ianwelden

Ilustración del autor


"Que error es para la mujer esperar que el hombre construya
el mundo que ella quiere, en vez de crearlo ella misma"
Anais Nin (1903-1977)

Me dicen "La Chancha". Yo sé muy bien lo que los vecinos ven en mi cuando salgo de mi pequeño departamento en Copenhague con mis botellas vacías a cuestas y mi triste rostro púrpura cual corazón arrancado de raíz arrastrándose por las veredas del barrio. Ven a una mujer apaleada por la vida y el dolor, hediendo a soledad y desesperanza que anda por las calles todas las mañanas puntualmente a la salida del sol comprando su urgente ración de cervezas, vodka y cigarrillos. Ven mi enorme cuerpo desproporcionado y mis sucias y desteñidas mechas amarillas. Ven simplemente a una chancha.

Vivo sola. Ningún hombre me quiere tocar y la única visita que recibo es la dulce y siempre profesional enfermera estatal que viene cada quince días a controlar mis medicamentos y ver si aún estoy viva.

El único resquicio de juventud y belleza que me queda son mis ojos azules como el cielo. 

Cuando despierto a medianoche tiritando por las abstinencias y alucinaciones me arrastro a mi balcón a respirar aire frío y espiar al vecino del frente saliendo húmedo y fresco de la ducha. Lo observo con fruición a través de mi telescopio. Es un hombre extranjero bello como una sombra lunar que me hace pensar en el paraíso perdido. El se deja observar porque yo soy La Chancha. Me ignora totalmente.

A veces me encuentro con él en el supermercadito de la esquina. No me atrevo a desafiar sus miradas de desprecio a pesar de que hemos vivido frente a frente en el mismo vecindario ya más de veinte años. Conozco su nombre, sus costumbres, sus secretos y sus más íntimos deseos.

El nada sabe de mi y yo nada espero de él. Es tan sólo una entretención estética.

No siempre fui La Chancha. Parte de mi vida fui Eva. Eva la de los ojos celestes. Eva la de los cabellos de sol. La de "Toda la vida por delante".

Estudiaba arduamente astronomía en la Universidad de Dinamarca y escribía furiosos poemas de amor y rebeldía que publicaba anónimamente en La gaceta Estudiantil a escondidas de mi padre, un severo y reaccionario pastor luterano. Me interesaba la luna, el objeto celeste que más ha fascinando a la especie humana y uno de los cuerpos más grandes del sistema solar.

Me impresionaba la inmensa soledad que había entre ella y nuestro planeta. "Trescientos ochenta y cuatro mil cuatrocientos kilómetros! TRESCIENTOS OCHENTA Y CUATRO MIL CUATROCIENTOS KILÓMETROS! nos gritaba apasionado el hermoso profesor Andersen.

Andersen me violó una noche de luna llena. Yo tenía dieciséis años de edad y era ingenua y virgen como un suspiro. Creí que me iba a amar toda una eternidad pero al enterarse de que estaba embarazada con su hijo me hizo abortar a golpes y logró expulsarme de la universidad. Mi padre me echó de la casa y habiéndolo perdido todo me dediqué a vagar por las calles congeladas y dormir en los hacinados albergues del Ejército de Salvación Danés.

Como había heredado la aguda perseverancia y perspicacia de mi madre seduje al viejo director Henrik Petersen quién me instaló en un pequeño departamento del tamaño de un caja de fósforos en el sector de los prostíbulos de Copenhague, regalándome además un magnífico telescopio reflector newtoniano. Con este exploraba el sistema solar, mi querida luna y los desmesurados asteroides que rondan por la galaxia.

Henrilk me visitaba todos los días a la hora de almuerzo salvo los fines de semana. Procedía a violarme sin preámbulos y luego se marchaba dejándome algún dinero para mis necesidades básicas. En algunas ocasiones me hablaba de su esposa y de sus cinco hijas adolescentes como si estuviera hablando de yeguas.

Pensé mucho en esa noble mujer traicionada por mi.

Mi sentido de culpa se transformó en una violenta obsesión. La imaginaba caminando en puntillas, descalza, para no despertar a su marido de sus largas siestas ceremoniales después de haber fornicado conmigo. La veía cociendo los botones de sus impecables camisas blancas, zurciendo sus calcetines y planchando sus corbatas a altas horas de la noche, sola y abandonada por la vida.

