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    Milagros en Valby

    María

    por Ian Welden (Dinamarca)


maria

Ilustración de Maritza Álvarez
Villa Alemana, Chile


"Y justo cuando te decides a decirle
Que no tienes amor para darle
Te atrapa con sus propios pensamientos
Y deja que el río responda
Que tu siempre has sido su amante".
Leonard Cohen
Suzzane


1

María murió de cirrosis y pulmonía hace ya tantos años.

Nació en el pueblito alemán de Studsstad, y vivía con su padre, su madre y una hermana menor, un bebé llamada Angelic.

Era la época del nazismo en Alemania, y el padre era el alcalde. Era un hombre tranquilo y sereno como un pan recién horneado. Pero las circunstancias requerían que fuera miembro de Partido Nacionalsocialista para mantener su trabajo. Cuando Stusstad fue invadido por las tropas rusas, fue ejecutado, la madre violada ante los ojos horrorizados de María y también fusilada. Los soldados sacaron delicadamente a Angelic de su cuna, le cantaron tiernamente arrulladoras canciones rusas y la volvieron a dejar tranquila y durmiendo en su pequeño lecho. A María, que en esos tiempos tenía diez años de edad, no la tocaron. Y habiendo quedado totalmente sola con su hermana, fueron cuidadas y alimentadas por los vecinos. María en su soledad y angustia iba con el bebé al lago del pueblo. Ahí se sentaba durante horas todos los días a mirar a los jóvenes del pueblo y a los soldados patinar sobre el hielo.

Un comandante ruso, ahora el representante de la autoridad en la región, se fijó en ella. Le llamó la atención aquella pequeña niña silenciosa y tímida y su hermanita menor, apenas un bebé recién nacido, sentadas siempre solas en la ribera del pequeño lago congelado.

Ambas estaban estigmatizadas por ser las hijas de un funcionario nazi. Pero en realidad los vecinos que las habían conocido a ellas y a su familia y a sus ancestros durante generaciones les tenían cariño y compasión.

En el pequeño pueblo de Stusstad nadie lo comentaba. Todos habían sido nazis antes y durante la guerra. Ahora eran comunistas. "Hay que mantenerse vivos" decían los comerciantes y viejos taberneros sacudiéndose de hombros.

Pero María por su status especial corría un grave peligro. Cuando llegara el general ruso a relevar al comandante sería con toda seguridad encarcelada o ejecutada a pesar de su joven edad.

El comandante se compadeció de ella. La llevó rápidamente a Berlín y a través de la embajada Danesa allí logró que fuera enviada a vivir en una institución para huérfanos en Copenhague.

María perdió así a su hermanita. Angelic quedo a cargo de una familia en Stusstad y jamás la volvió a ver. Desapareció tragada para siempre por las formidables y monstruosas ruinas físicas y humanas de la posguerra.

2
La conocí en un café en Copenhague. Yo estaba solo bebiendo litros de café y escribiendo mi eterno relato sin final acerca de la segunda guerra mundial en Alemania, que debería haber entregado a mi redactor hacía ya aproximadamente un año, cuando una mujer rubia, pálida como una sábana de hospital y con ojos azules como el cielo se sentó frente a mi y me dijo "Qué estas haciendo extranjero! Enseñándole a tus recuerdos a mantenerse despiertos en una taza de café?"

Se veía sucia y hedía a alcohol y sudor. Hablaba danés ininterrumpidamente con un leve acento alemán y esto hizo que me interesara en ella. En pocas horas me contó la dramática y peculiar historia de su vida y eventualmente nació entre nosotros algo parecido a la amistad.

María estudió medicina y trabajó en el Hospital del Reino de Copenhague. Siendo cirujana jefa tenia por supuesto acceso a drogas, especialmente morfina y heroína. Comenzó a robar pequeñas dosis para consumo personal y se trasformó rápidamente en adicta. Fue sorprendida y perdió su derecho a practicar medicina, y en la cárcel, además de ser violada por los guardias, se convirtió en alcohólica.

Nos juntábamos a caminar lentamente por los canales melancólicos de Copenhague o a conversar en su pequeño departamentito oscuro y frío como una tumba. Siempre muy borracha, me contaba de sus padres y de su nostalgia por su pueblito alemán, pero sobre todo lloraba amargamente por la pérdida de su hermanita, su Angelic. "Dónde estará! Estará viva? La volveré a ver algún día?" me preguntaba hasta el cansancio, golpeándose violentamente el pecho como si estuviera tratando de cumplir una penitencia a algún dios sordo y lejano.

Me mostraba huesos humanos y cráneos que guardaba en un enorme ropero desde los tiempos en que era estudiante. Me enseñó a acariciar con mis propias manos ese material más ingenioso que el plástico, la textura suavísima y el diseño genial de esas sorprendentes osamentas intemporales. "Quién las habrá diseñado?" se preguntaba quedándose finalmente dormida en su viejo sofá cubierto de polvo histórico.

Yo la abrigaba con una manta todas las noches antes de volver apesadumbrado y conmovido en lo más profundo de mi ser a mi casa. Me producía una ternura muy especial con sus historias ilógicas, sus sorpresas casi infantiles, su vida tan insólita y especialmente tan solitaria.

Una de esas noches me besó. Yo no le respondí su beso ya que a pesar de ser una mujer hermosa me producía repugnancia. Olía a muerte y descomposición. No insistió pero me rogó que durmiera con ella en su cama una sola vez. Que la dejara poner su cabeza en mi hombro y que le cantara una canción de cuna hasta que se durmiera. Y yo lo hice. Estaba feliz y sonreía como la niñita de diez años que en realidad aún era, aferrándose a mí como si yo fuera su hermanita perdida. Se durmió en mis brazos y al amanecer salí silenciosamente para no despertarla de su felicidad.

María murió sola la noche siguiente en que no la fuí a ver. La policía me contactó por ser yo el único nombre y dirección que aparecía en una libreta que guardaba en un cajón de su mesita de noche.

Acompañé su miserable ataúd de tosca madera de pino al cementerio una triste mañana azul como sus ojos.

Las primeras semanas después de su muerte me sentí como un hombre liberado. Pero dejé de ir al café y evité visitar los puentes de lo canales donde solíamos caminar juntos por las noches. Volví a releer mis anotaciones y borradores y me encerré varios meses en mi estudio intentando terminar lo interminable; el infinito relato histórico que llevaba un año escribiendo. Pero las palabras resonaban huecas en mi mente, muertas, porque la vida y las palabras, me di cuenta una noche crucial, se las había llevado María para siempre a su modesta tumba.

Comencé a visitar nuevamente el café con la absurda esperanza de que apareciera ante mi mesa y me dijera con su borracho acento alemán "Qué estás haciendo, extranjero! Enseñándole a tu soledad a mantenerse dormida con una botella de vodka?"

Una porfiada obsesión comenzó a desarrollarse en mi alma como un virus poderoso e inmune a la razón. Por las noche entraba calladamente a su departamento aún abandonado y me acostaba en su sofá hilachento bebiendo su cerveza y quedándome dormido hasta las madrugadas con su perfume a existencia abortada por un destino cruel e indiferente.

Ese acto compulsivo me abrió definitivamente una profunda grieta de dolor y desesperanza en mi corazón. Finalmente un día caminé borracho y tambaleándome hasta el cementerio donde lloré cual bebé abandonado sobre su lápida dándome cuenta de que por fin había terminado mi relato.

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