• LA VOZ DE UN VERDADERO PROGRESISTA




    “Un pueblo no es verdaderamente libre
    mientras que la libertad no está arraigada
    en sus costumbres e identificada con ellas.”
    Mariano José de Larra

  • Mariano José de Larra

Larra fue el primer escritor de España que consideró con gesto intelectual los problemas y vicisitudes nacionales que siempre han flotado en nuestra atmósfera. Por el enfoque siempre actual de su visión, la calidad de su ironía y el alcance de las meditaciones que fulgen en la obra de Larra, queda plenamente justificado el gusto nuevo y la vuelta a Larra que se manifestó hace ya algo más de un siglo. La iniciativa partió de la generación del 98.

Mariano José de Larra, nacido el 24 de marzo de 1809 en Madrid, cumple diecinueve años cuando se decide, en 1828, a publicar un periódico a sus expensas, El Duende Satírico del Día, sólo aparecieron cinco números, pero ya encontramos en él el esbozo de varios de los grandes temas que el escritor desarrollará en los años siguientes. Es una época de censura muy estricta: por eso debe dar prueba de gran habilidad para presentar sus críticas contra la España caótica y desecada, nula y vacía, y para abogar por otro gobierno, por las libertades y la civilización.

En agosto de 1832, después de haber ensayado otros géneros literarios, vuelve con obstinación al periodismo. Publica el primer número del famoso periódico El Pobrecito Hablador, del que saldrán catorce números. En ellos encontramos artículos tan célebres como “El castellano viejo”, “Vuelva usted mañana”, “¿Quién es el público y dónde se le encuentra?”, etc.

Larra ha comprendido que por medio de la prensa puede llegar a sus contemporáneos, modificar la sociedad, sentar las bases de un credo político y sacudir la apatía general. Estos son los motivos por los que este autor pone su genial originalidad al servicio de esta obra bien cívica.

Si Larra no hubiese escrito más que su novela El doncel de don Enrique el Doliente, su débil teatro y sus versos –aquellas odas que “el diablo le tentó a escribir”-, no nos acordaríamos en el segundo centenario de su nacimiento, de su nombre. Pero hizo artículos. Observó, criticó y analizó. Expuso con ironía y justeza. Trazó cuadros y siluetas de gran aire español. Derrochó aquí y allá juicios de universal alcance y logró en ocasiones lo que no pudo hallar en versos ramplones: el acento del verdadero poeta.

Larra tiene de don Francisco Quevedo, la crueldad y el sarcasmo implacable. Pero el verdadero y legítimo antecedente del gran articulista es, como señala Azorín, Beaumarchais. En el autor de El barbero de Sevilla se encuentra implícito el humorismo del español, que supo adoptarle originalmente con temperamento propio.

Al anochecer del 13 de febrero de 1837 Larra se suicidó. Le faltaba más de un mes para cumplir los veintiocho años. Los periódicos de la época dieron poca importancia al suicidio de Fígaro. Apenas si le dedicaron comentario alguno. Azorín se escandaliza de ello. La llamada generación del 98 y la siguiente revisaron aquel silencio como un proceso de insensibilidad española o de mal gusto. “La obra de Larra estaba acabada allí donde él la dejó –escribió Antonio Machado-, y fue el suicidio su último y definitivo artículo de costumbre”.

Larra nos recuerda constantemente que si la sociedad es una amalgama él escribe para esta sociedad, es decir, para la mayoría, en defensa de una amplia difusión de la cultura para sacar al pueblo de su marasmo.

Llegamos con esto al final de la evolución personal de Larra. Ha discernido que en una sociedad cuanto mayor es el número de individuos implicados en sus transformaciones tanto más este gran número –que llama “masa”, “masas” y “pueblo”- tiene probabilidades de transformar profundamente la historia. De aquí sus incesantes llamadas a este gran número.

El hecho de que hayamos aplicado el calificativo de “progresista” cobra así toda su significación. El elemento más importante de su evolución personal, es, sin duda, esta progresiva toma de conciencia de la realidad histórica de España, realidad móvil y no definitiva.

Y preguntamos hoy como ayer. ¿Por qué se suicidó Larra? “Larra se mató –nos cuenta Machado- porque no pudo encontrar la España que buscaba y cuando hubo perdido toda la esperanza de encontrarla”. Larra, nuestro romántico escritor, fue un peregrino en su patria. La ideó y la idealizó peregrinamente. Larra, fue un peregrino de amor, un enamorado.

Y como dijo el poeta: “Fue peregrino en su patria / desde que nació. / Y lo fue en todos los tiempos / que en ella vivió”.





 

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