Yo Odiaba a Henrik con toda mi alma tanto como me odiaba a mi misma. El recuerdo de mi abnegada madre me acosaba en esos tiempos vergonzosos y en mi delirio de alcohol confundía a ambas creyendo que eran una misma persona.

"Llega a casa
de sus citas clandestinas
ý sin dirigirte una sola palabra
simulando displicencia
cual gato insatisfecho
te obliga a realizar
tu misión en la vida.

Y vas recogiendo y juntando
una cosa con otra
calcetines
zanahorias
hijos
copulaciones
partos
abortos
olvidando que esa noble tarea
ya la has cumplido con creces.

Pero el insiste testarudo
y manipula con silencios
y tu confundida
corres nuevamente
a aparear lo inapareable
más calcetines
más fetos
para no perder 
lo que ya se perdió
hace tantos y tantos años".

Lloraba por las noches. La soledad me consumía y añoraba volver al alero de mis padres y a la limpia y vital actividad estudiantil. La vida me estaba dando tempranas lecciones de dolor y humillación y necesitaba el consuelo de la ingenuidad y de las cosas simples. Dormía abrazando a mi vieja muñeca de trapo y llamaba en sueños a mi dulce madre…

"Duérmete mi niña, duérmete mi amor, duérmete pedazo de mi corazón".

Henrik me golpeaba "por si acaso", como decía. Comenzó a ver amantes imaginarios debajo de la cama u ocultos en el baño. Me prohibió salir a la calle bajo pena de muerte. Me encerró con llave y sus violaciones se tornaron aún más violentas y dolorosas. Me traía botellas de vodka y whisky todos los días, y me obligaba a beberlas como si fueran agua. Me quemaba con cigarrillos y en un arranque de locura y perversión final me arrancó la cabellera con un cuchillo de cocina. No puedo entender como ni porqué no había saltado antes a la calle desde mi ventanilla de Rapunzel. No fue intento de suicidio. Fue un acto de heroísmo y emancipación de una pobre niñita desesperada. Lo único que llevé conmigo fue mi querida muñeca de trapo.

Cuando volví a abrir los ojos un ángel vestido de blanco me observaba con preocupación. Me toqué para saber si estaba viva y otro ángel me sujetó las manos.

Usaba guantes de goma y una mascarilla le cubría la mitad del rostro.

La cabeza me dolía violentamente y apenas podía mover mis piernas. "No tengo alas aún..." recuerdo que le dije. "no las necesitas, tienes mucha suerte" me contestó sonriendo.

Mi estadía en el Hospital Psiquiátrico del Reino me reconcilió con el mundo por un tiempo.

Mi cabellera de oro creció nuevamente al llegar la primavera y mis ojos se inundaron de frescas luces celestes.

Los ángeles, como yo los llamaba, eran médicos hábiles y cariñosos como la misma naturaleza. Cumplí mis diecisiete años de edad en paz bajo su protección y vi como mi abatido cuerpo de niña se transformó en el de una magnífica y bella mujer.

Un sereno amor me sorprendió una tarde mientras paseaba por los jardines del hospital sumida en mis pensamientos. Andrei, con su espíritu de niño juguetón y sus inmensos ojos inocentes me robó un beso y quedé hechizada.

Desde ese momento fuimos inseparables. Escribíamos poemas de amor y nos tendíamos a dormitar y conversar abrazados bajo los cerezos en flor. Los ángeles nos sonreían y mis brutales alucinaciones alcohólicas fueron disminuyendo hasta desaparecer del todo. Fui "Eva la de toda la vida por delante" nuevamente. Eva la de los ojos de cielo, la de la cabellera de sol. Me sentía rescatada del infierno y de las pesadillas y creía incondicionalmente en mi capacidad de ser una mujer libre y feliz.

No dormía con Andrei pero ya tampoco con mi muñeca de trapo. Me atreví a soñar con un hogar.

"Como quisiera tener un techo
un techo y un jardín con flores
donde nunca más entren los demonios.
Yo te cuidaría te lo prometo.

Como quisiera tener raíces
húmedas y poderosas
creciendo en nuestros corazones".

Mi madre me visitó una tarde trayéndome un ramo de flores ya secas. No la reconocí al principio. Vestía entera de negro y olía a naftalina. Me escupió en la frente y me dijo que mi padre había fallecido de vergüenza. Que se sentía traicionada y ofendida por mi. 

