• Javier Guerrero Rodríguez

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    Natalia

    por Javier Guerrero Rodríguez


Aquello parecía el fin del mundo. De repente se hizo de noche. Decía una vieja: los truenos son de Satán y el agua es una bendición de Dios. No cae así desde el noventa, dijo el tabernero. Llovía con una violencia inusual en aquella tierra de sequía. Se refugiaron en una taberna de la Plaza de Castro. Los dos estaban empapados. Ella llevaba un libro de Ernesto Sábato, El Túnel.

- Es una historia muy obsesiva. A mi me deprime – dijo él.
- Sí, tal vez. También lo es Sobre Héroes y Tumbas.

Callaron durante un par de minutos.

- Soy Daniel
- Natalia.
- Vaya forma de llover.
- Se veía venir. Dicen que va a estar así una semana.

El tipo habló para sus adentros. Una semana estaría yo aquí, mirándote.

Ella tenía la mirada ausente y franca, y un lunar irrenunciable sobre la comisura de los labios que me atrapó desde el principio. Sus ojos tenían el color verde de las aguas de los estanques. Nos enamoramos y nos quisimos como si fuéramos los únicos habitantes del planeta. Viajamos juntos por Europa en un viejo Chevrolet. En Praga habló de sus intenciones de hacerme feliz cada uno de los días del resto de mi vida. Lo vamos a conseguir pequeña, le dije yo. En Ámsterdam tomamos un vuelo directo a Delhi. En Lodi Gardens nos abrazamos con vigor, y unos niños que volaban cometas nos rodearon y nos sonrieron con nitidez, con una transparencia, sinceridad y pureza más atípica en Occidente. Apenas tenían nada. Esto no se ve todos los días, pensé yo. Aquello era la síntesis de la renovación del espíritu. Teníamos el viento a favor. Navegábamos sin rumbo, sin imprevistos, sin condiciones adversas. Yo escribí un relato muy corto, Todo: Natalia, el mar y yo. Nunca fui tan consciente de la existencia de la desgracia como en aquella época. La desdicha que no acudía, pero que formaba parte de la realidad y acabaría apareciendo. Siempre lo hace. La felicidad es frágil, y yo tenía miedo de que se derrumbaran sus vulnerables muros. Sabía que la tragedia era dura como el acero.

Después Natalia tuvo que marcharse al lugar de sus orígenes, Donostia. Pasé tiempo sin verla, y hasta busqué el olvido como un loco, pues era punzante el daño de la ausencia. Pero vanas fueron mis intenciones y sincero el dolor. De vez en cuando nos escribíamos. Las cartas comenzaban con anhelos, luego había una exposición de los hábitos, rutinas, y finalizaban todas de la misma manera. Te quiero, cuídate, hasta la próxima.

Un día recibí una carta diferente.

Querido Daniel:

En primer lugar, espero que estés bien y puedas sentir que la vida te cuida. Y si no fuera así, uno tiene que buscarse otros destinos o inventarse otra forma de existencia.

A mi me venía rondando un duende con serias pretensiones de que yo me fuera a vivir a Londres, y mira por donde, que logró con su perseverancia el objetivo. Creo que es el momento de hacerlo. Ya sabes que soy impulsiva, y no pondero demasiado.

San Sebastián me gusta, y es muy probable que regresé algún día, aunque sea a morir. Disculpa, no era mi intención utilizar ese regreso para expirar tan gastado ya por los poetas.

Igual alguna tarde de esas de brumas de Londres, me encuentro contigo en Trafalgar Square, y me convences, y regresamos a Praga, y recordamos viejos tiempos.

Mientras tanto te hago saber que sigues formando parte de mi memoria, por todo lo bueno que a tu lado viví. El sábado a las ocho de la mañana ya estaré volando hacia Londres. Por si decidieras hacerme una visita inesperada, te mando las señas donde podrás encontrarme.

CHICHELEY GARDENS
HA3 6QH
LONDON

Te sigo queriendo.

