La primera vez que abrí el álbum de fotos lo hice desde la más nítida de las ilusiones, con intenciones expresas de descubrir la verdadera imagen de todas aquellas estampas que solo eran brumas en mi cabeza. Espejismos.

Adquirí de inmediato plena conciencia de que el hombre envejecía, las etapas de la vida corrían ligeras hacia la decadencia, y siempre acababa ganando el sufrimiento. Esos jóvenes risueños, o mustios, o reflexivos, o solemnes, o medio borrachos, o con ojos altaneros, eran mi familia; padres, tíos y abuelos transfigurados con el paso del tiempo, plasmados en las fotografías, esos recordatorios depresivos evocadores de la melancolía, fiel y amargo reflejo del paso de los años.

El joven apuesto con ese aire gallardo de antaño sentado en la barandilla de un puente de hierro, fumando con desgana, que mira el objetivo con seducción y descaro, ahora es viejo enfermo de clínica geriátrica que habla solo y juega a hacer solitarios con barajas de póquer.

La abuela Carolina, tan bonita con los labios rojos, con aires de princesa codiciada de rostro pálido, piel tersa y futuro incierto, sin desgracias aparentes, al cabo de los años tuvo al diablo royendo su estómago, instrumentando un cáncer, y se fue fulminada por ese mal bicho que notable deterioro físico le dejó.

Las fotografías son angustia y pesar. Siempre acaban siéndolo.

Aparecía gente en el mar, en las barquitas de los lagos, en la noria, en los restaurantes, en un campo de malvas, hablando cualquier intrascendencia, y yo no veía más que figuras frágiles, remotas, expuestas a las tramas del paso del tiempo, envueltas en una atmósfera desvaída, antigua y falsa.





(Curriculum y Datos del autor)



 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep


Aviso legal | Política de privacidad | Condiciones del servicio | Home