Dijo el señor Zapatero antes y durante las últimas elecciones generales -y lo ha repetido hasta la saciedad en multitud de ocasiones-, que seguirían profundizando en las rebajas fiscales con el objeto de favorecer a las economías más débiles y, por supuesto, que no habría aumento de impuestos durante su legislatura.

Eso lo decía y repetía a boca llena y con enérgicos gestos de gobernante serio y responsable hasta hace bien pocos días. Sin embargo, asombrando a todo el personal que le votó -y para particular regodeo de la oposición-, de la noche a la mañana, a mediados de junio y cuando una alta proporción de españolitos se rompe las neuronas para ver qué tachar de la lista de la compra, nos saca de la chistera un consejo de ministros aprobando una brutal subida del tabaco y de las gasolinas.

O sea, que no sólo no ha hecho lo que esperaban sus once millones de votantes -donde, si nos atenemos a las siglas de "partido socialista y obrero", se encontrarían once millones de miembros de las economías más débiles-, y que sería unas reformas que subiera la fiscalidad de las rentas más altas y bajara las de los que ganan menos, sino que les ha rebanado un importante tajo de sus más que diezmados bolsillos.

Paradójico es que, mientras esta subida de impuestos directos se efectúa sin otro concurso que el del "ordeno y mando", se recurran a subterfugios de niños de colegio para no efectuar la también anunciada revisión y subida de las rentas de los que más ganan o rentas más altas.

Paradójico es, también, que se pretenda fomentar la venta de automóviles con un plan de ayuda a su adquisición, mientras se sube lo más gravoso para cualquier comprador y usuario de un vehículo que es el indispensable combustible.

Paradójico es que, mientras se hurga en los bolsillos de los más pobres, se mantenga una fiscalidad de privilegio para los clubes de fútbol, quienes no sólo demuestran descaradamente que no les afecta la crisis sino que, caso del Real Madrid con el fichaje de Cristiano Ronaldo, se permite la chulería de pagar casi 100 millones de euros en una operación por la que sólo pagará a Hacienda lo mismo que las rentas más bajas, es decir el 24 % (Ley Beckham), mientras los demás jugadores tributan al 43 % o, por poner el socorrido ejemplo de lo que hacen en Europa -tan utilizado por nuestro gobierno cuando les interesa-, en Inglaterra tributan el 50 %.

Los argumentos -pura abstracción filosófica- que esgrimen los responsables del Gobierno para estas subidas de impuestos son varios. En el caso del tabaco, dice la señora vicepresidenta: "Se sube con el doble objetivo de proteger la salud y contribuir a la sostenibilidad de las cuentas públicas". Y las subidas de las gasolinas y gasóleos, naturalmente, para que haya menos consumo, que lleva a menos polución, menos degradación del medio ambiente y que la gente respire mejor... Otro argumento -este otro a palo seco- es que España es uno de los países europeos con menor presión fiscal, y que nuestro país está obligado por la UE a subir la fiscalidad a estos productos antes de 2012.

Todos estos argumentos serían válidos si la obligatoriedad de subir los impuestos para equipararlos a los de los países de la Unión Europea llevara aparejada la obligatoriedad de subir los sueldos para, a su vez, equipararlos a los que cobra un inglés, un francés o un alemán. Y puestos a europeizarnos, equiparar las pensiones de jubilación y de viudedad, las prestaciones y subsidios de desempleo, etc. (En Alemania, Suiza y Noruega casi se duplican los salarios españoles; y en valores reales las diferencias son abismales; por ejemplo, en Suiza, el sueldo medio es superior a 4.000 euros frente a los 1.414 euros -por contrato, sin incluir horas extraordinarias- de los graduados españoles. www.20minutos.es).

También nos ha repetido en multitud de ocasiones nuestro señor presidente que la crisis, ese descomunal engaño generalizado provocado por los más poderosos, no debe pagarla quienes ninguna culpa tienen. Y que los dineros de las arcas públicas que ha habido que desviar hacia el sector financiero, no va a salir del bolsillo de los más débiles. Y etcétera, etcétera, etcétera...

La mentira, o sea, decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, se cree o se piensa, junto con faltar a lo prometido, es proverbial en la clase política. No nos sorprende, por tanto, que ambos elementos sean utilizados por el señor Zapatero en el desempeño de su cargo. Lo que nos va sorprendiendo ya es la excesiva frecuencia con que hace uso de ellos, y, sobre todo, la enorme sangre fría con que sigue su día a día mientras se dirige de cabeza al precipicio. Porque estoy seguro de que nuestro señor presidente sabe a ciencia cierta que con actuaciones como las reseñadas -inolvidables apuntes en su suma y sigue- se está cavando su propia tumba.







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