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    La Dolorosa

    por Elena Ortiz Muñiz


El silencio mortuorio que se apodera hasta de los rincones más apartados de la habitación en penumbras es profanado por el ruido mundanal que llega desde la calle: el grito insistente del hombre que surte los cilindros de gas, los perros ladrando, las gallinas alborotando.

Margarita deja la cama apresuradamente. ¡Tiene tantas cosas qué hacer! Es jueves: la víspera del viernes de Dolores. Sale de su recamara recorriendo el pasillo que da al baño. Pasa frente a la puerta de lo que era el cuarto de su hijo Juan y sigue de largo conteniendo las ganas de emitir un saludo de buenos días. 

¡Ay, su tan querido Juan!. Fue su único hijo, el compañero fiel en ese camino solitario y triste que le tocó recorrer cuando Pedro murió. Se quedó solita con él, sin más recursos que la casita en la que vivían y sus manos acostumbradas al trabajo duro. Y vaya que si se afanaron para salir adelante. 

No se esperó a que el poco dinero que les quedó se terminara por completo para actuar, debió sobreponerse en seguida a su sufrimiento para evitar que su hijo pasara hambre y necesidad. Aprovechando que tenía buena mano para el cultivo comenzó a preparar plantitas derivadas de las que tenía en el terrenito detrás de la casa, al mismo tiempo sembró jitomates, chiles y otras cosas. Su huerto ya daba suficientes limones, limas, peras, tunas y naranjas. Con ellas, y los pedacitos plantados en macetas de barro abrió las puertas y comenzó a vender plantas y frutas, con el dinero obtenido, invirtió en algunas otras verduras, macetas y otras especies de plantas que se trajo desde un vivero. Y comenzó así el negocio que le dio para vestir, alimentar y sacar adelante a su muchacho.

En realidad, no sufrió mucho para lograrlo, siempre fue un buen chico, travieso pero noble como él solo, tanto, que terminó sacrificando su vida por otro. 

Sale del baño vestida, bañada y terminándose de amarrar la larga trenza negra que cuelga a lo largo de su espalda. Se dirige apresuradamente al huerto llevando la vasija que jaló al pasar por la cocina, camina al gallinero a alimentar a las aves, luego sirve agua y comida a los perros y finalmente, se detiene a revisar sus jarritos de barro con el trigo puesto a germinar con 15 días de anticipación. Todo en orden. Tenía una docena de recipientes con trigo amarillo gracias a la sombra y otra docena con trigo verde como resultado de permanecer al sol.

Un poco de café de la olla, tortillas con frijoles, salsa de molcajete y queso ranchero para el desayuno que toma apresuradamente. Poner luego la casa en orden le lleva menos de una hora, y sale por la entrada principal que es la misma de su recaudería después de cubrirse la espalda con su rebozo. Ese día no abre, se dedica a tener todo listo y el viernes de Dolores, nadie en todo Guanajuato trabaja. Lo destinan a honrar a la Santísima Virgen María por el sufrimiento padecido a causa de la muerte de su hijo.

Y vaya que si ella sabía de cuánto costaba volver a respirar con normalidad después del fallecimiento de un hijo. Su Juan fue el camino a través del cual conoció ese calvario. Recordó, mientras bajaba el callejón estrecho que desembocaba en la que prácticamente constituía la única calle que recorría en su totalidad el centro de la ciudad, aquel día en el que, feliz, entró como un huracán a la recaudería tirando los chiles de rellenar en el piso mientras levantaba a Margarita por la cintura celebrando su éxito.

-Me aceptaron, madre. Me aceptaron.

-¿De qué me hablas? -preguntaba la mujer sin saber qué le ocurría

-Mañana me presento a trabajar en la Mina de Rayas. ¡Voy a ser minero!

-No hijo, ¡minero no! -suplicó- en el negocio nos va bien. No hay necesidad.

-Sí, madre. Si hay necesidad. Yo no quiero pasarme la vida pesando cebollas y limpiando nopales. ¡Quiero ser como mi padre!. Además me darán prestaciones, servicio médico para usted y para mi, entre otras cosas que nos harán progresar...