P.D. En el bufete no me fue bien en el último mes. Acepto trabajar para ganarme la vida, pero no la explotación de los Montesquinza de Figueroa. No puedo con su arrogancia. Me vence la soberbia. Adiós, o hasta pronto.

No había transcurrido una semana cuando cogí un martes, el primer vuelo rumbo a Londres. Como no me abordaban las urgencias, me di una vuelta por Hyde Park, antes de ir a Covent Garden, donde compré un gorrito de tweed y una pulsera de eslabones de nácar y ébano, para Natalia. Luego aparecí en Chicheley Gardens. Me senté en un parque, observé a dos ardillas, a una au-pair italiana y a una criatura de tres años con ideas diabólicas y cara de persona mayor. Fumé un cigarrillo y me dirigí a la casa. Me recibió un hindú gordo, que debía comer en un día lo mismo que dieciocho niños de Lodi Gardens. Tenía los ojos hinchados, la cara inflada y hablaba con pesadez y cansancio. Dijo que me descalzara y esperara a Natalia en una salita con moqueta negra y un par de muebles coloniales. Apenas había un par de libros y unas cuantas fotos del Taj Mahal y del mercado de Chandni Chowk. De repente vi a Natalia. Ella me abrazó con más cautela de la que hubiera deseado y me dio un beso en la frente con algo de lástima. A pesar de ello, las cosas no fueron mal. Nos fuimos a comer a un restaurante portugués de Wembley, y los días siguientes los dedicamos a caminar por el Soho, visitar el British Museum, National Gallery, hacer excursiones a Oxford, Cambridge, Brighton y sus playas de piedras redondas, ver películas, leer en Hyde Park y hacer el amor en la casa de Chicheley Gardens. Yo ya sabía la respuesta a la proposición de que se viniera a vivir conmigo, pero aún así, aproveché el reposo de su cabeza en mi pecho para lanzarme al vacío. Inmediatamente se reincorporó, habló de imposibilidad y se puso a fumar nerviosa, andando de un lado a otro de la habitación. Un día después yo estaba de regreso.

Al poco tiempo, Natalia me envió una carta dura como las noticias amargas, unas palabras previsibles, y punzantes como un estilete, las palabras del adiós, de los imposibles, de la búsqueda de su lugar. Contesté con nostalgia y abatimiento al principio, pero mi carta fue tomando matices más agresivos y audaces, y aludí sin reparos a algo que llamé lado oscuro, egoísmo, frialdad y desamor.

Después pasaron dos años.

A mi me había ido bien en los negocios, y en la literatura tuve más publicaciones de las que preví. Un día la llamé desde París. Había terminado antes de lo previsto mis compras en Rue du Caire, y caminé con su recuerdo hacia al hotel. Su vida era suya y no me debía explicaciones ni retazos de su mundo durante mi ausencia, pero aún así, aquella tarde gané la pelea a los temores y llevé a cabo lo que otras veces intenté y se desvaneció porque temía incordiar. Probé con el número de Chicheley Gardens, que era el único que tenía. Lo cogió ella. Tenía la voz triste.

