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    Ocaso

    por Elena Ortiz Muñiz


El atardecer empieza a morir. Al abrir la puerta, advierte las sombras que han comenzado a cubrirlo todo. Avanza con pasos lentos que arrastra al andar, observa su figura encorvada proyectada en la pared. Prende la luz y su imagen desaparece. ¡Qué triste! ¡Qué callada vida la suya! Y pensar que en su juventud fue un hombre de éxito, de empresas, de triunfos. Todos querían estar con él. Gente que salía de todas partes pidiendo favores, suplicando por un empleo, una recomendación, una ayuda.

Ayuda...como la que necesitaba él ahora. Y sin embargo, cuando por azares del destino se encontraba en la calle con alguno de esos jóvenes, ahora hombres maduros a quienes había ayudado, a veces sin conocerlos del todo, algunos volteaban el rostro y continuaban su camino disimuladamente. Otros lo saludaban brevemente, con cortesía...y lástima. Si supieran que lo único que necesitaba era platicar con alguien de cualquier cosa, de lo que fuera.

Y qué decir de cuando debía hacer los pagos de cada mes, después de cobrar su pensión. Eso lo desgastaba considerablemente. Tenía que hacerse el tonto y no percibir ese tono imperativo y degradante que acostumbra la gente a adoptar cuando se trata de atender a una persona de la tercera edad, como él. Al principio, se enfurecía y peleaba reclamado una atención eficiente y digna. Ahora, ya ni gastaba fuerzas en exigir. Callaba y observaba fijamente pensando:

-¿Cuántos años puede tener esta muchachita? Si supiera todos los títulos que tengo, los libros que me he leído, las experiencias que he acumulado a lo largo de tantos años, me hablaría con más respeto. Pobrecita ignorante ¿Cuántos estudios puede tener para sentir tanta soberbia y superioridad?

Terminaba agradeciendo parcamente por el "servicio" prestado y continuaba su camino reclamando entre dientes, siendo señalado como un viejito gruñón cuando todo su pecado era tener el alma apesadumbrada.

Cada día iba a la cama rogando al cielo para ya no despertar. Pero despertaba. ¡Y cómo dolía hacerlo! A veces tardaba mucho tiempo en ponerse de pie porque no sabía para qué dejar la cama. ¿Qué objeto tendría el hacerlo?. Pero igual, la terminaba abandonando.

Entonces comenzaba el suplicio. Prepararse la avena para el desayuno, que por cierto siempre quedaba desabrida, para luego asear la casa tan eficientemente como su artritis y el dolor de espalda se lo permitiera. Luego se sentaba frente al televisor, su única compañía.

Buscaba hasta encontrar la película del medio día, que siempre era un film antiguo, de sus tiempos. Y se ponía a recordar hablando para si mismo:

-Yo estuve enamorado de esta actriz, soñaba con ella, no me perdía ninguna de sus películas... -Se entristece un poco-... ¡Ah! Esta escena. Cuánto nos reímos mi hermano Pablo y yo cuando la vimos en el cinema... -Y ríe recordando- .. Esa casa... esa casa se parece a la que tenían mis papás, en una así crecí yo. También tenía una fuente al centro del patio y ¡metíamos en el agua los pies con todo y zapatos para no tener que limpiarlos!... -le emociona la evocación- ¡Qué tundas nos daba mi madre! Mi mamacita... tan buena. ¡Cuánto sufrió la pobrecita!... Termina lamentando el paso de los años.

Luego seguían los noticiarios y las reflexiones de cómo ha cambiado el mundo, de lo diferentes que son las cosas ahora, de cómo es posible que haya tanta violencia, tanta pobreza...Hasta que se quedaba dormido murmurando frente al televisor que hablaba y hablaba mientras él seguía peleando consigo mismo, con sus años, con su suerte, con las decisiones de su vida, con sus enfermedades, con su soledad...

