• ian welden

    Milagros en Valby

    Cosas de niños

    por Ian Welden (Dinamarca)


Ilustración de Maritza Álvarez

Ilustración de Maritza Álvarez
Villa Alemana, Chile


"...Por qué los tocan?

Día tras día sucede lo mismo
Las noticias no dejan de decirlo
Las almas no dejan de gritarlo
El pecho no deja de doler..."

Maritza Álvarez
NIÑOS MANCILLADOS



1

Cuando comencé a conocer este mundo tuve miedo.

Mi padre abstraído en sus cosas no me tomaba de la mano cuando íbamos a atravesar las calles atestadas de vehículos veloces y descaradamente asesinos. Mi madre, acariciando las moraduras recibidas por las palizas cotidianas, lloraba oculta en su cocina agregándole lágrimas a nuestras tristes cazuelas.

El cielo siempre era negro y el sol, la luna y las estrellas amenazaban con caerse sobre mi cama, el lugar preferido de mis eternas pesadillas nocturnas.

Porque yo guardaba un secreto.

Mi tío era la luz de mi vida. Me llenaba de juguetes y caricias cuando mis padres huían a su mundo conflictivo y violento. Cuando aparecía en el umbral de nuestra casa con su sonrisa bonachona yo corría a abrazarlo y besarlo. Me sacaba a pasear en su auto y me hacía cosquillas entre las piernas.

No tenía realmente a otros amigos. Aún no iba al colegio y en el vecindario cada familia mantenía su territorio encerrado con muros, rejas y perros guardianes. Los días en que mi tío no aparecía eran larguísimos y tediosos y la única entretención eran la televisión y la radio.

No entendía porqué sentía constantemente un peso en mi alma y mi corazón. En realidad habían muchas cosas que no entendía pero que aceptaba convencido de que la vida era así para todos, opresora, solitaria y sin sentido, sazonada a veces con muy cortos momentos de una felicidad poderosa y extravagante. Yo reía a carcajadas a veces, le gritaba a las aves y a los aviones. Saltaba charcos con alegría.

Habían domingos en que mi padre silbaba melodías de moda y mi madre lo miraba con ojos de amor. Íbamos entonces a la iglesia y luego comprábamos pasteles que comíamos sentados en un banco del parque frente al lago de los patos y cisnes. O caminábamos por la alameda, ellos tomados de la mano y yo temiendo, siempre temiendo que esos momentos terminaran abruptamente y se transformaran en el infierno de siempre.

Pero la llegada de mi tío cambiaba el color del universo. Habían ocasiones en que mi padre se alegraba de ver a su hermano mayor y sacaba una botella de su mejor vino. Mi madre sonreía en silencio mientras cocinaba alguna cosa para el imprevisto almuerzo. Pero la mayoría de las veces la atmósfera en la casa era densa y tormentosa y mi tío me llevaba a jugar al parque de entretenciones y comíamos hotdogs en los botecitos que navegaban por el Túnel del Amor. Una de esas veces fue que me besó largamente en la boca por primera vez y me dijo que me quería mucho, abrazándome y acariciándome. Recuerdo muy bien que la situación me produjo un extraño malestar en todo mi cuerpo y que el hot dog se me cayó al agua. El me tranquilizó diciéndome que nuestro amor debería ser un secreto sagrado y que por nada en el mundo debería decírselo a mis padres. Me sorprendí porque yo jamás le contaba cosas a mi padres. Me dijo además que Dios nos bendecía pero que se enfadaría mucho si yo traicionara nuestro juramento. Luego esa misma tarde me compró un oso de felpa gigantesco, más alto que yo y cenamos burgers con papas fritas en el Burger In.

Llegué feliz a mi casa pero con esa tan conocida sensación de miedo rondando mi cuerpo.

Mis padres estaban viendo televisión y se alegraron de vernos. Mi padre me saludó revolviéndome el pelo y mi madre me subió a su regazo besándome y apretándome como no lo había hecho en mucho mucho tiempo. Me pregunté en silencio si tal vez sabrían... Si tal vez Dios se los habría contado. Miré confundido a mi tío y él me sonrió con sus ojos oscuros y me envió un beso a través de la sala.

Todo estaba bien quizás. Esa noche, cuando mi tío ya se había ido y yo estaba orando el Padre Nuestro antes de dormir, escuché los gritos y los golpes en el cuarto contiguo. Abracé al oso como si fuera mi tío y hundí con pavor mi cabeza en la almohada


2

Tengo estas vivencias muy nítidas en mi memoria ya un poco cansada. Pero podría escribir un libro.

