Rincón de la Poesía

Rosa Juan Mena
San Fernando



  



 
 

EL CANTO DEL ESPOSO
 

Dedicado a Pepita Carrión 
y Emilio Delgado, pintor, en su boda.
Noviembre de 1965


Tus blancas manos me dan ovillado
el hilo oculto de todas las cosas.
Eduardo Marquina




I

En aquel luminoso norte de mis anhelos
te estoy mirando alegre, segura, amanecida.
En el lugar más blanco del alba, tu presencia
se funde con el tiempo: el alba eres tú misma.

Afición de paloma que agitas tu blancura
de hogar y la difundes alrededor del día;
tus alas me circundan con el precioso empeño
de darle forma alguna a la acción de mi dicha.

Tu próxima apariencia de generoso trigo
se levanta innovando mi asistencia de brisa,
y mi mano, furtiva labradora de sueños,
te ciñe, te acompasa tu profesión de espiga.

Tu aliento se levanta como una simple alondra
y con cuyo alborozo mi silencio disipa.
Se posa en mis proyectos, en mi insomnio, en mis manos,
y traza en mis palabras señuelos de caricia.

Vienes con el matiz preciso para hacerte
el motivo más noble de mi mano de artista.
Mi alma será el lienzo donde haré reflejarte
con una intimidad más profunda y más viva.

Pondrás en mi ternura tu posesión de rosa,
tu interior primavera con cuya fe te afirmas.
Y una lluvia profusa de libres claridades
pondrás en mi esperanza, apoyo de tu vida.


II

Yo sé que por mis ojos siempre miran tus ojos,
y por mi mano cálida se desliza tu mano.
Tu sonrisa gozosa es melliza a la mía
y el trazo de tu gesto me recuerda mis pasos.

Nos une como un nudo los haces del deseo
de palabras si halladas, ademanes más claros
que suplantan las frases cuando nuestras miradas,
sin dejar de ser ojos, se prolongan en brazos.

Sí; ojos graves que atienden la expresión de mi búsqueda.
y hasta mí se proyectan serenísimos, tácitos.
Tus miradas me dicen que he crecido en tu alma
desde donde me siento, si más hondo, más alto.

En mi sed te prolongas: eres sed infinita;
y a mí mismo regresas con el agua en los labios.
Pero mientras que tardas en venir, la distancia
de un latir con nostalgia de tu amor se ha poblado.

Creces como mis horas de soledad. Extiendo
tu recuerdo por donde la emoción le da un canto.
Con palabras, imágenes nos fundimos y juntos
en la misma esperanza nuestro sueño labramos.

Y es inútil la sombra despeñada, indolente,
que quisiera caer sobre nosotros. Algo
más fuerte que el poder oscuro del olvido
nos empuja y enseña a tenernos, a amarnos.



III

Ya la noche nos cubre con su negro silencio.
Mi voz, mis ojos, todo mi ser te busca. Pido
tu reflejo en mi calma donde vuelvo a encontrarme
alegremente tuyo, amoroso, tranquilo.

Fuera de nuestras manos cuanto existe enmudece.
Se estrechan nuestras voces con un tono benigno.
Hemos vuelto a mirarnos como un día en que nada
fue tan hermoso como nuestro encuentro imprevisto.

Sin embargo, es apenas un recuerdo, mas abre
la luminosidad de este instante distinto,
porque somos dos vidas, dos senderos que eligen
ya no ser paralelos sino un solo camino.

Con dirección a un verso con casta consonancia
van nuestros corazones con el amor por signo.
Cerramos un silencio donde cabe el pasado
y la sonrisa luego del porvenir abrimos. 

Queda, pues, perfilado, cuando se aleja el sueño
y entre espacios de aurora se ensancha nuestro sitio,
con nuestra indisoluble persistencia de esposos
un árbol que proclama su amanecer activo.

El árbol que seremos cuando la luz traspase
la adolescente gracia de su ramaje umbrío,
y desde las raíces, subiendo por las ramas,
se desborde la savia que anuncia a nuestro hijo.











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