• Javier Claure

    Pentagrama de Letras

    Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

    por Javier Claure Covarrubias


Herta Muller


La ganadora del Premio Nobel de Literatura 2009, Herta Muller, al recibir la noticia del prestigioso premio comentó: “Estoy sorprendida. Me he quedado muda, pero prometo recuperar el habla el 10 de diciembre, en el momento que me entreguen el premio”. Muller recuperó el habla tres días antes de lo indicado, cuando leyó su discurso Nobel a las 17:30 (hora sueca) en la misma sala donde se anunció el premio el 8 de octubre.

A la hora establecida se abrió una puerta y, junto al secretario permanente de la Academia Sueca, Peter Englund, salieron para dirigirse hacia la tarima desde donde se pronunciaría el discurso. Y en cuyo frente estaban sentados los miembros de dicha Academia. Englund inició el solemne acto con unas breves palabras: “… según mi opinión, hay dos tipos de escritores: los que escriben porque esa es su vocación, y los que escriben porque están obligados… ”. Sin lugar a dudas, la segunda afirmación es una referencia a la obra de la flamante ganadora del premio. Muller vestida de negro tomó posición, saludo al numeroso público y, en alemán, empezó a dar lectura a su hermoso ensayo sobre el pañuelo. Un ensayo que más parece ser una alusión a las peripecias que el ser humano atraviesa en su paso por la Tierra. Para entonces, el público tenía en sus manos un ejemplar del ensayo (de nueve hojas) que repartieron en diferentes idiomas. Un compacto silencio cayó sobre la sala y lo único que se escuchaba era el sonido del papel, cuando el público descompasadamente seguía la lectura y daba vueltas las hojas. Herta Muller convencida de haber captado la atención de su auditorio; levantaba la vista, de vez en cuando, y así se aseguraba que la audiencia estaba entendiendo su discurso. Con voz firme y una mirada melancólica pronunciaba palabras. De sus labios pintados color rojo salían expresiones que llamaban a la reflexión:

- ¿Tienes un pañuelo? Me preguntaba mi madre cada mañana en el portón de mi casa, antes que saliera a la calle. Yo no lo tenía y entonces regresaba a mi cuarto y sacaba un pañuelo. No lo tenía el pañuelo cada mañana, ya que cada mañana esperaba esa pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. Durante el resto del día y los demás quehaceres cotidianos quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿Tienes un pañuelo? era un afecto indirecto. Uno directo hubiera sido molestoso, cosa que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Solamente de esa manera podía ser expresado, así seco y determinante como una orden de trabajo. Esa voz áspera de mi madre enaltecía la ternura. Cada mañana estaba yo en el portón de mi casa, una vez sin pañuelo y una segunda vez con el pañuelo. Solo así salía a la calle, como si en el pañuelo estuviera mi madre protegiéndome.

El pañuelo, ese pequeño trozo de tela que tiene una infinidad de funciones utilitarias, nos acompaña en diferentes circunstancias de la vida. Tenemos por ejemplo: el pañuelo de la novia, del mago, de la mujer musulmana, de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina etc. El pañuelo que nos sirve para secar nuestras lágrimas, el sudor de la frente o simplemente, como en algunas películas del romanticismo, el pañuelo de la amada que lo deja caer inadvertidamente para que el novio lo levante y le entregue a ella con un suspiro de amor. Para Herta Muller, la pregunta cotidiana ¿Tienes un pañuelo? se había hecho un ritual. Significaba una simbiosis implícita de amor entre su madre y ella. El pañuelo era una especie de filtro que insuflaba ternura y aprecio entre ellas. Por lo demás, muy necesario en un ambiente frío y casi inhumano.

Herta Muller víctima de la represión, humillación y chantaje de la Rumania de Nicolau Ceaucescu cuenta, en este ensayo, sus amargas experiencias desde que se negó a colaborar con la Securitatea Statului (el Servicio Secreto del régimen comunista rumano). Por aquel entonces trabajaba como traductora en una fábrica de maquinarias hidráulicas. 

