• M. Alonso

    Pedacitos de una vida

    Doy las gracias por ser española

    por Mónica Alonso Calderón


Septiembre, vuelta a la realidad. Sin devaneos, es lo que toca y es lo que hay. Cuesta despertar ante el hecho de que los días de playa, con sus respectivas noches de discoteca, vuelan como aves de paso en busca de un nuevo destino lejos de nuestras esperanzas de asueto eterno. Ése es mi sentimiento, porque mi compañero Jose anda la mar de. Su viaje a Cuba del ha regalado uno de esos momentos que nunca olvidará. Esos que, pase lo que pase a partir de entonces, siempre quedarán presente en nosotros independientemente del tiempo o el lugar. Nadie te lo puedes quitar. Hay que saber apreciarlos y diferenciarlos.

No viene al caso que describa lo que le ha pasado a mi compañero de guasas empresariales en tierras cubanas. Sólo que desde ese día eché la vista atrás en busca de mi momento. El mío nada tiene que ver con el suyo; normal, somos tan diferentes como una hurraca y un dinosaurio. También es verdad que seguramente comparta ese momento inolvidable con millones de españoles. Un momento que lo viví hace cerca de dos meses: el 11 de julio del año 2010. Cuando Iker Casillas levantó la Copa del Mundo sentí muchas cosas, tantas que me siento incapaz de describirlas. Sólo intentaré explicar los porqués de ese sentimiento.

Mi historia, como la de mucha gente de mi edad, comienza en el verano de 1994. Yo tenía 15 años. Se celebraba el Mundial de Estados Unidos. De Italia 90 tengo imágenes que vagan sueltos por mi memoria, nada más. Mejor, a tenor de los resultados. Hace 16 años descubrí lo que significaba apoyar a nuestra selección: te sientes como los hinchas del Atleti, que se merecen todo mi respeto, siempre sufridores y fieles al rojo y al blanco. Yo sólo me debía al rojo, el color de la sangre que corría por la cara de Luis Enrique cuando el italiano Tasoti decidió endosarle dentro del área un puñetazo tan doloroso como invisible para el árbitro del partido. Injusticia a hurtadillas, sueños rotos. Ese día pensé que no me iba a morir hasta que no viera cómo mi país se alzaba con la Copa del Mundo. No había prisa. Pero hemos tenido que sufrir demasiado, tanto que a veces he llegado a pensar que era una ilusa.

Cuatro años después, Francia 98. Lo mismo de siempre. O quizás peor, no pasamos de la fase de grupos. Esta vez no había injusticia que valiera. También mis ojos fueron testigo de cómo España se hinchaba a marcar goles que valieron lo mismo que ahora una peseta por no haber hecho los deberes a tiempo. Aún tengo grabada la cara de impotencia de Kiko, que ni siquiera tuvo fuerzas para celebrar el último gol. Pero, cabezota de mí, seguí con mi ilusión intacta ante futuras citas.

2002. Qué decir del Mundial celebrado en Corea y Japón. Aquél que lleva por nombre Al Gandur, el árbitro que se empeñó en que de nuevo España se atascara en los cuartos de final. Ése que nos vino a decir ‘tranquilos, españoles, hagáis lo que hagáis, nunca ganaréis un mundial’. Dos tantos invalidados y a casa ante los anfitriones en la tanda de penaltis. Una de las mayores injusticias deportivas de todos los tiempos, a las 8 de la mañana –hora española- y con la resaca del día anterior en el cuerpo. Parecía que ése era nuestro Mundial. El de Camacho, el de los recién estrenados Xavi y Pujol, el de Morientes, el de todos. Me tocó hasta llorar. Y lloré y lloré, otra vez a esperar otros cuatro años.

El Mundial de Alemania, cuatro años después, colmó mi paciencia. Otra vez eliminados incluso antes de la barrera indestructible de cuartos. En octavos, Francia dio la vuelta al marcador con dos goles a pocos minutos del final. Vuelta a casa y en ella me juré a mí misma que jamás iba a volver a ver otro partido de la selección. Y lo cumplí durante un tiempo. Hasta que sucumbí en los cuartos de final de la pasada Eurocopa. Cuando mis esperanzas estaban bajo cero, Cesc Fábregas rompió la maldición arañando la red de la portería que defendía Buffon en la tanda de penaltis. Adiós, Italia, adiós. Deudas saldadas con la Eurocopa besando el cielo entre las manos de Iker Casillas. España empezaba a escribir su historia.

Una historia que culminó en Sudáfrica entre vuvuzelas y el Waka-Waka. Andrés Iniesta puso la pica en Flandes cuando ya todos estábamos haciéndonos a la idea de que tendríamos que pasar por el azar de los penaltis si queríamos contar con una estrella encima del escudo de nuestra camiseta. No hizo falta. Me quedé en estado de shock, casi ni lo celebré. Era su copa, mi copa, la copa de Laura, la del venezolano Jose, la de mi hermana, que nunca hasta ese momento había visto un partido de fútbol entero; la de Santi y su camiseta de Villa en Barcelona, la de la novia vasca de Mónica, la de toda España. Fuera complejos, esta vez la moneda cayó de cara para nosotros.

Y fuera crisis, disgustos, penas. Todo el país en la calle, orgullosos de ser españoles. Por fin unidos, por fin banderas en los balcones sin miedos, sin pasado, sin rencores. De izquierdas, de derechas, del centro, apolíticos, amantes del deporte, amantes de las fiestas, inmigrantes, mujeres, hombres, niños… Todos. Volverán los malos tiempos, algún día volveremos a saborear la hiel del fracaso, pero esa estrella ya no nos la va a quitar nadie. Doy gracias por haber podido vivirlo, por haber podido sentir que mi país está unido, por este triunfo compartido que sólo recordarlo me vuelve a poner los pelos de punta. Es mi momento indescriptible, de felicidad plena. Y por eso, simplemente, doy las gracias por ser española.

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