Antonio no se atrevió a coger el teléfono. Su madre le tenía bien dicho que no podía hacerlo. Sin embargo, no soportaba la curiosidad y no entendía por qué se le negaba el derecho de contestar a una simple llamada. Aún así el niño dejó que el aparato sonara una y otra vez hasta que su madre, corriendo, llegó al salón y descolgó finalmente el teléfono.

En cuanto vio cómo el semblante de su madre cambiaba a la par que su tono de voz se elevaba, el pequeño Toño, supo quien había llamado ese viernes a su casa. Hacía tres meses que su padre, tras una discusión a voz en grito con su madre, se había ido de casa. Desde entonces no le había visto mucho, sólo algún fin de semana.

Su madre le había explicado que ella y su padre ya no se llevaban bien y que por eso habían decidido vivir separados. Eso no significaba que ya no le quisieran, podía seguir contando siempre con su padre y con su madre, pero Antonio sintió desde ese día que su vida iba a ser muy distinta, como si cuando utilizara la mano izquierda no pudiera utilizar la derecha; él a veces necesitaba usar las dos manos a la vez.

Antonio no soportaba escuchar más, se tapó los oídos. Estaba harto de que sus padres no se entendieran, no comprendía por qué las cosas no podían ser como antes, cuando los tres reían en el parque mientras jugaban al fútbol. Su madre casi siempre perdía, recordó el niño con añoranza.

De nada servía que apretara las manos con fuerza contra sus oídos, los gritos eran cada vez más fuertes: ¿Cómo que no puedes quedarte con el niño? No, no intentes excusarte, no tienes remedio, Samuel. ¿Qué dices? ¿Cómo que no me preocupo de mi hijo? ¡Tú sí que no te preocupas, nada más que tienes ojos para esa guarra! Te pongas como te pongas mañana vienes a por Toño, yo ya he hecho mis planes para el fin de semana. ¡Qué no me grites, no te soporto más!...

Antonio seguía en medio del salón siendo testigo de algo que le dolía tanto que a veces le quitaba el sueño y, cuando dormía, seguía soñando con ello: ‘No quiero seguir así, quiero que mis padres se lleven bien, como antes. Pero no puede ser, al menos ahora sólo discuten de vez en cuando, antes se pasaban el día gritando por cualquier cosa’.

Sólo unos minutos más y la conversación entre sus padres se habría acabado. Y después, el silencio, la tranquilidad, Antonio podría seguir con su rutina sin más... "Quiero que se callen de una vez, -pensó el muchacho-. Dentro de un rato dejarán de gritar, mi madre volverá a echar mil cosas en cara a mi padre y después colgará. Y ya está, vuelta a la tranquilidad."

Antonio sonrió de camino a su cuarto. No tenía ganas de llorar, al menos por ese motivo. Cogió el coche teledirigido que le había comprado su padre la última vez que le vio y se puso a jugar. Seguía escuchando las voces que estaba dando su madre desde el salón. "Pero esta vez será durante un rato -se dijo a sí mismo-."

Efectivamente, al poco la casa se convirtió en calma, como cuando los padres de Toño se querían y hablaban en susurros mientras él dormía, para no despertarle (en paz).
 



 

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