Y continua:
- A las cinco de la mañana me levantaba, porque mi trabajo empezaba a las seis y media. Por las mañanas resonaba el himno nacional en el patio de la fábrica a través de unos parlantes. En las pausas para comer se escuchaba los coros de los obreros. Pero los obreros que estaban comiendo, tenían los ojos vacíos como una plancha metálica, las manos sucias de aceite y su comida estaba envuelta en papel periódico. Antes de comer un pedazo de tocino, le quitaban la tinta del periódico raspándola con un cuchillo. Al tercer año de trabajo, en el transcurso de una semana, muy temprano por la mañana, un hombre de ojos azules, gigantesco y macizo, entró tres veces a mi oficina con los ojos centellantes.

La primera vez que entró, me insultó de píe y se marchó. La segunda vez; se quitó la chaqueta, la colgó en la llave de un armario y se sentó. Aquella mañana había llevado a mi oficina unos tulipanes de mi casa y los estaba acomodando en un florero. El hombre me observó y elogió mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí angustia. Proteste contra su elogio y le aseguré que conocía algo de tulipanes, pero no así del ser humano. Entonces me dijo maliciosamente que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego cogió su chaqueta y se marchó.

La tercera vez se sentó y yo me quedé parada, porque había puesto su maletín en mi silla. No me atreví a ponerlo en el suelo. Me insultó y me trató de tonta, holgazana y de ser prostituta como una perra callejera. Empujó los tulipanes casi hasta el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Y exclamó: “escribe”. Escribí de píe lo que él me iba dictando, mi nombre, mi fecha de nacimiento y mi dirección. Y luego independientemente de mis parientes; no diría a nadie que…, y entonces soltó la horrible palabra colaborez, iba a colaborar. Esta palabra no la escribí. Dejé el lápiz a un lado y me dirigí hacia la ventana, a través de la cual veía la polvorienta calle. No estaba asfaltada. Se veían los baches y las casas cayéndose. Esta calle llena de escombros se llamaba Strada Gloriei (calle de la gloria). En esta gloriosa calle un gato estaba sentado en la rama de un árbol. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja malograda. Sobre él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo y dije: “N-an caracterul”, no tengo ese carácter. Se lo dije a la calle. La palabra carácter, le puso histérico al empleado del Servicio Secreto. Cogió el papel, lo rompió y arrojó los pedazos al suelo. Probablemente se acordó que debía presentar a su jefe, la prueba de que había intentado reclutarme para sus filas de espionaje. Y pues se agachó, recogió todos los trozos de papel y los guardó en su maletín. Luego suspiró profundamente y, al verse perdido, arrojó el florero con los tulipanes contra la pared. Se rompió y rechinó como si hubiera dientes en el aire. Con el maletín bajo el brazo vociferó en voz baja: “te arrepentirás de esto. Te ahogaremos en el río”. 

Me dije a mi misma: “si firmo ese papel, no podré vivir conmigo… y tendría que hacerlo yo. Mejor que lo hagan ellos”. La puerta de la oficina se quedó abierta y el hombre ya no se encontraba allí. Y afuera en la Strada Gloriei, el gato había saltado de la rama del árbol a un techo. La rama se mecía como un trampolín. Al día siguiente empezó el infierno. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media, debía presentarme ante el director de la fábrica. Con él estaban, cada mañana, el líder del sindicato y el secretario del Partido. Al igual que mi madre me preguntaba ¿Tienes un pañuelo?, ahora cada mañana el director me preguntaba: ¿Estas buscando otro trabajo?. Y yo le contestaba cada vez lo mismo: “ No estoy buscando trabajo. Me siento bien en la fábrica. Quiero trabajar aquí hasta mi jubilación”.