Nunca estuvo de acuerdo con aquella decisión, pero...solo era su madre ¿qué podía hacer contra el destino que llevaba marcado? ¿cómo oponerse a sus anhelos y ambiciones? Camina presurosa al tiempo que saluda cortésmente a cuánta persona se encuentra en el camino en un intercambio de melodiosos: "Buenos días" en diferentes tonos y timbres de voz. 

Llega hasta el mercado Hidalgo que solo en esos Jueves muestra la estampa que aparece ante los negros ojos de Margarita: la calle ya está repleta de gente que va y viene, la mayoría trabajadores y campesinos que llegan de los pueblos a vender y comprar lo necesario.

El adoquín de las calles se tapiza de flores campestres, nubes, rosas, claveles y crisantemos que otorgan, además, un colorido espectacular a la escena que se mezcla con el verde y el amarillo sin igual de los potes con trigo germinado para aquellos que no pudieron, no supieron o prefirieron no hacerlo ellos mismos. Se hace presente, la creatividad e ingenio de los mexicanos que elaboran figuras de barro cocido diversas para mercarlas cubiertas del trigo recién crecido tan demandado esta fecha. Los manteles de papel picado son auténticas obras de arte a precios insólitos, los granos de incienso y copal desprenden involuntariamente su perfume logrando una mezcolanza entre campestre, místico y religioso que logran en sí mismos tejer con sus olores un bien estructurado poema.

Mientras Margarita adquiere los elementos necesarios para la construcción de su altar, conversa con las personas conocidas que va encontrándose en el camino en medio del bullicio, bien pronto comienza a pesarle, no la carga que lleva en los brazos, bastante voluminosa por cierto, sino las preguntas de aquellos que al verla se apresuran a mirarla con lástima, con tristeza, con pena. Finge no darse cuenta y sigue su camino abriéndose paso entre los rebozos de algunas mujeres, los atados de mercancía, los puestos, los extranjeros con sus cámaras fotografiándolo todo, el barullo que hacen los vendedores para atraer compradores. Pero no es suficiente. De cualquier modo, terminan alcanzándola para darle el pésame, para preguntarle cómo se siente y recordarle su agonía.

Emprende el camino de regreso con el paso más lento que nunca, arrastrando los zapatos, agachando la mirada. Las voces diciendo ahora "Buenas tardes" rebotan en las paredes sin encontrar eco o respuesta. Recuerda como si fuera ayer, la escena del entierro, la dolencia intensa que parecía traspasarle el corazón con mil dagas, destrozándole las entrañas también. Parecía que no habría consuelo capaz de aminorar tanta tristeza.

Las lágrimas caen lentamente de sus ojos mientras sube por el callejón que llega hasta su casa, esa casa en la que Juan vio la luz por vez primera y que fue testigo de su última salida dentro de un féretro de madera, encabezando la procesión, ella, que apenas si podía mantenerse en pie , fue llevada casi cargada por su compadre Benito que la soportaba con sus brazos fuertes y la esposa de Don Vicente, patrón de Juan en la mina que apareció en las fotos de los periódicos que comunicaron la noticia llevándola por la cintura.

Por fin llega a su casa, entrar en ella era un suplicio. Todo tan callado y negro. Ya nunca sonará la música con el volumen encendido a su máxima capacidad que hacía vibrar las paredes y que le terminaba ocasionando un dolor de cabeza intenso que disculpaba cuando aquel, la interceptaba en el pasillo para hacerla bailar entre sus brazos. 

Se siente cansada y decide recostarse un poco para recuperar el aliento que se fue acabando con la caminata, el sol intenso y la compunción. ¿Algún día se sentiría aliviada de tanto sufrimiento? Ahora le parece imposible.

Y es que Juan era tan buen hijo, lo consideraba el premio que Dios le había otorgado. ¡Y él, tan feliz trabajando en la mina! Simplemente, estaba endiosado con ese empleo. Todo el tiempo platicando de rocas, metales y agujeros en la tierra con tanto orgullo. Y ahora... 

El accidente fue ocasionado por un derrumbe no previsto, que ni siquiera lo amenazaba a él, al que ponía en peligro era a Luis, el hijo del carbonero. Juan estaba a corta distancia y previendo lo que estaba por venir corrió a empujarlo fuera de la zona de peligro justo cuando las rocas cayeron, pero encima de él. 

