En memoria de mi padre: gracias por tu visita.
Y por supuesto para Ingmar Bergman.


El célebre director de cine, el sueco Ingmar Bergman, produjo entre otras maravillosas películas en la década de los sesenta y setenta, La Hora del Lobo.

Es una película en blanco negro y grises. Describe la soledad y la angustia de una pareja que conversa sus miserias a esa hora en que la noche esta terminando, pero que la madrugada aun no llega. Las cuatro o cinco de la mañana. Hora en que el lúgubre lobo muestra sus dientes y el temor desnudo se hace presente.

Mi hora del lobo está ocurriendo ahora en este momento en que escribo. Aquí en Dinamarca son las 00.04 y el lobo aúlla.

Es mi cumpleaños número sesenta y siento el fantasma de la vejez apoderándose de mis huesos y mi corazón.

Los recuerdos me invaden. Soy un chiquitito de seis años de edad. Estoy cazando lagartijas en mi jardín y les corto las colas tan solo para ver como estas siguen coleteando separadas del cuerpo de la lagartijas... un pecado, Dios mío.

Estoy en el confesionario; hace una semana desde mi última confesión, padre.

"UNA SEMANA! DEBES ESTAR LLENO DE PECADOS, NIÑITO." 

Confieso que lo corté las colas a las lagartijas.

Confieso que tuve pensamientos sucios con mi mamá.

Ahora estoy arrodillado en mi jardín enterrando las colas y haciéndoles pequeños crucifijos sobre sus tumbas. Necesito fervientemente que ocurra un milagro para sacarme de este estado de pavor y soledad en el que me encuentro.

Me desperté sobresaltado de un sueño con mi padre. Soñé que el estaba tendido en una playa bajo un sol esplendoroso y me sonreía. Se veía tan joven y hermoso, desnudo.

Ya despierto siento una añoranza muy profunda por el.

Mi padre murió en USA, en el estado sureño de Alabama en 1982. Ya lo había perdido cuando yo tenía doce años de edad. Se encaramó a un avión en el Aeropuerto de Los Cerrillos, en Santiago y no lo vi nunca más. Sufrí por el, y su ausencia me marcó de por vida. Y en esta hora mía del lobo, aquí y ahora, lo necesito cuan niño huérfano.

Entonces siento unos golpecitos en la puerta. Abro y veo a un viejito ahí parado en el umbral, sonriéndome,. Y me dice -Ian! supe que me necesitas. Aquí estoy. Dame una tacita de te...-

Lo hago pasar y se sienta en mi sillón, con los pies cruzados como de costumbre y sus manos ocupadísimas preparando su pipa. Su barbita es blanca como la nieve de la cordillera y su cabellera roja como un sol poniente.

-Hijo- me dice, -yo soy un alma muy vieja ya, y tuve tantos problemas en mi vida, pero sabes? la mayoría de ellos JAMÁS OCURRIERON! Ahora ya muerto, pienso para atrás y no puedo entender que sufría ante los problemas. Perdí tanto tiempo y energías cuando debería haberme reído a carcajadas. Disfrutado mucho mas de ese milagro llamado vida.

Ahora, en la muerte, me entretengo. Espero a tu madre, me junto con mis amigos. Hacemos viajes maravillosos navegando en multitudes por el universo. De vez en cuando te echo una miradita y veo que vas en buen camino. Ya vas a cumplir los sesenta. Cuídate la salud, estas demasiado guatón! Pero estás OK, hijo, you are really OK.-

Mantiene su acento gringo que era tan atractivo cuando vivía en Chile. Su impermeable gris está inmundo como siempre.

Golpea la pipa contra el cenicero y la llena de tabaco nuevamente. Saca una cajita de fósforos LOS ANDES y la enciende.

-Es tu cumpleaños hijo y tienes los síntomas clásicos del "síndrome". No eres viejo, no eres joven. Estás vivo y por supuesto mas cerca de la muerte. Esa es la realidad. No hay nada ni nadie que cambie estas cosas. Cuando eras un niño no creías en la muerte. Era un invento de los viejos, no?

-Sí, papá. Y cuando joven también. E iba a cambiar el mundo. 

-Yo te abandoné.

-Si. Y me hiciste mucho daño.

-Bueno, tengo que irme volando ya. Dame un abrazo- Y lo abrazo con ternura y siento su aroma a viejo tabaco y pisco Control, como siempre olía cuando yo era niño Le abrí la ventana y simplemente se fue...

Ya salió el sol aquí en Dinamarca y la hora del lobo se diluyó entre gente madrugadora, niñitos de la mano de sus madres, colegiales atolondrados, ejecutivos y ejecutivas apresuradas, madres con sus cochecitos y sus guaguas, pintores con sus tarros y escaleras, viejitos con sus bastones y sus bolsas para las compras.

Y donde quedo lo de Ingmar Bergman? La hora del lobo? Ya no tiene la menor importancia.

Es mi cumpleaños.





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