablos, vocablos que no están contaminados 
por la frivolidad, por el consumo.
Déjame, mar, que te los diga a tu oreja de limpias caracolas.
Sé, tú, a pesar de tsunamis y naufragios,
nuestro renacimiento, nuestra concha de cuna
para surgir de ti como hace siglos
nacieron los anfibios y pisaron la tierra, que ahora tiene miedo
de llorar su ruina planetaria. Sé, tú, mar un olvido de ajetreos,
un volver a nacer, marea de entusiasmo tu pleamar en las almas.


III

Volveré a la ciudad con mirada salobre,
con ojos con colores de radiantes madréporas,
con brazos como algas para abrazar el mundo
y decirle que ame los árboles, los campos, los jardines;
que los ríos le sean cintas de agua que doblan y acarician
sus cinturas de piedras industriales;
y les diré a los hombres, que defiendan las calles y las avenidas
con batallón de árboles, con fuentes como bocas 
[limpias con luz de alba.
Enseñaré a los niños el álbum de la nieve,
las páginas de olivos como crenchas del campo,
las grecas de los pájaros
[en la alta vidriera de los cielos.

Que una generación nueva aprenda
[a leer en los rústicos barbechos,
en los parterres de las alamedas,
en las riberas, calles de los ríos, que son alegoría
[de la vida. 
Madre Naturaleza, perdónanos la afrenta que te hacemos
todos los días sin pensar que somos 
la ignorancia que toca con sus manos más sucias
[tu tan desvencijado patrimonio. 



* Premio I Certamen de Poesía Ecológica EducaVerde 2007 (SEVILLA)
Edición en Internet, en la Web de EducaVerde












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