Cierra los ojos y recuerda el momento en el vio a los chiquillos corriendo hacia su recaudería, supo que algo no estaba bien nada más mirar sus rostros desfigurados por el espanto. Corrió como pudo gimiendo en su desenfrenado andar hasta llegar a la mina. Ya estaban los servicios de emergencia apostados afuera, los trabajadores intentando rescatarlo de entre las piedras, los compañeros y sus esposas en espera de noticias mientras ella, de rodillas en el suelo pedía a Dios que lo rescataran con vida.

Después de varias horas aparecieron con él, unos hombres lo llevaban cargado, los brazos le colgaban cubiertos de sangre, la cabeza herida, los ojos vacíos y ciegos, la boca seca y muda, el corazón callado...¡muerto!. Lo recostaron junto a ella. Margarita tomó su cabeza y la acunó en su regazo mientras las manos inmóviles y fuertes pendían fallecidas. Comenzó a mecerlo como cuando era bebé y dormía confiado en sus brazos. Acarició su cabello y le dijo al oído palabras que sonaban huecas. Hasta que finalmente suplicó: ¡No me dejes aquí sola!. 

-"¡Llévame contigo!" -gritó rasgando el ambiente que de pronto se había vuelto callado como un sepulcro, como la tumba en que debería depositar ese cuerpo amado, venerado, tan querido...

Lo demás fue difuso, casi irreal pero al mismo tiempo denso como una pesadilla, cruel como un terrible mal. El dueño de la mina se apersonó, se hizo cargo de todos los gastos. Finalmente, Juan se fue como los grandes, él mismo llevó el ataúd en su hombro junto con el minero salvado y otros personajes importantes abriendo la comitiva, los compañeros con sus cascos bajo el brazo, lo despidieron entre lágrimas reconociendo su valía, los barrenos de las minas tronaron a un tiempo haciendo que toda la ciudad se estremeciera con el tremor de la tierra. A Margarita se le figuraba que estaban despidiendo a un rey en vez de su hijo sencillo y cabal como hombre de bien.

Levantándose de la cama, se dispone a comer algo rápido para terminar con los pendientes. Con esos pasos lentos que se volvieron más cargados desde que su hijo se fue, llega hasta la recaudería y comienza a llenar recipientes de plástico guardados para tal efecto hasta atiborrarlos uno a uno: semillas de salvado en este, hinojo en aquel, mastranto en el más pequeño, salvado, café molido, lentejas y semillas de amaranto en los demás.

Las deja junto a las cosas compradas después de poner los hatillos de flores dentro de cubetas con agua para mantenerlas frescas e hidratadas. Va hasta el armario y saca con sumo cuidado una caja de cartón que con grandes letras rojas anuncia el nombre de la desaparecida crema Teatrical. De ahí, salen las cortinas blancas de deshilado herencia de la abuela Engracia, las moradas y blancas de encaje rebordado adquiridas en aquel viaje a Aguascalientes que hiciera con Pedro para celebrar que Juan venía en camino a esta vida. Los manteles blancos que ella misma confeccionó y bordó con el dibujo de 2 pescados, un cestito con cinco panes de oro y plata y la corona de cristo. Tres manteles en total, pues su altar siempre estaba edificado sobre la base de tres escalones. 

Extiende las telas sobre la cama mientras continua recordando: Ahí mismo estaba recostada la noche que entró su muchacho con una sonrisa diferente, plena. Y abrazándola le confesó:

-Madre. Estoy enamorado.

¡Enamorado! y a partir de ese día un nombre de mujer flotaba en el ambiente y aparecía en todas las conversaciones: Silvia. La muchacha le correspondía, pero los padres de ella no aprobaban la relación y justo el día en que Juan la llevaría a casa para presentársela, su familia se la llevó lejos frustrando la relación.

Los meses pasaron sin noticias de la muchacha, su alegría se disipó, andaba con los ojos tristes por todas partes, callado y meditabundo, los suspiros colgaban de las cortinas, de las flores, bajaban por la caja de los plátanos, entre las lechugas, acompañando a los ajos. Margarita lo miraba con tristeza, pero nada podía hacer, así era el amor: doloroso, impredecible, traidor. Eran muchos más los instantes amargos que los dulces, sin embargo, éstos últimos lo eran tanto, que daban para vivir gracias a su recuerdo toda una existencia.

