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    Sobreviviente

    por Elena Ortiz Muñiz


Querida Eugenia:

Te escribo desde lo más hondo de mi alma. Lo hago porque nunca antes me tomé el tiempo para ello. Tú sabes, uno va por la vida simplemente viviendo, o pensando que se vive mientras ella pasa de largo. Al final del camino uno descubre que finalmente no vive, sino que sobrevive. ¡Vaya lío!

A mi me pasó al contrario, sobreviví todo el tiempo tratando de conquistar la cima para poder vivir como quería: contigo. Te tuve junto a mi tanto tiempo. Descubrí mi rostro reflejado en tus ojos, bebí de tus labios para mitigar la sed, que por cierto, jamás se mitigó, por el contrario, se hizo más intensa. Te besé hasta que tus labios quedaron marcados con mis labios a fuerza de tanto sentirlos. Fui tu amor de colegiala, disfruté cada día viéndote correr hacia mi con las mejillas encendidas iluminando ese rostro de niña cándida y preciosa que tanto me cautivo. Aprendí que de niña solo tenías la apariencia porque en la intimidad eras toda una mujer, nos amamos con pasión infinita, fuiste mi mejor amante. Recorriste mi cuerpo con ardor y permitiste que yo explorara el tuyo. Fui el primer y el último hombre en tu vida, y cómo lo valoré. 

Nos casamos meses después pese a la oposición de tus padres. Dejaste de disfrutar tu juventud para dedicarte a ser ama de casa, esa labor callada, sacrificada y tan poco remunerada que hacen muchas mujeres. Pero no quisiste escucharlos, estabas decidida a entregarme vida, ilusiones, futuro y corazón. Alguna vez te arrepentiste de no haber esperado un poco, nunca me lo dijiste, hubieras sido incapaz, pero yo lo notaba porque te conocí más que a mi mismo. Sabía de tu tesón, de esas ganas por ser más, saber más y salir más. Tenías unos deseos supremos de superación que siempre se vieron frenados por cumplir los deberes de casa cuando yo no estaba y los de mujer cuando llegaba del trabajo.

Tanto que soñé con llegar a la posición que tengo ahora. ¿Recuerdas? Siempre hacíamos planes para cuando me ascendieran, de cómo disfrutaríamos más el tiempo, tendríamos una mejor vida, dedicaríamos un espacio a nosotros, nos iríamos de viaje…Hace un mes logré conquistar el puesto tan deseado ¿y te digo algo? Ya no me importa, lo único que deseo hacer ahora es internarme en las sombras de la noche para siempre, desaparecer…morir si es posible. Porque ya no quiero ser, ni recordar, ni amar, ni nada.

Me siento como un espíritu que vaga sin rumbo ni sentido. A veces quisiera gritar hasta que me estallara la garganta, llorar hasta secarme por dentro, enfermar de amnesia para olvidarlo todo, para no verte más en medio de la noche como un espectro fantasmal que solamente me deja sumido en la depresión más profunda porque no puedo tocarte, ni besarte, ni abrazarte, ni tenerte.

Miro tus fotografías una y otra vez. Observo los ojos llenos de vida, los labios entregados, tus piernas hospitalarias, las manos generosas y justas, el vientre que jamás recuperó su estética después de los embarazos pero que al contrario de lo que siempre pensaste, me hacía admirarte más. 

Te amo tanto Eugenia. Amo a la niña que me regaló su inocencia, a la mujer que me acompañó y luchó brazo con brazo día a día por sacar a la familia adelante, a la amiga que me escuchó en esas noches en que las tristezas me agobiaban impidiéndome dormir, a la amante entregada y libre de inhibiciones que me hizo explotar de gozo y emoción tantas veces, a la madre tierna y cariñosa que sacrificó sus ideales en pro de quedarse en casa a cuidar a los niños para que crecieran como hombres de bien mientras los atendías y llenabas de amor. 

Por cierto, nuestro Luis va a ser papá ¿te das cuenta? Nuestro primer nieto. Estamos muy contentos, pero a mi se me borra la felicidad cuando pienso que no estás aquí para verlo. A Mario le han ofrecido un trabajo estupendo, solo que fuera de nuestra ciudad. Es lo mejor, que se realice lejos de estas paredes en donde las lágrimas cuelgan de los candelabros y las luces no encienden, ni la chimenea arde, porque nos has abandonado.

Son buenos muchachos, debes sentirte satisfecha, valió la pena tu entrega. Y a mi me hiciste el más feliz y orgulloso de tenerte, aún cuando ahora me sienta devastado por tu ausencia. El otro día, Mario hizo algo tan gracioso que sin pensarlo solté la carcajada, en cuanto me di cuenta me tapé la boca avergonzado y corrí a la recámara a llorar. Sí Eugenia, a llorar ¿Cómo puedo reír si te he perdido? ¿Cómo vivir si tú has muerto? 

Uno se hace a la idea de que la vida es eterna y las personas también. Cuando te observé inerte sobre esa cama de hospital fue que me di cuenta que no lograría seguir respirando, que eres mi espíritu, mi motor, mi alegría. Me perdí tantos momentos valiosos por dedicarme a trabajar, a escalar puestos, a viajar para quedar bien con los jefes logrando contratos excelentes, mientras que cada día que pasaba era un día menos para nosotros. No supe verlo así y te dejaba largas temporadas sola en casa, claro, con los niños, pero sola.

No fue con mala intención, no lo hice por egoísmo. Créeme. Quería lo mejor para ti, aunque ahora de nada sirve lo que hicimos. La casa se va a quedar tan sola cuando el chico se marche. Son demasiadas habitaciones para mi, muchos espacios vacíos, la frialdad de los rincones tan espantosa y nuestra cama vacía una tortura. Y pensar que en esa misma cama dormiste tú tantas noches igual de sola que yo ahora.

En fin, que se acaba la hoja y la tinta y los recuerdos me han comenzado a invadir. Ya siento las lágrimas otra vez cegándome los ojos. Dejo esta carta hasta aquí, te la llevaré al cementerio mañana cuando vaya como todos los días a dejarte tus margaritas. Era necesario escribirla porque nunca te escribí una carta, nunca te dije cuánto te amaba, nunca te di las gracias. Solo me dediqué a tenerte y a disfrutarte. Donde quiera que te hayas ido recuerda que te amé y te amo.

JACINTO


P.d. Si fuera posible, intercede allá arriba por mí. Recuérdales que me han dejado olvidado. Exígeles que me lleven contigo porque no puedo más.

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