Cuando cumplí los siete años de edad mis padres se separaron. Yo vivía con mi madre en nuestra vieja casa y mi padre en un departamento en otro distrito de la ciudad. Mi tío me llevaba a visitarlo muy esporádicamente ya que siempre estaba borracho. En el colegio de los sacerdotes tenía a muchos compañeros de curso pero tan sólo una amiga de verdad, Soledad. Sus padres también estaban separados y tenía un secreto como el mío, su padrino. Mi tío asumió con entusiasmo el rol de padre y sus atenciones para conmigo, sus caricias, se tornaron decididamente extrañas. Y nuestro pacto de silencio se transformó en una amenaza. Yo aún no comprendía su necesidad de tocarme los genitales constantemente cuando estábamos en su casa. O su obsesión por dormir conmigo, masturbarse contra mis nalgas y hacerme llorar cuando me obligaba a besar su monstruoso miembro . El me decía que de esa manera demostraba su gran amor por mi y yo por supuesto le creía.

Sufría en silencio mi dolor y mi confusión. Intuía dentro de mi inocencia que algo estaba mal pero no estaba en condiciones de formularlo en palabras.

Reía de alivio y felicidad cuando volvía donde mi madre con quien mirábamos televisión hasta que me dormía protegido en sus brazos.

Soledad era una niña silenciosa y solitaria como yo. Tal vez por eso nos hicimos amigos y confidentes. Su madre estaba internada en un hospital psiquiátrico y vivía con su padre en el sector pudiente de la ciudad. Su padrino, un señor de camisa blanca y corbata, jovial y simpático, la esperaba siempre en su automóvil al terminar las clases. En algunas ocasiones me llevaba a mi casa y mi madre los invitaba a tomar una tacita de té con galletas.

Y cuando mi tío y el padrino se encontraban afuera del colegio sus personalidades se acentuaban. Eran dulces el uno con el otro y les gustaba abrazarse y darse palmaditas en los hombros. Pero a mi tío no le parecía bien que yo pernoctara a veces en casa del padrino junto a Soledad. Mi madre no tenía reparos, feliz de que por fin yo tenía a alguien de mi edad con quién jugar.

Y un día Soledad y yo cometimos un sacrilegio. Yo olvidé mi juramento y le conté. Ella me confesó que también tenía un pacto de amor con su padrino.

Reímos y lloramos sin aún comprender la magnitud de nuestra situación pero sintiendo que ya no estábamos más abandonados al mundo.

Sin embargo yo seguía siendo dos niños empaquetados en un solo cuerpo lánguido y pálido. El que amaba sinceramente la vida y era capaz de sonreír cual solcito recién lavado y el que sufría en silencio soportando cual bestia de carga algo parecido a los incomprensibles pecados mortales y condenas infernales eternas con que nos amenazaban los sacerdotes y las monjas del colegio.

Un viernes que me pena en la memoria mi tío sorpresivamente invitó a Soledad y a su padrino a pasar el fin de semana con nosotros en su casa.

La siniestra ceremonia duró hasta el domingo cuando fuimos los cuatro a la misa de mediodía a comulgar. Mi frágil y tan vulnerable Soledad sollozaba desconsoladamente arrodillada en un rincón de la iglesia y recuerdo que delaté la pesadilla, destruí el lúgubre pacto de amor confesándome al padre Nicanor. 

Pero este me increpó indignado en el oscuro confesionario diciéndome que eran cosas de niño y me mandó a rezar diez Padrenuestros y veinte Ave Marías. Mi penitencia.


3

Su cuerpo flagelado y semi enterrado fue encontrado por la policía en un parque de la ciudad. Fue el padrino quien denunció la desaparición.

El padre, siempre ausente e insensible a la vida de su hija, quedó conforme con la aprehensión y encarcelamiento de un viejo vago que vivía en una casucha de cartón en las cercanías. Todo fue muy rápido y oculto y mi adorada Soledad fue sepultada sola y para siempre con sus lágrimas y sus esperanzas. Busqué consuelo en mi madre y me negué a ir al colegio y a recibir las insistentes visitas e invitaciones sonrientes de mi tío y el padrino. Era culpa mía. Era el castigo de Dios por haber traicionado el juramento de amor.

Jamás le dije la verdad a mi madre. Ella me llevó al médico y comencé a encontrar refugio en unas píldoras verdes y muy amables.

Al principio ella administraba mi medicina. Con puntualidad religiosa me daba dos pildoritas en la mañana y dos más a la hora de dormir. Pero pronto necesité más. Entonces hurtaba la medicina para poder nuevamente tocar el exquisito cielo de la indiferencia. Obviamente mi madre me descubrió y me llevó alarmada al médico quién se negó a prescribir más medicina. Pero ya era demasiado tarde. Yo ya había conocido el paraíso.