Una mañana cuando llegué al trabajo, mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del corredor cerca de la puerta de mi oficina. La abrí y en la silla de mi escritorio estaba sentado un ingeniero. Me dijo: “Aquí se golpea la puerta antes de entrar. Ahora estoy yo y tú no tienes nada que hacer en esta oficina”. No podía marcharme a casa, porque entonces habrían tenido un pretexto para despedirme por haber faltado sin permiso. Ya no tenía mi despacho. Ahora estaba obligada, más que nunca, a llegar a tiempo al trabajo. Bajo ninguna circunstancia debía ausentarme. En el trabajo creían que yo era una espía. Este rumor había cundido entre mis compañeros de trabajo. Eso era lo peor. Contra los ataques uno se puede defender, pero en cambio contra las calumnias uno es impotente. Todos los días estaba dispuesta a todo, incluso hasta la muerte.

Dado que yo no podía faltar al trabajo, y al mismo tiempo ya no tenía acceso a mi oficina, empecé a recorrer las gradas de arriba abajo. De pronto volví a ser la hija de mi madre, porque tenía un pañuelo en el bolsillo. Lo extendí en una grada entre el primer y segundo piso. Lo planché con mis manos y me senté encima. Coloqué mis diccionarios en las rodillas y empecé a traducir las descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste sentada en las gradas y mi oficina era un pañuelo… Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma…

Herta Muller tuvo una niñez y una adolescencia traumática después de la Segunda Guerra Mundial. Su padre perteneció a una fracción militar del Partido Nacionalsocialista de Hitler y posteriormente ahogó sus penas en el alcohol. Su madre fue deportada a una república de la ex Unión Soviética en 1945, donde pasó cinco años en un campo de trabajo forzado. Y claro, el tema de la dictadura, los mecanismos de control, la persecución y los atropellos a los Derechos Humanos son argumentos recurrentes en su escritura. Reconoce que fue primero humillada por su padre alemán y otra vez humillada y engañada por el silencio de la historia rumana.

El permanente secretario de la Academia Sueca, Peter Englund, no se equivocó al afirmar implícitamente que Herta Muller es una escritora que escribe porque está obligada a dar testimonio de su vida. Y ella misma asegura esta aseveración con las siguientes palabras:

“Nunca he escrito porque yo quería ser escritora. Escribo porque me he acostumbrado ha hacerlo. Lo que has vivido bajo una dictadura no se olvida cuando arrancas una hoja del calendario. El tema de mi escritura no lo he elegido yo, se me echó encima por el empeño del aparato represor de una dictadura. Perdí el miedo después de que empecé a escribir, y eso es muy importante para mí”. O sea en la dictadura de Ceaucescu, la libre palabra no tenía lugar exacto y Muller empezó, en secreto, a hilvanar sus pensamientos en un pañuelo. Mientras Rumania le cerró las puertas y censuró sus primeros libros, Alemania le abrió sus alamedas en 1987, y allí empieza una fantástica carrera literaria con una veintena de libros en su haber.

Muller describe muy bien el efecto de las violaciones humanas, y dice no confiar en el lenguaje, simple y llanamente, porque ha experimentado que el lenguaje es flexible y muchas veces dudoso. Durante el totalitarismo de Ceaucescu, fue precisamente el lenguaje un arma de opresión. Pero al mismo tiempo acepta que con el lenguaje se puede detallar la vida e influir en las personas de manera que recuerden lo que uno escribe. “Estoy obsesionada para lograr eso”, aseguró. Y es justamente esa sensibilidad en el lenguaje que crea procesos de sensibilidad en el lector. 

- En mis escritos he tomado en cuenta cosas que me han ocurrido en Rumania, cosas que están ahí en mi cabeza. Tenemos que continuar preguntándonos ¿Cómo fue posible?. No puedo fingir que esa pregunta no existe, comentó.

En definitiva, los escritos de Herta Muller están relacionados con una época perteneciente al oscurantismo del siglo pasado. Y; a la suerte del inmigrante en un país extranjero. Pero de una cosa debemos estar seguros: este testimonio nunca más se repetirá.

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