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    Milagros en Valby

    El paseo

    por Ian Welden (Dinamarca)


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Ilustración del autor


La pequeña niña iba cantando por la calle, impecable como un solcito recién lavado, saltando de alegría porque iba a juntarse con su papá. Su hermosa cabellera en orden y su vestido blanco impecable.

Era la primera vez que salía sola por la ciudad y tenía las instrucciones precisas acerca de donde ir, donde cruzar, que autobús tomar y donde bajarse. Debía hacerlo en la parada cerca del hermoso Cementerio General.

Tenía siete años de edad. Su felicidad era inmensa y su confianza en la humanidad era total. Había recorrido este paseo muchas veces con su padre y conocía cada recodo, cada edificio, las estatuas tiendas y supermercados. 

Su padre le había dicho que ya era "grande". Que ya podía caminar sola por el mundo pero que él igual la esperaría en la parada final del autobús. Ella sentía un orgullo profundo de ser "grande". Iban a comprar zapatos y luego a tomar helados con torta en la pastelería La Sabrosa. 

En el autobús iba observando a los pasajeros y se imaginaba sus quehaceres diarios.

Esa señora es secretaria... ese señor es pintor... esa pareja joven son enamorados... Dos pequeños de su edad le sacaron la lengua. Ella sintió un dolor en la boca del estómago. Esa niña es estudiante... ese viejo... el viejo se volvió a mirarla con ojos acusadores y le hizo una mueca agresiva. La niña se sintió un poco enferma y confundida.

Finalmente llegó a la parada donde su padre la estaría esperando y se bajó del vehículo. Pero su papá no estaba.

Habré llegado demasiado temprano, o demasiado tarde? se preguntó sintiendo un angustiante y apretado nudo en la garganta. Ya eran las siete constató mirando el reloj de la iglesia. Su padre le había dicho que iba a estar esperándola exactamente a esa hora. Intentó distraerse observando las vitrinas de los negocios pero no las podía reconocer. Y de pronto se dio cuenta de la temida verdad; "Estoy perdida!"

Observó a los transeúntes e intentó elegir a alguien a quién pedirle ayuda, pero todos caminaban de prisa, ensimismados y con los ojos cerrados, como ciegos. Y fue entonces que vio al viejo del autobús detenido a diez metros de ella, mirándola con esos ojos acusadores y la mueca horrible en sus labios resecos.

Estaba oscureciendo. La calle y las tiendas encendieron unas luces opacas y tristes y el sol se escondió definitivamente tras los edificios, campanarios y tumbas del gran Cementerio General. Las vitrinas exhibían seres humanos destrozados, cráneos a treinta pesos cada uno, osamentas amarillas para la sopa cincuenta pesos el kilo, niñitos pálidos colgando de garfios a cien el par, intestinos delgados y gruesos a veinte pesos el medio kilo.

Corrió aterrorizada entre la multitud de seres horribles y monstruosos, y un poco mas allá el viejo corría rápidamente hacia ella con los brazos extendidos. La niña se desplomó llorando desconsolada y el viejo se inclinó ante él levantándola enérgicamente de los hombros. 

"Que te pasa hijita! Porqué corres y lloras? Estás enferma? Acaso no reconoces a tu abuelo?"

El anciano la tomó de una mano y la condujo tranquilamente a la parada de autobuses donde estaba su padre. Él la abrazó y le dio las gracias al noble y querido abuelo. Los tres se fueron caminando tomados de la mano y sin prisa por la hermosa Avenida de los Despertares.

Las vitrinas se llenaron de juguetes y objetos fantásticos. Los paseantes sonreían y la pequeña niña volvió a brillar como un solcito recién lavado.

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