Había trabajado en Harrods, en el pub Rain & Moon, en el Hotel Victoria y en una compañía de seguros. Poco después de mi marcha, empezó a salir con siciliano de Catania, un tal Stefano, que era muy halagador y en las floristerías se frotaban las manos cuando le veían entrar. Después regresó a Donostia y se casó con el italiano, que era el encargado de un restaurante de cocina mediterránea, en Harrow on the Hill, a una parada de autobús de Chicheley. Estuvieron un par de noches en San Juan de Luz y una en Biarritz, pero llovía mucho por allí y bajaron al sur. Recorrieron Vejer de la Frontera, Grazalema, Tarifa, e incluso se montaron en un ferry rumbo a Tánger. De vuelta a Londres retomaron su convivencia y las cosas empezaron a torcerse. El tipo tenía peligro, el restaurante iba mal, en el Hotel Victoria hicieron una reducción de plantilla, Natalia se fue a la calle y empezó a beber. En cuanto al hindú, aquejado de fuertes jaquecas y dolores estomacales, se fue a vivir una temporada al hospital de Saint Charles y luego a Edgware, a casa de un pariente de Jaipur. Una noche volvía el catanes maldiciendo desde sus adentros la competencia de los restaurantes japoneses y mexicanos, y aborreciendo la tendencia de muchos habitantes de Londres a ir a cenar al Soho y aledaños. Cuando traspasó el umbral de la puerta, vio un par de botellas de bourbon rodando por el suelo, y la escena de Natalia tambaleándose, tratando de ir a la cocina a por un vaso de agua, quien sabe si para suavizar el bourbon o calmar la sed. Luego los hechos se suceden con rapidez y son algo borrosos. Primero hay insultos, después Stefano le planta sus ojos sicilianos en la frente y resopla con violencia. Interviene ella con un grito ahogado. Hay golpes. Natalia termina la noche en una sala de urgencias con la mandíbula desencajada, dos rasguños casi simétricos en los pómulos y una cicatriz en la ceja derecha. Me vinieron muchas imágenes a la cabeza. Pensé en los boxeadores, en los hospitales, en las botellas de bourbon, en los restaurantes mediterráneos, en el elefante de Catania esculpido en piedra de lava, en una reunión de alcohólicos anónimos, en los tribunales de justicia, en nuestro viaje a Praga, en el hotel Victoria, en la mirada vidriosa de los borrachos y en el lunar irrenunciable. Luego Natalia se separó y el tipo volvió a Sicilia con el áspero sabor del fracaso y el rostro enfermizo. Estaba inmersa en la época de las recaídas y los juramentos. Se emborrachaba, lloraba, decía nunca más y a los pocos días estaba agarrada al cuello de la botella. Desconozco como le llegaron a Ibon, un médico donostiarra establecido en South Kensington, las noticias de su lamentable estado, pero no dudó en acudir a la casa de Chicheley Gardens y ofrecerle su ayuda. Se interesó por ella, le dio apoyo médico, psicológico, y se hizo su amante, y se la llevó a vivir a su apartamento. Ella parecía ir recuperando autoestima y armonía, y hasta logró volver a trabajar, en una compañía de seguros. Un trabajo creativo, me dijo Natalia con evidente ironía. Ibon era un hombre leído. Tenía una biblioteca interesante. Dostoievski, Kafka, Wilde, Joyce, Zweig, Bioy Casares, Stevenson, eran algunos de los autores presentes en las estanterías. Natalia me dijo que era honesto, y también un buen cocinero, y un tipo de conversación fluida y buenas maneras. Tenía paciencia con ella, la trataba bien y la escuchaba incluso hasta los albores del amanecer, sin importarle demasiado que Natalia siempre estuviera hablando de si misma. Al cabo de un tiempo, Ibon se dio cuenta de que ella poco a poco dejaba de ser feliz con la armonía, que tal vez había una tendencia innata al desequilibrio, y con la ausencia de fármacos, renacían los problemas. Se mostraba arisca y susceptible en exceso. Un día cualquiera del otoño, ordenaba meticuloso el médico sus discos de música clásica, cuando Natalia explotó. No puedo más, me aburre tu rostro apagado, tan lleno de sensatez, necesito aire, necesito aventuras, necesito a Daniel. El hombre tranquilo pegó una patada al paragüero, rompió un espejo, maldijo su destino y sus buenas intenciones, y se fue a emborrachar al primer pub que le saliera al paso. Luego optó por no volver a dirigirle la palabra durante algún tiempo, y seguir con su vida de medicina, literatura y música. Ella le ofreció disculpas. El las aceptó, pero ya nada iba a ser igual. Cuídate, suerte, adiós. Natalia se tuvo que ir a buscar la tercera vivienda, una alcoba cerca de Seymour Street. Siguió trabajando en la compañía de seguros, y aparentemente había dejado de beber, pero a las pocas semanas sufrió una depresión. Tenía sueños raros, como ella misma desnuda tratando de salvar las brasas incandescentes en una tierra árida, o unas malditas culebras de agua deslizándose por una barquita de madera a la orilla de un pantano. También aparecían cucarachas, cementerios, estaciones de metro, ratas.

