• Javier Guerrero Rodríguez

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    Alice ...y otros

    por Javier Guerrero Rodríguez


Alice

Se llamaba Alice. Había ganado dinero con el porno y lo quería dejar. Ya había hecho demasiadas mamadas y se la habían metido más de cien veces, por delante y por detrás. En los contratos firmaba negativas referentes a la lluvia dorada y todas las vertientes del sadomasoquismo. Pero aún así, no se libraba de acabar las escenas con el semen en la cara y algún cardenal o rasguño en el culo. Había llorado demasiadas veces y se había jurado otras tantas que lo iba a dejar. Por un lado, quería dejar buen patrimonio a su hija, Cindy. Por otro, quería dedicarse a escribir, Historia de una Actriz Porno, o Las Cien Veces que me llamaron Zorra, o Asuntos Obscenos, o algo por el estilo. Había tenido algunos amigos, pero sobre todo muchos enemigos, y si había alguien a quien detestaba con toda visceralidad y odio, era a James Dickson, con sus dientes de conejo, sus ojos saltones, sus tatuajes y su enorme miembro. La tenía descomunal. Tanto que la pobre Alice sufría sus embestidas con enorme dolor y lástima. Y la cámara captando. Gime puta, gime, le gritaba Dickson. Como te gusta, zorra del diablo. Un día al acabar la sesión, ella le dijo al director que no iba a compartir más escenas en su jodida vida con semejante bestia, lo cual provocó la ira de James. Estás acabada maldita, ya apenas vales para follar, te voy a reventar la vida. Además de ello, le escupió a Alice en la cara, y le rasgó su vestido de seda. Así las gastaba aquel animal. No había vuelo a saber nada de su estampa desagradable. Llevaba otra vida. De repente, un día se encontraron en el supermercado. Dickson volvió a insultarla, como fuera de sí. Un energúmeno sin neuronas. Sigues siendo igual de puta que siempre, aunque no estés en el porno, supongo que ahora estás en la calle. Ella calló y se ruborizó ante los ojos atónitos de la cajera. Se fue al coche. Le esperó. Aceleró y se lo llevó por delante.


Del suicidio a la montería

El hombre se quería suicidar. Tenía dos balas, el rifle de las monterías y muchos problemas. Las malas inversiones que derivaron en deudas, la tristeza de su incapacidad para volver a escribir, una reciente asiduidad al consumo de bebidas alcohólicas, y el principal y más doloroso, la marcha de su mujer a un apartamento de la calle Argensola. Necesito estar sola, Álvaro, pensar sobre lo nuestro y hacer otra vida. Es la única manera, la distancia, para que resurja el matrimonio. No vuelvas, le había dicho el con toda la soberbia, y autosuficiencia. Acto seguido se puso a llorar. Y a beber. Pasaron dos meses y no hubo regreso. La mañana que se iba a pegar dos tiros, sonó el timbre. Era ella, Marta. Hubo un abrazo cordial que fue girando hacia la efusión, y hablaron de anhelos, y de los olores de la piel, y de aliento. De repente, ella se percató. ¿Porqué está ahí el rifle? Estaba preparando, mi amor. Mañana nos vamos de montería. Te llevaré a la sierra de Cazalla. Será como empezar de nuevo. La mujer le miró con desconfianza y le abrazó más fuerte. El hombre se derrumbó.


Azar

Debido al temporal de nieve y su naturaleza precavida decidió no viajar a Salamanca ese fin de semana. Aplazó el viaje para el siguiente viernes. En un mesón de la Plaza Mayor, se cruzaron las miradas que se habían estado buscando durante los últimos cinco años. Se montaron en la misma estación y comenzaron a viajar. Ahora andan perdidos en el fin del mundo. Y siguen juntos.

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