Después de comprobar que tanto manteles como cortinas permanecen en buen estado, procede a bajar la siguiente caja. Envueltas en papel periódico y cuidadosamente guardadas las esferas de vidrio azogado de colores traídas desde Tonalá hace más de 10 años, luego, aparecen las botellitas de vidrio soplado con sus tapas de corcho, las compró craqueadas para que la luz quedara atrapada en el cristal. 

Rápida pero cuidadosamente, lava las botellas y las esferas logrando que la tierra que pudiera haberse colado se caiga y las deja escurrir. Luego, a mano, friega las telas que habrán de arropar el altar y en tanto las talla amorosamente piensa que la muerte no es el destino cruel de cada uno de nosotros que tarde o temprano habremos de fallecer, sino un golpe seco, a traición que nos propina directo en el corazón la fatalidad. Porque los que nos vamos quedando somos los que sufrimos, y cada pariente, amigo, esposo o hijo que han partido se llevan al otro mundo entre las manos un pedazo del corazón de aquellos que se quedan llorando su partida con desolación

Extiende los lienzos en el tendedero y se queda unos segundos mirando cómo las gotas de agua caen al suelo reventando una a una hasta que se empieza a formar un charco que el sol se encargará de evaporar. Aún no ha salido un sol para ella que con su calor evapore la congoja que la tiene sumida en ese estado. Al principio le llevaba flores diariamente, luego, terminó por ir solo los domingos después de misa porque la visita al cementerio acababa por robarse su energía y llegaba tan desolada, que empezó a ya no abrir el negocio mientras las verduras y frutas se echaban a perder abandonadas.

Las miraba pudriéndose y pensaba que así estaban sus entrañas también, que así como las plantas comenzaban a marchitarse su corazón abandonado y solitario terminaría haciéndolo algún día. Pero luego, recapacitaba. Esa no era una actitud que su Juan hubiera aprobado. Él siempre le había hecho saber y sentir la admiración que le causaba comprobar su entereza y fortaleza para salir de las vicisitudes. 

Entonces, sacaba las frutas malas, las verduras en estado de descomposición, traía mercancía nueva y fresca, quitaba las hojas amarillas y las flores secas a las macetas y abría las puertas permitiendo que la luz entrara de nuevo con aires frescos, empezaba a circular oxigeno en las habitaciones, respiraba hondo y quitaba polvo y tristezas de los rincones...hasta que la gente comenzaba a llegar con sus pésames y sus preguntas impertinentes recordándole que su hijo ya no estaba aquí, que permanecía dentro de una tumba pudriéndose, sin vida, ya sin alma.

Ayudada por la escalera, Margarita se sube al naranjo para cortar naranjas agrias de su árbol. Acerca la pintura dorada, los popotes, el papel, el pincel y con sumo cuidado comienza a pintarlas cubriéndolas del oro de la tintura. “Así quisiera yo cubrir mi dolor” piensa mientras realiza su labor. Termina con las naranjas, sigue con el papel. Deja todo encima del brocal de lo que en un tiempo fue un pozo dentro de su huerto para esperar a que se seque.

Se ha hecho de noche. No tiene hambre, ni ganas de nada. se quita el vestido negro colocándose el camisón de franela y se va a descansar. Al día siguiente, Guanajuato será diferente, se despertará entre flores de muchos colores, la banda tocará todo el día en el kiosco del Jardín Unión, la Virgen llorará pero ahí estarán ellos para consolarla, para sorber sus lágrimas con sabor a nieve de limón y agua con chía y enviarle un mensaje de amor. Por lo menos la Virgen, no estaría sola...como lo estaba ella.

Desde la calle llegan las voces de los muchachos. La juventud no duerme ese jueves. Todos están en el baile de las flores, llevan ramilletes de flores para la dueña de su corazón y al terminar la fiesta se irán al Jardín Unión a esperar el amanecer llenando el ambiente, además con su juventud y alegría. 

El alba también sorprende a Margarita. Ya ha dispuesto sobre la mesa, las cajas y baúles que formaran los escalones. Mientras reza los misterios del rosario, pone los manteles bordados por ella en cada uno de los escalones, cubre la parte inferior de la mesa con el papel corrugado color ocre, amarra unos palos en los cuatro extremos y de ahí sujeta un alambre que será el sostén de las cortinas: la deshilada al frente, las moradas a los lados.

