Entre el cuerpo y sus cenizas hay lugar
para una amable plática entre amigos,
vecinos y familiares, llamado el velorio.
Marcos Winocur


No se ponga nervioso, no se angustie, es la muerte, sólo la muerte. ¿No lo sabía? Ah, todos estos años usted se hizo el distraído. Pues bien, aquí está. ¿De qué se trata? De esto: con indiferencia, el alma abandona al cuerpo y regresa al universo de los campos electromagnéticos, que muchos llaman Dios. La señal de partida la da un largo suspiro, que equivoca a quien por primera vez está junto a un moribundo, haciéndole pensar en un milagro. O bien es un ahogo inequívoco. Nadie quiere hablar de ello, a pesar de que, sordamente, en el desván de las neuronas de cada uno, la vocecita repite sin cesar: memento mori, memento mori. Uno a uno, los órganos dejan de funcionar por falta de energía y luego las células que los componen. Todo queda a oscuras, pero el relevo no tarda: las bacterias munidas de usinas portátiles, la energía no faltará. Y eso es todo en el camino que va del cuerpo a sus cenizas, que acabará dando su merecido a las golosas bacterias. 

Ya ha pasado, no fue tan difícil. 

Pero déjeme continuar platicando, como si continuara vivo, tal vez desde algún lugar me escucha, y si no me escucha, no importa, un cadáver es buen interlocutor, quizá el mejor. Pues sí, entre el cadáver y las cenizas, están las conversaciones mundanas del velorio, y la ocasión para ampliar las relaciones públicas; alguien al pasar, dijo: éste es mi 155 velorios, no está mal el record. 

¿Que no quería pasar al otro lado? ¡Hombre, en usted se cumple el ciclo de la naturaleza ¿le parece poco honor?

¿Por qué entonces tanto miedo a doña NOOjos? Con ella, nunca llegaremos a coincidir, lo dijo un filósofo: si nosotros estamos, entonces ella no; si ella está, entonces nosotros no. Así razonaba el filósofo. Tiene acento de broma o más bien de travesura. Lo mismo con esta frase: “Nunca sabré que estoy muerto”. Claro, se constata después, cuando el interesado ha partido sin dejar sus señas, no será posible informarle que está muerto. Así, el espectáculo queda reservado a los de fuera, los asistentes de pie junto al lecho, las visitas en el velorio.

Y se equivocan. Y qué bueno, verán. Alguien de fuera, el médico, dice: Nos ha dejado. En efecto, ningún latido, cesó la respiración, ojos ausentes, la cabeza caída a un lado, cortada la comunicación táctil de una mano. Y todavía una onda electromagnética, la última, la que se ocupa de apagar las luces cuando ya todos se han ido, anda por ahí y me hace escuchar aquellas palabras: Nos ha dejado. Y me permite reaccionar. ¡No es así! Todavía no es así. Olvido el incómodo todavía y, en esos últimos momentos disponibles, me rindo a los ejércitos utópicos: ¡entonces la muerte no existe, se equivocan, sigo vivo, la muerte no existe! Y me veo incorporarme de pronto en la cama, los ojos bien abiertos, la cabeza erguida, latidos y respiración de regreso, aprieto la mano que detiene la mía, así me veo, exclamando: ¡aquí estoy!

Y en ese momento muero, abrazado a un equívoco y a una fantasía que prodigiosamente facilitan las cosas. Como le ocurrió a Ivan Ilich, el personaje de Tolstoi, les recomiendo la lectura, es un cuento. Y bien, de la mano sostenida piadosamente, de la sensación táctil a las palabras escuchadas y de éstas a los ejércitos utópicos: los de fuera, sin proponérselo, sin saberlo, han ayudado más allá de los límites permitidos, gracias.

Quien sea creyente, mande por el cura; quien no lo sea, fabrique una utopía a su medida en esos, los últimos y más dramáticos instantes. Por ejemplo el ¡aquí estoy! que es un malentendido casi instantáneo. O bien, estos argumentos: mi obra será continuada por generaciones, la causa vencerá ¡patria o muerte! el progreso vencerá, el hombre vencerá, Cristo vencerá, Mahoma vencerá ¡libres o muertos, jamás esclavos! David volverá a madrear a Goliat, Sansón derribará las columnas del templo, el pueblo unido jamás será vencido, Maradona meterá el gol con la mano de Dios. Y Borges hará su propuesta de consuelo: “la muerte es una experiencia novedosa, bien vale la pena pasar por ella”. Ciertamente, una experiencia única e irrepetible ¡no se la pierda! En fin, doña Noojos no vencerá, me lleva a mí pero dejo la semilla, los hijos toman el relevo con justo derecho ¡son la sangre joven! O bien, esta otra fantasía: resultó que sí, el más allá existe, ahora vengo a descubrirlo, es esa luz al final del túnel ¡allá voy!

¿De qué se trata? De no quedar solo y de nada pensar de la nada. De la naaaada que me espera. A como dé lugar. Y los otros, los plenamente vivos, nos acompañan hasta donde pueden, y pueden más allá de lo que creen.

¡Qué bueno!

Y finalmente, déjeme decirle: no se amargue por anticipado, que no sea ésa la causa de depresión o de angustia, vaya preparando, para cuando sea la hora, su bien morir, así se lo deseo.

Puesto que no podría hacerlo después, agradezco por anticipado a quien me mate por sorpresa, en el momento menos pensado, de un golpe seco, y ni cuenta me dé.

¿Le llama la atención? Acuérdese de ese clásico del cine, “Casablanca”, la escena en que Bogart es apuntado con una pistola y él dice: “dispara, me harás un gran favor.” ¿Una payasada? Si usted quiere creerlo así...





 

volver  arriba

Pulse la tecla F11 para ver a pantalla completa

contador

BIOGRAFÍAS | CULTURALIA | CITAS CÉLEBRES | plumas selectas

sep


Aviso legal | Política de privacidad | Condiciones del servicio | Home