Me preguntó con ironía si había hecho mis deberes. Me habló burlonamente de tiburones que acechaban al planeta, de la Vía Láctea que se iba a estrellar muy pronto con el Cúmulo de Virgo y del volcán marciano Monte Olmpus el más grande del sistema solar, que medía veinticinco kilómetros de altura y que constituía el falo más potente de toda la galaxia.

"Haz que estudie, hijo mío" le dijo con sarcasmo a Andrei dándole un obsceno beso en la boca. Se fue riendo encorvada como una sombra muerta y comprendí en ese momento que jamás la volvería a ver.

Mi recientemente readquirida confianza en la existencia se hizo trizas brutalmente y para siempre con esa cruel parodia maternal. Yo amaba a mi madre por sobre todas las cosas del mundo. Caí en un profundo precipicio de horrores y desolación.

Creo que fue en esa oportunidad que el protocolo de "La Chancha" fue escrito para siempre en las estrellas.

Los ángeles del estado danés revolotearon a mi alrededor bombardeándome con medicinas experimentales y mixturas enigmáticas. Andrei dormía a los pies de mi cama y me leía crípticas citas del filósofo Søren Kierkegaard, intentando hacerme salir de mi oscuridad. "La angustia es el vértigo de la libertad". Luego se transformó en contrabandista trayéndome botellas de vodka que yo zampaba en pocos segundos logrando un estado de insensibilidad total. No le temía a la muerte ni a la vida. Ni siquiera sentía indiferencia.

Seguía escribiendo si, y mi poesía se tornó incolora y amenazante. Andrei se sintió excluido y solitario y cayó a su propio agujero de pesadillas y terrores. Y ahí estábamos los los dos, cada cual en su túnel, como topos ciegos y solitarios; nuestras almas muriéndose de hambre.

"La torre que me abraza con tanto cariño
me mantiene distante del sol.

Me protege de mis sueños
y me enriquece con las virtudes de las piedras.

Las pantallas que reemplazan mis ventanas
me dan toda la información que necesito.

Las cuatro estaciones son adversarios inútiles
de mi amada isla en el mar de las sombras.

Te gustaría entrar a visitarme?
Te invito a entrar.
te gustaría ser como yo?

Esta torre crece y trepa en mi vientre
como una astuta lombriz solitaria
satisfaciéndome con espejismos e ilusiones.

Estos cables hurgan en mi cerebro
en busca de mi capacidad
para transformarme en esclava.

Sabes lo que esto significa?
Sabes lo que quiere decir?
Sabes que ya estás a punto
de aceptar mi invitación?"

La ángel jefa del hospital, que curiosamente se llamaba Ángela, no nos dejó morir. Nos trasladó con camas y petacas a su propia oficina y nos cuidó día y noche con la ternura de una madre. Ángeles y otros mortales entraban y salían como si fuera la Estación Central de Copenhague. Creo que esa actividad febril nos hacía bien. Pero en las noches caía un silencio

sagrado; nos cantaba canciones de cuna y nos alimentaba con biberones de tibia y dulce leche materna que ella misma producía ya que recientemente había dado a luz a su primera hijita. El bebé dormía en una cuna en un rincón de la oficina y su llantos y gorgojos fueron también un elemento importantísimo de su terapia angelical.

Durante varios meses y con paciencia de santa nos fue haciendo renacer, hasta que una mañana Andrei despertó sonriendo y desde su cama me lanzó un beso con la mano. Angelita rió de felicidad al ver el magnífico beso volando a través de la oficina y yo tuve energías para levantarla en mis brazos, atrapar el beso y ponérselo en la boca como si fuera un caramelo. 

Pasado el invierno llegó por supuesto una nueva primavera y luego otro otoño y así sucesivamente como suele ocurrir en este planeta, hasta que un día Ángela recibió el Premio Danés de la Paz por su ya célebre Nueva Terapia del Renacimiento. También fue nombrada ministra de salud por el gobierno danés y como último gesto de cariño hacia nosotros, nos regaló una casita con jardín, árboles y avecillas, una hermosa Biblia con páginas en blanco para mis poemas y un flamante telescopio reflector Schmidt-Casegrain para observar juntos el universo.

Y nos despedimos para siempre, ya sanos y sin adicciones ni pesadillas.

"Un ángel necesita alimento.
Un ángel te nutre
y de esa manera
se nutre a si misma.