Entra en la casa y descuelga la imagen de La Dolorosa que llena la pared de su sala. Es un cuadro ancestral, pintado a mano por un pariente suyo que fue pintor y al cual no conoció pues murió muchos años antes de que ella acertara a nacer. El cuadro había pasado de familia en familia generación tras generación. Ahora, lo tenía ella, luego le tocaba resguardarlo a Juan, pero ya no podría hacerlo, debía comenzar a pensar en manos de quien dejaría esa valiosa reliquia. Lo acomodó en medio del escalón superior del altar, luego, sin perder la cuenta de las Aves Marías y los Padrenuestros vuelve con el crucifijo que coronaba la cabecera de su cama y lo pega con un clavo a la pared, exactamente encima de la dolorosa cuidando de no lastimar la cortina de deshilado y pasando el clavo por un hueco, entre los hilos.

La manzanilla es esparcida por todos los peldaños del altar, las botellas de vidrio con el agua ya teñida de diversos colores dispuestas en todos lados, a un costado de ellas las esferas de vidrio, del otro las veladoras, junto al cuadro el cirio bendecido en la misa de gloria.

Las naranjas pintadas de dorado muestran banderas de papel del mismo color encajadas en su centro a través de los popotes, el incienso comienza a arder esparciendo su aroma y traspasando los trigos recién germinados de color amarillo y verde en las vasijas de barro. En sendos floreros primorosamente dispuestos figuran los alhelíes morados y blancos.

En el piso, con la guía del dibujo previamente trazado con un gis, un corazón traspasado por siete puñales comienza a adquirir vida gracias a las semillas dispuestas para rellenarlo por completo. Al rededor, las lámparas de aceite encendidas.

Apenas termina su obra, la gente comienza a llegar para admirar el altar, los niños, impacientes preguntan:

-¿Aquí ya lloró la virgen?

Margarita se apresura a servir la nieve en los vasitos para repartirla entre los congregados. Por fin, todo queda dispuesto. El ir y venir constante de los pobladores es signo inequívoco del día que celebran. Llega Lupe, la única empleada de la recaudería que contrató por insistencia de Juan y la deja a cargo del altar para subir deprisa enfundada en su vestido negro y rebozo morado hasta la mina y asistir a la misa que se celebra a favor de los trabajadores, sus familias y este año, también por el descanso eterno de Juan. Luego, se puede entrar a las instalaciones para admirar los altares que los mineros levantaron sobre las mismas máquinas en las que trabajan cada día en la extracción y beneficio del metal. Pero Margarita prefiere no ver nada. Ya de por si es bastante duro siquiera pararse frente a ese lugar que le arrebató al ser que más amaba en este mundo.

Regresa con la misma mirada triste, agradece a Lupe su apoyo en el altar, la ve alejarse rumbo al centro por el callejón que, como nunca, está enmarcado por los balcones floridos llenos de vida, atiende a todos los que llegan a admirar su altar repartiendo incansable, nieve de limón y agua fresca.

Ahí permanece toda la mañana Margarita, cuidando su altar, rezando y a ratos cantando, hasta que no quedaron más lágrimas de la Dolorosa en forma de nieve de limón y agua fresca. Se agotaron entre los grupos de niños, jóvenes, vecinos, turistas y guanajuatenses que se acercaban a santiguarse.

Cuando lo considera prudente, cierra las puertas, se viste con un vestido de manta que ella misma ha teñido de negro, cosido y bordado. Rematando la vestimenta, un rebozo ligero, calza sandalias en los pies y con ellas, sale rumbo al Jardín Unión, a vivir la otra cara del Viernes de Dolores, la faz pagana que es también hermosa. Hasta la boca del callejón llegan los aromas mezclados de flores, altares, incienso y cera quemada. La calle está convertida en un torrente humano, se incorpora como puede y se deja llevar entre la masa de gente. Al llegar a la parte más alta de la calle mira el panorama delante y debajo de ella: La orilla del río humano está delimitada por decenas de puestos que ofrecen una variedad inusitada de figuras elaboradas sobre cascarones de huevos que forman el cuerpo de animales primorosos, el centro de vistosas flores, la cabeza de personajes fantásticos que terminan teniendo forma y definición gracias a los adornos, los papeles multicolores, las telas que los embellecen. También hay canastas surgidas de la imaginación plenas de cascarones rellenos de confeti para ser tronados en la cabeza de alguna víctima distraída.

