• Juan R. Mena

    Contraluz

    El poder de la palabra

    por Juan R. Mena


Se ha considerado la metáfora como la culminación de la poesía, su no va más sorprendente, un recurso regio que pone a prueba el talento de poetas y poetisas; en suma, la joya de la corona de la Estilística. Conocemos el encomio que hace de ella Ortega y Gasset en su obra La deshumanización del arte, también el elogio a manera de condición indispensable en la que la inscribe el New criticism, así como la expresión mágica que facilita el extrañamiento para el formalismo ruso, independientemente del uso que el barroco gongorino hizo de ella, tal como el conceptismo, que la integró entre sus propios entrebejos principales como la silepsis, la paradoja y la ironía. Conocemos el valor que el conceptismo le daba a la comunicación literaria, a espaldas de los fines meramente estéticos del barroco.

Efectivamente, no podemos considerar que la poesía sea solamente habilidad retórica para lucir un talento que hilvana un tapiz con hilos de metáfora, sinestesia y/o imágenes visionarias, entre otras figuras.

Para un poeta bien dotado la metáfora es una herramienta relativamente fácil de manejar. La doble visión que tiene el poeta de la realidad -lo que se ve con el realismo ingenuo y la trasposición a un plano abstracto por semejanza- facilita la presencia de esa figura en la composición como elemento decisorio de la elevación de la palabra a categoría de arte por razones poderosas, literariamente hablando.

Pero, a pesar del lujo de imágenes que derroche un poeta en el poema, la verdadera naturaleza del texto es la comunicación. El poder de la palabra puede ser fascinante y también perverso. Las viejas denominaciones de forma y contenido subyacen en los entresijos de toda crítica. El lenguaje puede constituir por sí mismo un contenido -recordemos la jitanjáfora-, incluso cualquier poesía vanguardista que reproduzca un aspecto material o simbólico de la realidad con accesorios icónicos.

Pongo por ejemplo este soneto de Francisco de Quevedo, en el que el autor exhibe una forma con el tema entretejido en las mismas funciones del significante; tanto que podríamos decir, siguiendo la terminología de Dámaso Alonso, que el significante se convierte en significado con deliberadas intenciones paródicas deformadoras del estilo del gran poeta cordobés, su adversario contemporáneo.

Asimismo, no hemos de olvidar el esfuerzo del formalismo ruso por darle al significante un privilegio de significación frente a la representación automatizada del significado. El uso estilístico del significante lo lleva a la pura literaturidad, según Roman Jakobson. El poder de la palabra convierte los fonemas en un arte de prestidigitación tanto en la jitanjáfora como en la sátira siguiente, en la que se juntan en una alianza estilísticamente maligna, por obra y gracia del genio creador de un personaje inolvidable: el dómine Cabra.

Qué captas, nocturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcivolallas,
las reptilizas más y subterpones?

Microcósmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones.

Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia,
farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia.

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