• M. Alonso

    Pedacitos de una vida

    La punta de un lápiz

    por Mónica Alonso Calderón


Cuando la conocí lo vi en sus ojos. Era frágil a la par que fuerte; como la punta de un lápiz. Y hoy me demuestra lo que es y cómo lo siente. Se puede tirar pa’lante y tener ganas, la fuerza le sale de dentro, del alma. Ser cobarde no significa no tener miedo, más bien al contrario y, aunque cueste, afrontarlo. Decir Laura Verdejo es sinónimo de esta frase. Fragilidad y fortaleza no se pelean entre su pelo rubio y su cara cenicienta. Se entremezclan en un corazón tan grande que traspasa corsés enmarañados para saludar con unas venas que actúan como eslabones de amistad imaginarios. Y yo lo cojo entre mis manos y lo acaricio con mis mejores deseos y sueños tempranos.

En los cinco continentes, desde Australia, pasando por China haciendo escala en Argentina. Llegamos a España y descansamos en Pucela para quedarnos en Madrid. En todas partes va dejando amigos, recuerdos cariñosos de antaño que la acompañan en sus paseos a diario. Nunca camina sola, es como el Atleti, al final levanta la copa tras haber sudado la gota gorda.

Glóbulos rojos, glóbulos blancos, espíritu indio rojiblanco; incansable, una sonrisa de dientes cristalinos y aterciopelados. Consejo, palabra adecuada, oído de suspiros, eternas charlas entre cañas. Genes que nacieron solidarios, bondad, folio en blanco que escribe su historia estrellada entre devaneos y esperanzas.

No hablo de sentimientos, ella conoce los míos y yo conozco los suyos. Es una carta de fuerza y ánimo, de lucha y entrega, de amistad y cobardía. No a la cara, las palabras traicionan a veces, se amedrantan, por lo menos las indicadas, se esconden con mimo en el fondo del alma. Mejor callar y escuchar, mejor abrazar que decir, mejor demostrar que engañar.

Soy una pieza más en un puzle encajado en el tiempo a base de cariño. Ni más ni menos que un pedazo de cielo sembrado con bandadas de alegría y alboroto. Ahora me toca a mí sostener sus tambaleos. A ella que siempre está ahí eterna, cerca, lejos, pero presente para inundar mis pensamientos fugaces de mediocre escritora.

No parece tarea fácil, pero confío. No dejará de escribir ese lápiz sensible. Somos muchos los que sostenemos esa punta con un muro hecho de amistad que, como la fe, mueve montañas. Es poco lo que ofrezco, una simple mano, pequeña y llorosa con servicio las 24 horas. Una amistad que no prescribe, una linterna entre sombras.

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