Acepté entonces las invitaciones de mi tío y el padrino de Soledad. Esta vez no habían rituales de seducción ni juramentos o pactos de amor.

No había más amor. Habían si muchas pildoritas verdes a mi disposición, muchos hombres brutales desconocidos que rugían como demonios y un constante desfile de niños y niñas de mi edad que eran sometidos como yo a sus violentos caprichos. Y así conocí también el infierno.

Mi tío me llevaba a mi casa los domingos por la noche. Yo no lloraba ante mi madre que siempre me esperaba con una sonrisa y un abrazo, ciega ante mi extrema palidez y atribuyendo mi cansancio y las numerosas marcas moradas en mi cuerpo a juegos con otros niños.

Mi tío, para hacerme aún más dependiente dé él, no me proveía con droga durante la semana. Yo me despedía de mi madre temprano en las mañanas vistiendo mi impecable uniforme escolar y me iba inmediatamente a los baños públicos del centro de la ciudad. En esos lugares lúgubres y apestosos me dejaba manosear a cambio de píldoras de todos los colores del arco iris. La policía entraba a vigilar en algunas ocasiones pero jamás tuve problemas. Ellos veían a un niño ingenuo de siete años de edad con sus libros colegiales bajo el brazo.

Mi padre murió por esos días y mi madre que jamás había perdido la esperanza de volver con él enfermó gravemente de pena. Ya no se levantaba de su cama ni hacía la cena por las noches.


4

Murió el día de mi cumpleaños número ocho y los predadores avanzaron sin misericordia.

Habiendo perdido ya la habilidad de llorar descubrí en mi pequeño cuerpo la capacidad de odiar. Odié a mi madre por haberme dejado tan sólo en el mundo.

Odié el recuerdo de mi padre. Odié a las autoridades sociales por obligarme a vivir con mi tío. Odié a los profesores, los sacerdotes, la policía, mis compañeros y compañeras de curso, el heladero de la esquina, los peatones desconocidos... y echaba tanto de menos a Soledad.

En ocasiones visitaba el cementerio por las noches y me sentaba a los pies de las tumbas. En mi delirio de angustia y drogas las lápidas se abrían y mi madre bailaba amorosamente con mi padre. Soledad me abrazaba con ternura mientras que el pobre viejo vago que una vez vivió en una casucha de cartón y que fue ejecutado injustamente por el asesinato, tocaba magistralmente a Paganini en un antiquísimo Stradivarius.

Y volvía obligadamente a casa de mi tío no sin antes voltear y apedrear con furia algunas estatuas y mausoleos del curiosamente llamado "campo santo". Sin embargo comencé a entender, creía yo, los torcidos tejes y manejes de ese mundo que me había tocado vivir.

Una tarde de sábado en que niños de mi edad yacían inconscientes en los sofás y sobre la alfombra y gritos de pavor se escuchaban tras las puertas de la casa, mi tío, desnudo y sudando como la bestia que era, abofeteó con todas sus fuerzas a una pequeña niña horrorizada. La levantó sobre un hombro y la acarreó a un cuarto donde lo esperaba el padrino con una cámara fotográfica. En cosa de segundos corrí al baño, tomé una navaja de afeitar y fue tan fácil degollarlos a ambos.

Llamé a la policía no sin antes llenarme los bolsillos con píldoras multicolores y bolsitas llenas del polvillo blanco y cristalino. Y salí a las calles para siempre con la navaja en mi cinturón. Instalé mis cuarteles generales en una desmoronada cripta del Cementerio Viejo. Cerca de Soledad.

Cuando tenía hambre vendía droga. Cuando se me acababa la droga amenazaba con la navaja. Así de simple. Y nunca más me vi obligado a prostituirme.

Conservaba mi uniforme escolar impecable y cuando la policía me sorprendía vagando sólo en las noches y me amenazaban con encerrarme y llamar a mis padres yo les inventaba alguna historia ingenua y les entregaba un fajón de billetes. Me dejaban en paz. Las temibles bandas de adolescentes armados con rifles y pistolas automáticas me obligaban a pagar para atravesar sus territorios. Después de cierto tiempo tanto la policía como las bandas me dejaron tranquilo. No les causaba problemas. Yo mostraba mi navaja a hombres y viejos solitarios; jamás a niños o mujeres.

Comía alimentos hurtados en los supermercados pero de vez en cuando entraba al Restaurante Golden donde además de cenar como rey, el dueño me dejaba lavarme en los baños. Yo sabía quién era pero él no me conocía. Era el padre de Soledad. Que deseos tan ardientes tenía de "afeitarlo". Paciencia, paciencia...