Te alimenta cubriéndote
con sus alas y caricias.
Cuando ya puedas caminar
nuevamente
y tus horribles confusiones
hayan quedado en el pasado
y andes por ahí
por los parques y bosques
bailando valses y tangos
ella aparecerá
soplando en tu cabello.

Te llenará de poderes
maravillas y estrellas
y volará urgente a socorrer
a otros mortales heridos.

Pero siempre regresa a ti
para alimentarse.

No lo olvides".

Pero lo olvidé... Nos casamos en nuestra nueva casa una soleada madrugada de junio. La noche anterior ya hice trampas. Monté el telescopio y exploré el sistema solar en busca de tiburones y las almas de mis padres.

Andrei me regaló un camino de rosas que empezaba en la mesa del comedor, atravesaba nuestro pequeño jardín y desaparecía en el horizonte cubierto por verdísimos

bosques de hayas danesas. Sin testigos ni parientes nos amamos por primera vez, dulcemente, con ternura. Luego seguimos el camino de flores y dormimos todo el día a la sombra de las soberbias hayas.

La historia de la vida de Andrei siempre fue un enigma para mi. La cuidaba como quien cuida un pecado mortal. Cuando yo intentaba hurgar en su pasado se retraía rápidamente como un caracol herido.

Cuando finalmente lo perdí para siempre por otra mujer, se llevó sus secretos junto con mi cordura en una vieja maleta de plástico. 

Viví sola en la casita una eternidad. Vi pasar lunas y soles vertiginosamente ante mis ojos así como el condenado a muerte ve pasar su vida entera segundos antes de morir. Busqué a Ángela y después de deambular por larguísimos pasillos solitarios y golpear en las puertas de cientos de oficinas sofocantes, la encontré firmemente pegada a su taburete de ministra, como una araña mortal, dando órdenes prepotentes y firmando leyes oscuras y obscenas.

No me reconoció.

Cobraba puntualmente cada mes el pequeño cheque que me enviaba la Oficina de Seguridad y Bienestar Social del Estado. Por las noches escudriñaba la galaxia en busca de algún ser con quién poder hablar y me dormía abrazando a mi muñeca de trapo, atontada por el alcohol pero sobre todo por la vida misma.

El incendio simplificó las cosas y borró todas las huellas y olores de Andrei de una vez por todas. Solamente alcancé a rescatar el telescopio. La policía me trató con amabilidad y no me encarcelaron.

Y volví a vagar por las nevadas calles de Copenhague arrastrando mi telescopio y durmiendo en los albergues del Ejército de Salvación. Pera ya no era joven. Ya era la Chancha.

"Tengo hambre
como un animal domesticado
abandonado a su mala fortuna
y a sus desdichas azules.

Tengo sed
y una tormenta en mi vientre
que voltea creencias
banderas y tradiciones.

Tengo un miedo oscuro pero sereno
que me da un valor peligroso
voy a reventar al universo
por una barra de pan.

Mis sonatas y silbidos
las mágicas canciones de cuna
se perdieron en el lodo
desparecieron de las estrellas.

Tengo hambre, miedo y sed
tienes que poner atención
un peligro mortal te acecha
por favor ten mucho cuidado.

"Chancha de mierda!" Me gritan los crueles jovencitos desde sus automóviles. En algunas ocasiones se detienen ante mi departamento en la noche y tocan sus bocinas durante horas despertando a todo el vecindario.

"Cerda puta!", "Marrana borracha!" "Puerca bastarda" cantan felices en coro quemando tachos de basura hasta la madrugada, mientras la policía observa impasible riendo a carcajadas. Niños pequeños me lanzan huevos en la calle y perros me ladran y persiguen.

Sin embargo Jensen, el dueño del almacén donde compro mis provisiones y mis cigarrillos, es una persona amable, un verdadero caballero. Me trata con respeto y me da crédito cuando no tengo dinero. Su bondad me hace llorar, me seca las lágrimas con su propio pañuelo y me da palmaditas en los hombros.

Un cartero me visitó hace como mil años atrás. Con el pretexto de preguntarme algo, una dirección, ya no recuerdo bien, entabló una ridícula pero simpática conversación que terminó en mi cama. Me amó con delicadeza y maestría regalándome un orgasmo de treinta minutos. Como toda chancha soy omnívora y me alimento con los restos de la verdulería del señor Mohammed a la vuelta de la esquina.

O sea que aún existen seres nobles y generosos en este mundo, supongo.





volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep


Aviso legal | Política de privacidad | Condiciones del servicio | Home