Rincón de la Poesía 

Juan Mena
San Fernando (Cádiz)





HISTORIA Y LEYENDA DE LA SAL

 

La sal, como una blanca novia, surge
del saladar, la lleva del brazo el mediodía.
Hacia la catedral azul del cielo,
y por escalinatas blanquecinas,
van estos novios de la luz enhiesta,
mientras que la verdad y la mentira
se están jugando el mundo mano a mano
y el hombre es transportado por la prisa
hacia cualquier lugar menos adonde
su sosiego frustrado necesita,
y se inventa la paz como se crea
un pasatiempo de chiquillería, 
una manera de seguir jugando,
en tanto que la máquina de consumo fabrica
un hombre marginado de la historia,
la historia que la sal graceja y consolida.

Antes, la sal en su alfolí, de donde
alzó su escuela la blancura misma,
mientras se granulaba
su cuerpo transparente de salina,
levantó una plegaria de brillo emocionado
desde el atril de su oferente prisma
donde la buena nueva de tan grato mensaje
tuvo su ardiente apóstol en la brisa,
que difundió su intenso sabor copiosamente
por el fervor ansioso de la Isla.

Con qué elocuencia suculenta pasa
al púlpito movible de la boca y principia
su apostolado de gustación momentánea
por la pastosa grey de la saliva,
a la que con su gracia le exhorta que fermente
su acción comunitaria en la comida, 
comunión mineral, hostia tangible
con la que el hombre se solidariza
para seguir la religión diaria
de la más ciega fe: la de la vida.

Porque la sal no tiene ningún itinerario
si no es el de la lengua gustativa,
igual que la mujer tan sólo entrega
su corazón a aquel que la conquista.

La sal, muchacha de lechosa piel,
conserva el alba para quien la mira,
y también muestra un viso de milagro
en los jazmines que se fosilizan
en sus dedos de albeados privilegios,
esa elevada y sustanciosa mina,
perpetua hospedería del sol que sale y entra
como por un palacio de nieve derretida.

Ella, hermana mayor de la cal, desde lejos
le da ejemplo y lección a las albinas,
texto de claridad elemental
para las gaviotas circunscritas
a la amiga en que aprenden esta albicie
como niños que están en torno a su nodriza.

La sal es para todos, para el pueblo
que la desposa con su lengua colectiva,
para la enjalbegada enmienda de la cal,
para el camión, para el candray que riza
el agua perezosa, para otros países
que en ella ven un mapa secreto de alegría
enrollado en su alma salobreña.

Sal para la palabra que predica
e introduce en el íntimo saladar de las almas
la esperanza en espera de que se haga fe viva.

Sal hay en cuanto vive y testimonia
el amor, y es la sal más convecina
la que en las orzas de los corazones
no se evapora ni se desabrida;
conversa sal, prosélita en los labios
que han gustado la otra, la que brilla
en el resplandeciente desposorio
con este dios de luz que la tuvo novicia
en su alhorí de nítida clausura,
hoy abierta por bula del verano y su clima.



Finalista de los Juegos Florales de la Sal 
de la Isla de San Fernando (Cádiz), 1971

editado en Erytheia o versos de circunstancias elegidas (2000)








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