Hasta aquí la conversación que establecí desde París. Luego fui a verla. Cuando aparecí por allí, se puso a llorar y me dio un abrazo violento. Dijo: te quiero, mi vida es una ruina. Los fármacos tenían un efecto inhibidor en las relaciones sexuales. A pesar de ello nos acostamos juntos y fuimos los protagonistas de una escena desastrosa, con muchos miedos por su parte y mucha prudencia por la mía. Mis temores principales radicaban en encontrármela muerta al volver a casa. Salía a comprar cosas de primera necesidad, y tomaba urgencias en estos cometidos, pues no hacía más que pensar en la posibilidad del suicidio. Sabía que no sería demasiada sorpresa ver su cuerpo inerte en la salita o en el pasillo, rodeada de pastillas, o descubrirla muerta en medio de un charco de sangre en la acera, frente al portal. Respiraba al ver que vivía. Un día miré hacia atrás y me costó reconocerla. Estaba engordando, tenía la cara y las manos hinchadas, y hacía cualquier actividad con torpeza y una preocupante lentitud. La mirada la tenía muy perdida, y a veces deliraba. En su rostro había manifestaciones de dolor, de rabia, de frustración, había grietas prematuras, y hasta algo de maldad, de egoísmo, de envidia. Sentí tanta pena que deje de amarla. Decidí llamar a Ibon. Le conté la historia con algunos añadidos que el desconocía y vino a verla. Me pareció un buen tipo, bastante sensato y desinteresado. Nos saludamos como si hubiéramos estado siempre destinados a conocernos, no con mucha efusión, pero con interés y viveza.

- ¿Cómo estás? – le preguntó Natalia.
- Bien – dijo el médico, con cara de tristeza, de circunstancias y de intruso.

A mi me gustó ese rostro de timidez de Ibon. No me pregunten porqué. Es un misterio, pero me fío de las caras de los tímidos.

Luego ella se quedó dormida. Yo veía el lunar irrenunciable y lamentaba el paso del tiempo. Cuando despertó, Ibon dijo que iba a comentar el caso a un amigo psiquiatra. Natalia no pareció incómoda con el comentario. Estoy jodida, susurró. El y yo nos miramos y supongo que teníamos la misma cara, de corderos degollados. A mi me hubiera gustado irme con el tipo a emborracharnos por los pubs del Soho, brindar diez o doce veces, y decirle al final de la noche: eres un gran hombre Ibon, uno de esos tipos a los que se podría confiar la salvación del mundo. Pero nos pusimos a resoplar y a lamentar como dos imbéciles.

Dos días después, Natalia fue hospitalizada en una clínica ubicada en Grosvenor Road. Ibon siguió el proceso y poco a poco fue recuperándose, y volvió a recaer, y regresó otra vez la recuperación, y así sucesivamente durante el último año.

La víspera de la última vez que la vi, Ibon y yo fuimos a cenar al restaurante mediterráneo de Harrow on the Hill – no se comía mal- y bebimos bastante en los pubs de los alrededores. Hablamos de libros, de ciudades, de trayectorias profesionales y de Natalia. Cada uno tenía su imagen y poco tenía que ver con la que vimos después en Seymour Street. El caminar lento, la obesidad, el rostro dolido con el mundo, el aura de odio en la mirada, las grietas de la piel bordeando el lunar irrenunciable. Nos pusimos a llorar sin querer como ya anticipó el poeta, Rubén Darío. A su lado iba un tipo con uniforme de bedel o algo similar que le hablaba sin tomar conciencia de que ella parecía ausente. Yo maldije al duende.

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