Al despertar, iba por su bastón y salía a caminar. Llegaba hasta la plaza y se sentaba en una banca, siempre la misma banca, siempre el mismo panorama frente a sus ojos, las mismas palomas buscando migas de pan, los mismos niños...Y volvían los pensamientos a su cabeza...En una plaza así nos encontrábamos mi chatita y yo. Tenía que esconderme de Manuel, su hermano, que invariablemente la estaba cuidando, ya después aprendí que con unas monedas era suficiente para que se hiciera de la vista gorda y nos dejara platicar a solas...¡Qué tiempos!...ahora todo es tan distinto...las parejas casi hacen el acto sexual en la vía publica, las mujeres ya no dejan nada a la imaginación, los padres no saben en dónde ni con quién están sus hijos. Y los jóvenes...ellos ya no conviven, todo el día en la computadora dizque "chateando", sin hablar unos con otros, sin tener comunicación real. No. Los tiempos han cambiado mucho.

Entonces era momento de levantarse y caminar hasta la fonda. La comida era sabrosa y barata. Hacían una sopa muy parecida a la de su difunta chata, aunque jamás con ese sazón que solo ella tenía. Lo único que le disgustaba era que la dueña creía, como la mayor parte de la gente, que por ser viejo era también sordo e idiota y le gritaba cada palabra acercándosele al oído y repitiéndole todo dos o tres veces.

Después de comer, la caminata hasta su casa. Llegaba, casi siempre cuando la noche empezaba a amenazar con cubrirlo todo, con sus sueños tristes y sus pesadillas. Con esas siluetas que lo asustaban como cuando era niño. Encendía la luz para que desaparecieran los espectros y se sentaba a cenar la concha recién comprada acompañada de leche.

A veces, una que otra lágrima caía de sus ojos. Miraba el teléfono que casi nunca sonaba, parecía más un adorno que un aparato de comunicación, pero la manera más eficaz de saber de su hijo de vez en vez, cuando se acordaba de llamarlo para cerciorarse de que siguiera vivo. Él casi nunca le telefoneaba al muchacho pues tenía la sensación de que a la mujer, su nuera, no le hacía gracia que lo hiciera. Prefería aguantarse las ganas y esperar, aunque la espera significara semanas, o hasta meses.

Luego, una ducha rápida, muy rápida. No se detenía a observar su cuerpo. No le gustaba ver sus brazos y piernas flácidas y arrugadas, ni su vientre abultado colgar como pellejo sin vida. Desde que su chata murió, no volvió a mirarse al espejo ¿para qué? ni siquiera para peinarse pues ya ni pelo tenía.

Luego se metía a la cama, con la luz de la lámpara en la mesa de noche encendida para que no le pillaran las tinieblas y se le vinieran encima. Miraba el lado vacío junto a él, la casa silenciosa, se imaginaba cómo se veía acostado ahí. Solo. Con vida, pero sin ella. Muriendo día a día sin lograr fallecer del todo. Cerraba los ojos y oraba...oraba con fuerza y fe. Pedía por su esposa amada, por la felicidad del hijo que nunca llamaba...pedía piedad y suplicaba que le permitieran descansar. Casi siempre acababa llorando. Hasta que se quedaba dormido, con las lágrimas frescas en su rostro y la almohada húmeda de tanto llanto. Su cama olía a orines rancios, el olor de la vejez. La señal de que el cuerpo ya no funciona tan bien. Las gafas en el buró, junto a la dentadura artificial, en la pared los diplomas, premios y reconocimientos que a lo largo de su vida conquistó, bajo la cama el bacín por si llegara a hacer falta, en el vidrio de los cuadros el reflejo de su figura cansada y desvalida durmiendo como un niño mientras la luz, que siempre se queda encendida, le ilumina el rostro plagado de arrugas y hace menos sombría su desolada senectud.

Al día siguiente amanece, y todo vuelve a empezar, con pequeñas variaciones, pero casi siempre igual. Lo único que le alegra es que ese día más, para él, es un día menos. La llegada del ocaso. Y arrastra los pies a la cocina para preparar su avena desabrida...

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