• Javier Guerrero Rodríguez

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    Ridículo ...y otros

    por Javier Guerrero Rodríguez


Ridículo.

Somos gente sin fortuna, Carmen. Ya lo dicen, que unos nacen con estrella, y nosotros seríamos los fulminados por el rayo en mitad de un prado de vastas extensiones, o las víctimas del loco de naturaleza psicópata, o los arrastrados por la corriente del diluvio. Se lo iba diciendo mientras conducía dirección a Sevilla, por la Nacional 630. Pasado el pueblo de Santa Olalla contemplaron la escena dramática de un accidente, el camión tumbado, las láminas de hierro que transportaba esparcidas por la carretera, los cuerpos ensangrentados, el amasijo de hierros en que habían quedado convertidos dos coches, las ambulancias, la guardia civil, los gritos. Atravesaron con el ritmo del corazón acelerado y las miradas afligidas. Somos gente sin fortuna, Carmen, que hasta tenemos que ver el paisaje de la desgracia en día tan bonito y radiante como el de hoy. Estamos vivos, Carlos, siempre has sido un ridículo, le dijo ella con desprecio.


Cuando se murió el sanguinario.

Aguardaban la llegada de la muerte. A uno le abordaba el miedo y al otro la repugnancia por el tirano. El primero, apenas podía dormir, pues temía la aparición del sueño dramático en la oscuridad. El segundo no hacía más que vomitar y maldecir. Unos días antes, se murió el sanguinario. El pueblo se echó a la calle, los presos se convirtieron en héroes y el dictador tuvo su grandioso funeral de Estado.
 

Suave.

De milagro, había esquivado la muerte en la guerra. Luego venció al monstruo que estaba royendo en sus tripas. Dos años después se salvó por centímetros de ser el blanco de la gárgola desplomada. Después vino el atentado del once de Marzo, y al salir de Atocha le zumbaron en los oídos las explosiones. Una tarde cerró los ojos al calor de la chimenea y no volvió a abrirlos. Traspasaba etéreo las fronteras de la vida, y flotaba sobre un mundo desconocido. O sobre la nada.
 

De encargos.

El joven tenía poco tiempo, mucho miedo y bastantes deudas. Un desastre sentimental y empezó a jugar. La muerte de la madre y empezó a probar. Con la cocaína resurgía, volaba. Luego se desplomaba. Antes de que las balas apaguen mi existencia en cualquier callejón mugriento de esta inhóspita ciudad, habría de ser yo el ejecutor, la mano asesina enviada por aquel que quiere satisfacer los ardores de su venganza, y así podría pagar y andar con más solvencia por el mundo, pues dicen por ahí que lo de sicario trae mucha plata, se dijo una vez. Recibió el primer encargo, pero no sabía que había otro por las calles de la ciudad, con similares cometidos, siguiéndole los pasos, un tipo que había liquidado a unos cincuenta hombres, hábil, rápido y con sangre fría, Luciano el Diana, que nunca fallaba.

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