Con el tiempo fui conociendo a muchos otros niños de la calle. La mayoría eran feroces cual ratas arrinconadas. Muchos vivían en colectividades bajo los puentes y otros eran solitarios como yo. Pero todos llevábamos el estigma de Abel en las frentes. No existía la amistad ni el cariño ni la camaradería. Solamente miedo, odio y violencia. Pero yo tenía siempre muy cercano a mi corazón el recuerdo y el olor de mi madre y la sonrisa e inocencia de Soledad.

Era privilegiado en medio de ese infierno dantesco e inhumano.


5

Fueron unas noches de hielo y viento en que las calles estaban vacías como mis bolsillos y mi estómago. No habían seres humanos a quienes mostrarles la navaja. Me sentía enfermo y mi cuerpo se sacudía violentamente por las abstinencias. Mi nido en la cripta del cementerio se había llenando de agua y de súbito me encontré rodeado por una pandilla de niños y niñas de mi edad. Tenían cuchillos y pistolas y sin pronunciar una sola palabra me despojaron de mi uniforme escolar incluyendo los zapatos y por supuesto mi imprescindible navaja. Luego me lanzaron al empedrado propinándome puntapiés en todo el cuerpo.

Cuando desperté creí estar en el infierno. El rostro del padre de Soledad estaba inclinando sobre mi cuerpo desnudo que hervía de fiebre. Intenté ponerme de pié pero él me pidió que me tranquilizara y me sujetó con ambas manos. La habitación era inmensa, lujosa e impecable. La cama en la cual me tenía prisionero era blanda y olía levemente a flores. De pronto entraron dos hombre vestidos de blanco y uno de ellos me enterró bruscamente un objeto en la boca. Pude deducir que era un termómetro.

Los tres intercambiaron algunas palabras que no pude escuchar y quedé nuevamente solo con el padre de Soledad. Me explicó que me había encontrado desnudo, sangrando e inconsciente en una calle cercana a su restaurante. Que sabía quién era yo y que me iba a cuidar. Que no temiera porque no iba a llamar a la policía. Me dio algo de beber y me inyectó un líquido transparente en un muslo.

Dormí tres días seguidos. Desperté a una mañana soleada y tibia y encontré frutas y leche sobre una mesa. Estaba solo y mi instinto me dijo inmediatamente que debería huir. Desvalijar y huir. Pero no tenía ropa y la peligrosa sensación de abstinencias me produjo un conocido pánico. Estaba comiendo manzanas y bebiendo leche cuando el padre de Soledad apareció en el umbral con un paquete bajo el brazo y una jeringa en la mano. El paquete contenía vestimentas y zapatos. Me inyectó nuevamente y en pocos segundos sentí como el mundo entero se tornaba amable y prodigioso. Me explicó que era una sustancia tranquilizante recomendada por los médicos especialistas que me visitaron la otra noche. Que iba a evitar los síntomas de abstinencia y eliminar con el tiempo mi adicción a la cocaína y otras drogas.

Todo era como un buen sueño pero yo estaba preparándome para su asalto. En cualquier momento me iba a comer. Ahora tan sólo me estaba engordando... Pero ese momento jamás llegó. Lo que vino fue un sorprendente relato acerca del asesinato de su hija cometido por mi tío y el padrino. De como la policía recibió una grosera suma de dinero para cerrar rápidamente la investigación culpando y sentando en la silla eléctrica a un pobre vago inocente. De como esa misma policía se había encargado de quitarle su derecho de practicar medicina y cerrarle la boca bajo amenazas de abrir la investigación nuevamente y culparlo de incesto, violación, tortura y asesinato de su otra hijita, su hija menor... Y de que me había visto lleno de amargura e impotencia en el cementerio la tarde en que Soledad fue enterrada.

Recuerdo que mi pobre cabecita de apenas ocho años de edad no estaba en condiciones de abarcar tanta maldad y corrupción. O sea que la primera impresión que tuve de este mundo, cuando atravesaba las calles violentas de la ciudad con mi padre pero sin su mano, era la correcta.


6

Ahora aquí en La Penitenciaría del Estado donde cumplo mi condena perpetua por el asesinato de mi tío y el padrino las cosas son idénticas a la vida de afuera. Soy un hombre relativamente joven si, y debo cuidarme con mi navaja cuando camino por los pasillos húmedos y oscuros. Acechan las bandas de reclusos violentos y criminales.

Los guardias exigen pago por privilegios, una celda privada, una caminata a la ciudad, droga, sexo.

Aún viene a visitarme el padre de Soledad, con su bastón y su hija menor.

Y en las larguísimas noches solitarias, entre las blasfemias y maldiciones de los reos sonámbulos, vienen mi madre y mi padre, el viejito vago con su violín y mi amada Soledad a acompañarme y a hacerme dormir tranquilo como a un niño.

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