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    Noche de lluvia

    por Zaidena - Argentina


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El sillón hamaca se mecía suavemente mientras mi mente, en blanco, relajada y tranquila permitía que mis ojos se regodearan de placer mirando cómo la lluvia mojaba los cristales de la ventana.

El ruido que producían las gotas hacían que mis oídos lo transformara en una deliciosa y cadenciosa melodía.

Mi alma estaba en paz, miraba fijamente sin ver, se había evadido del mundanal ruido para incorporarse al exquisito mundo del interior, donde uno navega mansamente y sin apuros, sin prejuicios, sin ataduras y sin enmiendas, libre como el águila por el alcance de su vista y el vuelo rápido de su imaginación.

El golpetear de la lluvia se hacía cada vez más intenso, y ese sonido me alejaba más y más de esa realidad diaria y obsecuente que inconscientemente estaba soslayando.

Los relámpagos enceguecían mis ojos, pero me cargaban de adrenalina pura, esa que se te mete en las venas y hace que la columna se tiese mientras un calor interno te recorre toda hasta hacer explotar ese fuego sagrado que se apodera de tus mejillas.

Los truenos ronroneaban afinando la perfecta melodía en esta noche llena de brillantes huellas en el cielo.

Tomé fuertemente el libro que ya no leía entre mis brazos, seguía meciéndome suavemente y de pronto lo vi, estaba ahí tras los cristales; los relámpagos marcaban su contorno.

Corrí hacia la puerta y lo llamé para darle albergue y cobijarlo de semejante noche. Entró en la sala y sus ojos de un color negro como el carbón, se prendieron en los míos.

Mi corazón latía locamente. Su mano tomó la mía y sólo dijo... ¡gracias!

No podía seguir así mojado, entonces le ofrecí ropa limpia y seca.

Cuando volvió al salón, iluminado sólo por la claridad que producían los relámpagos, se sentó a mi lado; sólo nos mirábamos, el entorno era perfecto, romántico, misterioso.

Como si no lo hubiéramos pensado, y dejándonos llevar por el deseo que nos consumía, comenzamos el juego del amor.

Sus hábiles manos recorrían mi cuerpo estremecido del placer que iba sintiendo; sus labios cálidos, húmedos, abrazaron los míos abriendo mi boca de manera exigente y apremiada.

Lentamente me fue recostando en el sillón, mis brazos se extendieron para atraerlo hacia mí... de pronto, un ruido fuerte y seco hizo que saltara por el susto.

El libro había caído de mi regazo retumbando en el piso. El corazón me latía fuerte, miré rápidamente en derredor, todo estaba en su lugar, yo seguía sola, la lluvia azotaba aún más los cristales. 

¡Me había vencido el sueño! Aún así me levanté lentamente y con mi frente pegada al vidrio busqué inútilmente entre las sombras….

No estaba, ¡lo había soñado! más aún, creo que mi inconsciente lo abrió a mí para producirme ese nuevo renacer a la vida.

Me dí cuenta que estaba viva, que todavía podía sentir, desear, necesitar al amor. 

Pero seguía mirando, buscando inútilmente a alguien que sólo fue fruto de mi deseo más profundo y más guardado.

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