• V. Corcoba

    Algo más que palabras

    Tiempo de felicitaciones

    por Víctor Corcoba Herrero


Esta mañana salí al encuentro de la luna y, lamentablemente, sólo hallé noches que me mataron por dentro. Pensé: es tiempo de paz, de buenos deseos, tiene que haber cambiado la atmósfera de egoísmos. Y proseguí el camino. Quise descubrir las verdades de la vida, aquellas que son leídas con los ojos del alma, pero me quedé sin verbo ante las espirales de indiferencia clavadas en el iris. Después medité, inmerso en el corredor de las ideas, que para vaciarse los vicios debemos regenerarnos a diario. Más que el pan, pienso que hay que ganarse el verso con el abrazo del mundo. Porque, al fin y al cabo, amar es lo importante, darse hasta fundirse es como el aire, sentirse amado no tiene precio, como tampoco lo tiene ser uno, en la unidad del universo. No me sirve pedir alianzas y luego extender un recetario de armas para sostener la vida. Si en verdad quisiéramos un mundo armónico lo tenemos fácil: debemos cultivar poesía antes que poder. Nos viene bien hacerlo, poner a disposición un cargamento de versos que siembren la faz del planeta. 

Nos estamos cargando la poética de la vida y del amor. Es tan verdad como la existencia misma. No pasamos de los buenos deseos. El compromiso por un mundo más humano suele quedarse en una mera aspiración. Las acciones humanas deben estar más ensambladas a la verdad objetiva. Los sectarismos no conducen a buen puerto. Todos los pueblos tienen que sentirse libres y humanamente acogidos. Convendría preguntárselo cada cual consigo mismo, en lugar de enviar tantos e-mails masivos que auguran nada. En conciencia, ¿tenemos tiempo para ese amigo que felicitamos por Internet si algún día necesita nuestro apoyo y nuestro afecto? ¿Para aquel que sufre y precisa auxilio? ¿Para el inmigrante o el abuelo que vive en soledad? Voy más allá: ¿Tenemos tiempo y espacio para reflexionar? El mundo de las relaciones no puede quedarse en una mera felicitación navideña, se precisa con urgencia actuaciones y compromisos en la construcción de un nuevo orden mundial más ético y con economías más justas. Sin duda alguna, debemos construir vínculos de confianza y de asistencia mutua. 

Una humanidad globalizada tiene que llegar a ser una humanidad unida, sólo así se pueden afrontar las continuas amenazas del momento actual, que van desde los que esparcen el terror hasta los que malviven en una aplastante pobreza, desde la proliferación de las armas hasta las pandemias y el deterioro ambiental que pone en peligro el futuro del planeta, como ha quedado puesto de manifiesto en la reciente cumbre del clima de Copenhague. Estoy seguro que el mundo sería mucho más feliz si todos llevásemos a la práctica el respeto a los derechos humanos, a las normas laborales, al medio ambiente, a la lucha contra la corrupción y el abuso de poder. Para alegrarnos, necesitamos no sólo felicitaciones por Navidad, sino hechos cotidianos de amor y sinceridad: precisamos una mano tendida, un corazón que nos escuche y comprenda. A veces es suficiente una sonrisa para secar lágrimas. Qué mejor adorno navideño que regar el mundo de expresiones de ánimo.

Personalmente demando volver al espíritu de la Navidad, lejos de los regalos masivos y de los grandes banquetes; puesto que el amor donado, y el sentirse amado, son tan vitales como el comer. Hay que regresar a esas felicitaciones gravadas con el corazón de un joven. Hacerse niño es nacer a la Navidad. Volvamos al verso y la palabra, a la autenticidad de ser lo que somos, sólo así se puede guiar a otras personas en la búsqueda de sosiego. Por desgracia, el momento actual ayuda más bien poco. Las intromisiones del poder en nuestras vidas nos restan libertad, meditación sobre cuál es el modo correcto de vivir, qué cuestiones son un deber ético y, al contrario, qué asuntos son inaceptables. A mi juicio, hemos perdido tantas orientaciones, nos hemos desmembrado tanto de las tradiciones y culturas, que a veces cuesta reconocer el árbol de la historia humana en un mundo de máquinas, donde la incertidumbre nos gobierna a su antojo. 

Navidad es algo más que una palabra, no basta con hablar de ella, uno debe creer en ese hálito de éxtasis y trabajar por conseguir su reinado todo el año. Esta es la mejor felicitación. Yo me apunto a estos soñadores. Del sueño a la realidad, sólo hay un camino, el de ponerse a caminar y ver en cada niño el centelleo del niño de Belén. También hoy muchos niños reclaman nuestra atención. Son los niños de la calle, los niños que son utilizados brutalmente como soldados o como presa fácil de la pornografía y el comercio del sexo. Muchos niños jamás han conocido el amor de unos padres, el calor de un hogar, en este mundo que prosigue con su salvajismo. Por consiguiente, una saludable felicitación para el mundo sería que esta luz de Belén, dejase de ser un invento más del consumo, se despojase de ruidos, y dejásemos entrar de manera silenciosa en el corazón del ser humano a la auténtica lección de Amor. Únicamente si las personas evolucionan en humanidad, cambia el mundo y, para cambiarlo, necesitamos que la criatura que llevamos interiormente resurja en inocencia. Como dijo en su tiempo la estadista y política hindú, Indira Gandhi, “el mundo exige resultados, no le cuentes a otros tus dolores del parto, muéstrales al niño”. Ciertamente, el amor siempre es un niño grande. Por el contrario, si cada uno se inventa su propia Navidad para satisfacer su ego, y el de los suyos, se apagará la llama de la solidaridad hacia los lugares más desesperados del planeta.

Es tiempo, pues, de felicitaciones solidarias y de juramentos con el sello de la mutación. No sirven los cumplidos. Urge tejer bondades con virtudes. Y hacerlo corazón a corazón, vidas con vidas, amor con amores, para que se encienda la llama de la paz y nadie en el mundo pase frío. Amor con amor se paga, dice el refranero. La fiesta se puede organizar; sin embargo, el calor de la alegría es un innato gozo que nace al convivir en armonía. Es lo que le hace falta al mundo, conciliarse y hermanarse con la naturalidad de ser lo que se es. Pero, ¡ojo!, si antes no estamos en paz con nosotros, difícilmente lo vamos a estar con el prójimo, por mucha Navidad que nos brindemos.

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