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    Milagros en Valby

    La venganza de la palta

    por Ian Welden (Dinamarca)


Maritza

Ilustración de Maritza Álvarez
Villa Alemana, Chile


Hacía tiempo que la venía contemplando. Estaba ahí en la vitrina del mercado entre muchas otras frutas y verduras, verdecita y madurando tranquila como una adolescente en celo. Finalmente decidí comprarla. La lleve rápidamente a mi casa y la ataqué desesperado con mi magnífico cuchillo de cocina.

Sólo quedaron el cuesco y las tristes cáscaras.

Planté la semilla con sumo cuidado en un macetero y la puse al sol en mi ventanal junto a mis tres soberbios cardenales rojos.

Al mes brotó un tallo minúsculo e ingenuo. A los dos meses ya tenía pequeñas hojas.

A los tres meses se había transformado en un bello árbol de un metro de altura.

Y ahora que ha transcurrido un año me arrepiento profundamente de haberme enamorado de ella. 

La monstruosa criatura no me deja caminar por la casa. Ha invadido todos mis viejos rincones. Devoró a mis amados cardenales. Sus raíces se arrastran por mis pisos, mis muebles, mi cama y mis mantas. Debo dormir a la intemperie de pié en el balcón.

Y acumula arena polvo y tierra. Mi alfombra está cubierta de hierba silvestre y han brotado nuevos árboles. Pequeñas manadas de búfalos, jirafas y leones pastan en mi cocina.

Dos diminutos seres humanos, un macho y una hembra, deambulan por un jardín exótico y muy hermoso. Están totalmente desnudos. Él es alto y tiene músculos muy abultados y visibles.

Su cuerpo está cubierto entero por vello oscuro. Ella es pálida y frágil y su figura voluptuosa es coronada por una cabellera larga y dorada como los rayos de su diminuto sol.

Han aparecido nubes de vapor en el techo y de entre ellas se escucha una muy clara voz masculina que le habla a la pareja con una vocecita de trueno, muy severa, en un idioma desconocido para mi.

Extrañamente la pareja se alimenta de frutas y verduras pero jamás se acercan a un hermosísimo manzano que crece en el centro del jardín cargado de deliciosos frutos rojos como rubíes.

Parecen no conocer el fuego ni tener noción de la muerte. Son como dos niños candorosos y juguetones.

En el manzano vive una serpiente que se dirige constantemente a la mujer. Me da la impresión de que intenta seducirla. El hombre no se ha dado cuenta de esta situación.

Las fieras y los humanos, las aves y los peces -porque también ha aparecido un pequeño océano en este singular mundo en mi departamento- viven en plena armonía. No son agresivos y curiosamente parece que todos son omnívoros.

Yo observo esto ahora atrapado en mi buhardilla.

Los humanos se han acercado al manzanito y se ha establecido un dialogo entre ellos y la serpiente.

La hembra saca una fruta, come de ella y se la entrega al macho. Él termina de comérsela.

¡Oh! El cielito se oscurece y hay minúsculos truenos y relámpagos y se escucha la voz severa desde las nubes. Los humanos corren despavoridos y se ocultan tras una frondosa higuera.

La voz se transforma en un rugido casi animal, como el de un padre desobedecido y encolerizado.

Otro ser humanoide con pequeñas alas blancas y una espada de fuego en sus manos persigue a la pareja y los obliga a marcharse hacia un vasto sector árido y hostil. Van llorando.

El ser alado se instala en la entrada del jardín y hace guardia devorando a una hermosa palta.

Y planta con sumo cuidado la semilla en la tierra.


(*) Palta: Aguacate (nota del editor)

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