Rincón de la Poesía 

Juan Mena
San Fernando (Cádiz)





REFLEXIÓN DEL QUE REGRESA PARA RECUPERAR SU TIERRA
 

A J.G.M., emigrante que regresó de Düsseldorf
para recuperar su infancia.


Viajero de silencios y rápidos paisajes,
allanando horizontes de raíles y andenes,
novio fugaz acaso de viejas estaciones,
traspaso las distancias y el tiempo para verte.

Muchos años me cuelgan del alma como a un sauce
las ramas, chorreados de nostalgia sus verdes;
lo mismo que racimos de prietas esmeraldas
que rindieran las cepas de un maduro septiembre.

Mis recuerdos de ti, como los arcaduces
dando vueltas, me traen aquellos años leves,
cuando en el patio, el grifo de la Plazuela, el cierro,
la radio, la velada de padre en los talleres.

Aquel pan con manteca, consuelo para el hambre,
y los remiendos de la abuela siempre endebles;
la tienda del fiado (madre pagaba el sábado)
y “¡gracias, muchas gracias, gallegos, montañeses!”

Pero hoy regreso a ti, rincón donde la infancia
oculta está y cubierta por años que no vuelven:
Voy a desenterrarte, juventud que dejara
entre amigos del barrio, compuertas, caños, redes.

Las marismas son brazos que abiertos me reciben;
aquí están los esteros como hermanos muy fieles;
el agua verdinegra, la sapina, el adarce
y un olor a marisco que al ayer me devuelven.

Y este cielo, este cielo, recién bañado, limpio,
igual que una montera donde el azul se duerme
como siesta de huertos, callejones de entonces,
azotea en que el viento de levante se mece

entre los tendederos con rumores de sábanas
y geranios lo mismo que curiosos donceles,
tras pretiles y almenas, apostados mirando
finas torres de iglesias y la bahía enfrente.

Aquella antigua esquina del Gordo, mentidero,
incesante trasiego de tan diversas gentes;
viejos mariscadores que adivinaban lluvias
por los vientos que olían a mensajeros céleres.

Los que estrenaban broches de unas faustas hombrías
en secreto adquiridas por oscuros burdeles,
y contaban hazañas que en oídos más jóvenes
eran bravas proezas de viriles placeres.

Mariquitas oliendo a doña Concha, asiduos
retazos de unas coplas con penas y reveses,
la querida a hurtadillas o la novia perdida,
o venales amores por arte de alcahuete.

Los pregones aquellos de azofaifas y moras
con los cuales Jeromo nos hacía rehenes
de una turba en su entorno, y aquellos higotunas
a la fresca en las tardes del verano caliente.

Y las niñas jugaban a la comba en la calle,
o bien al tocadé en la acera, o en dinteles
de las puertas a cromos, y los niños, entonces,
cuentos intercambiábamos con sus famosos héroes.

Me acuerdo de Mangolo, que sobre su cabeza
ataúdes llevaba que anunciaban la muerte;
de aquellos velatorios de paredes desnudas
capilla funeraria y llantos que estremecen.

Los entierros aquellos con sus regios caballos
de penachos altísimos y fúnebres arneses.
Van hasta el cementerio con coronas las jóvenes
—escolta dolorida—, si es doncella quien muere.

Los colegios primarios, sus humildes maestros,
la España Grande y Libre, los saludos al frente
bajo los dos retratos que gloriosos escoltan
a un crucifijo en el que el mismo Dios padece.

Las arcadas aquellas llenas de buganvillas
de la Plazuela, acaso celando canapeses
con novios en primicias. El otoño secaba
luego las buganvillas cubriendo los parterres.

Las tardes de los sábados, aquellas sabatinas
a la Virgen del Carmen, con sus latinas preces,
reclinatorios propios de burguesas devotas,
versos a la Patrona de don Gabriel, fervientes.

Zaguán con cuchicheos de viejas rezagadas
y el lego impacientándose, tanteando ya el cierre...
A la salida, el vórtice del levante amontona
hojas de buganvillas y revueltos papeles.

Se oía en la Plazuela campanadas severas,
las cigüeñas saltaban en sus nidos agrestes
y de los eucaliptos de la huerta llegaban
balanceos mezclados con luces de poniente.

Y sonidos de esquilas de las vacas aquellas
que ordeñaba Melchor, y era famosa leche;
los perros, sus ladridos a la luna, los rezos
de las Horas de frailes en clausura celeste.

Apagones de entonces, cuando la anochecida
y las mariposillas con sus llamitas débiles.
La radio con sus partes nacionales, sus himnos.
Los ahogados de aquel siniestro Guadalete...

Mimado se halla el pueblo como un viejo candray
por el agua a sus plantas que lo lame y lo muerde
con colmillos de espuma, como en una hornacina
todo él, que a su Virgen venera y enaltece.

He vuelto a ver el mar que tenía perdido
y estaba en el envés de un olvido indeleble.
Yo lo veo en riberas aprendices de agua
y saltar en la playa y amansarse en el muelle.

Pero nombrar el mar es acunar su canto
en los labios llovidos de gaviotas, rebenques,
almadrabas, salinas, alfolíes, faluchos,
palangres, tajamares, bajíos y rompientes.

Y ella, Virgen del Carmen, pone su escapulario
sobre los oleajes, lo mismo que un detente,
tempestades amaina, porque por estos lares
el mar es hijo suyo y, en calma, la obedece.

A la espalda del pueblo suena el mar como un niño
que le pide a su madre, la Virgen, que lo bese
y Ella le pone el manto cuando su piel se inquieta
y ya da en plenilunio o en bonanza celeste.

Recorro los lugares que mis pasos dejaron:
barrio, hervor de murmullos; patio, almacén de enseres.
Pero la pesca. pobre como ayer, sobrevive.
Un olor de otros tiempos mi corazón conmueve.

Hombres que hablan del mar, les corre por la sangre,
y en los ojos, ahítos de marea, les duele.
Por ellos brama el mar; los llama desde lejos;
se aparece en sus sueños con milagros de peces.

Estos hombres han visto desnudarse la aurora
y enlutarse el ocaso tras olas y vaivenes;
y en el muelle, en el bar, con un vaso de vino,
la lluvia sobre el agua caer como alfileres.

Vuelvo, y gracias a todo lo que veo, el pasado,
redoble de recuerdos, se anima y reverdece.
Recupero mi ser, como quien con su estima
perdida y olvidada de pronto se aviniese.

Acaricio este océano, a mis pies, blanda ardilla,
y doy gracias al cielo, altar digno que es siempre.
Pueblo, mar, gente, Virgen son míos como antaño,
porque lo que se ha amado, nunca, nunca se pierde.




PREMIO “JUAN ORTIZ DEL BARCO” 
DEL CÍRCULO DE ARTES Y OFICIOS 
SAN FERNANDO, 1996
Editado ese mismo año por el Círculo junto al relato premiado.









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