• Javier Guerrero Rodríguez

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    Buscando el azul... y otros

    por Javier Guerrero Rodríguez


Buscando el azul.

Todo era gris. El gato, las paredes, la mesa de camilla, las baldosas hidráulicas, el pelo del padre, los marcos de las fotos de los muertos, el hollín de la chimenea, el rostro de los labriegos de los cuadros. Luego estaba la vida, que también lo era.

- Madre, usted y padre apenas hablan más que de campo, de pan y de entierros, y dicen que yo soy novelero y tengo demasiados pájaros en la cabeza, cuando alguna vez, he intentado sin éxito, contarles las aventuras de los libros...¡Es qué no entienden que hay más vida después de esta aldea!

- Si la hay, nada se nos perdió en otros lugares. Aquí nacimos y aquí moriremos, cuando Dios disponga.
- Me voy al norte, madre.

El joven preparó una maleta y caminó toda la noche la pueblo más cercano. Llegó a la estación de tren y emprendió viaje. Eran las siete de la mañana. Doce horas después, por primera vez, vio el azul del mar.


De Traición.

Le fueron a buscar. Le iban a interrogar unos militares enviados por el General. Asustado, en el furgón pensaba las circunstancias que rodeaban a la detención, y nítida era la idea de que lo principal era la conspiración política. ¿Pero cómo habían dado con él? Por un lado, podía haber algún infiltrado en las reuniones de Casa Vallejo. También había roto con Marina, y en un brote de despecho, ella le gritó: te voy a joder.

Luego estaban los espías, que podrían haber verificado las actividades ilícitas y los hábitos del detenido.

Después, tras las torturas llegó la muerte del General, y a el le llamaron el Héroe de la Revolución.

Y se fue a vivir con una camarada, profesora de literatura inglesa, experta en T.S. Elliot, que tenía un rostro de reminiscencias infantiles y la mirada azul y sagaz.

Un día caminando por el casco viejo, vieron a Marina salir de una de las casas de los militares del Régimen. Tenía el rostro mustio de los espías y la infelicidad marcada en las ojeras.


Escenas.

La escena tuvo lugar en Praga. Ella le dijo: quiero estar a tu lado toda la vida, agotar la vida en tus brazos y darte muchas criaturas. El acarició su lóbulo derecho y dio conformidad a sus deseos. Así será nena, te quiero.

Un año después.

La escena tuvo lugar en la comisaría. Ella le dijo al policía: esto no es vida, me estoy consumiendo día a día; no parará hasta matarme. Llevaba a un niño en los brazos y quizás ni siquiera sabía que había estado en Praga, y si algo recordaba no era más que un espejismo ambiguo y lejano.

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