En todos lados hay flores: cientos, miles de ellas. Naturales, de tela, de lata, de papel, de hoja de maíz, de cera, deshidratadas, de cartón, en ramos, sueltas, por docenas, con tallos largos, medianos y cortos. Camina entre el mar de transeúntes y logra comprar algunos alcatraces de hoja de maíz y una docena de rosas elaboradas con fomi. Normalmente, llegar desde el callejón hasta el Jardín Unión toma solo 10 minutos, sin embargo, pudo pisar la cantera del piso hasta una hora después. 

Ahí, le da vuelta a la plaza. La costumbre ordena que las damas rodean el jardín mientras los varones observan desde las orillas con ramos de flores listos en las manos, cuando ven a una mujer hermosa la alcanzan y le obsequian una flor, aquellas que reúnan la mayor cantidad de flores son las más hermosas de la ciudad. Casi todas portan vestidos y faldas largas con vuelo de manta, sandalias y rebozo. Es la vestimenta clásica en esa fecha.

Margarita sonríe cuando es alcanzada por un chiquillo que le regala un clavel blanco. 
Finalmente, decide regresar a casa, junto a su altar. La pena no aminoró con el paseo. Se siente y se sabe sola ¿qué será de ella ahora? se pregunta, ya nunca tendrá a nadie con quien conversar antes de retirarse a dormir, nadie por quien trabajar y luchar, nadie que le de un sentido a su existir.

Cuando llega, las veladoras se han consumido, pone vasos nuevos que vuelve a encender, prende otros inciensos y acciona las lámparas de aceite que reposan junto al tapete de semillas. La tarde ha comenzado a caer haciendo que la luz parezca más intensa, se refleja la luminosidad en el agua de colores y en las esferas, el vidrio craquelado de las botellas y el azogado de las bolas de cristal le da profusión a la luz.

Reza otras Aves Marías y Padrenuestros para pedir por la salvación de su Juan...y la suya. Todavía siente el tamal ingerido atorado en la garganta, desde el fatal día, no puede pasar alimento gracias al nudo que le obstruye permanentemente el pecho. Decide sentarse un momento, solo hasta que la tristeza aminore y las lágrimas dejen de amenazar con hacer estragos ahí mismo. Un milagro, necesitaría un verdadero milagro.

El viento que se cuela por debajo de la puerta mueve las banderitas hacia adelante y atrás. Afuera, alguien se acerca, se detiene frente a la puerta, saca un papel de su bolsa y corrobora la dirección. Observa el rostro sereno del pequeño recién nacido que duerme protegido por el calor de su madre y cubierto por el rebozo que magistralmente lo envuelve y lo mantiene asido con seguridad. Toca la puerta. No hay respuesta, sin embargo, la luz encendida adentro se refleja en el cristal de la ventana. Intenta de nuevo con mayor ansiedad y espera...

Por fin, se escuchan los pasos pesados que avanzan con dificultad. La puerta se abre, aparece un rostro con facciones idénticas a aquel tan amado, solo que éste es más sombrío, más viejo, más triste...

-Buenas noches -saluda la recién llegada- Soy Silvia...la novia de Juan...y él -señala al pequeño dentro del rebozo- es Juanito. Mis padres, me echaron de casa -dos gruesas lágrimas resbalan por su rostro moreno- dicen que los defraudé y...sé lo que le sucedió a Juan y pensé que quizás los tres juntos encontraríamos consuelo a nuestras tristezas...además...no tengo a dónde más ir

Margarita sonríe por primera vez en tres meses y abriendo los brazos la envuelve en un abrazo sincero y desesperado.

-Pasa hija...no digas más-le dice mientras se quita de la puerta para dejarla entrar- desde hoy, esta es tu casa, y ustedes, mi razón de vivir.

Silvia entra a la casa, Margarita cierra la puerta y voltea para mirar a su Dolorosa encabezando el altar y con lágrimas que ya no son de tristeza sino de agradecimiento por el milagro cumplido le da las gracias mientras la luz de las velas que traspasa las botellas, se proyecta en las esferas y rebota llegando hasta el rostro de la Virgen amada, que por unos instantes, a pesar del luto, parece sonreír satisfecha.

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