• M. Alonso

    Pedacitos de una vida

    Desde la distancia

    por Mónica Alonso Calderón


El tiempo pasa y tú sigues aquí. En mi mente. Aunque sólo sea de vez en cuando. Hace unos años pensaba que ya eras pasado, que lo que pasó, pasó; que ya no formabas parte de mi día a día. Y puede que sea cierto: ya no me duermo pensando en ti. Sin embargo, de vez en cuando recuerdo el acertijo del bloque de hielo en el descampado de Valdebernardo y se me siguen congelando las manos.

No te voy a engañar, por supuesto que en este tiempo me he vuelto a enamorar, o a obsesionar, he sentido que mi vida no tenía sentido lejos de otras personas que no conducían con tu mano zurda. Pero una vez esas historias han pasado a ser recuerdos (buenos, malos o regulares), lo único que me quedan son algo más de cien poesías y un pasado que seguirá siendo un eterno presente congelado por entre las calles de Valdebernardo.

Cuando te amaba sufrí, más por mí que por ti; cuando te convertiste sólo en un huequito de mi corazón, pensé que nunca te quise; cuando quise a otro, pensé que tú no eras para tanto, que el presente ganaba por goleada al pasado. Y ahora que echo la vista atrás para comparar ambos recuerdos me doy cuenta de que tú eres el único que conseguiste congelar mis manos.

Y puede que me odies, aunque no creo que me lo merezca puesto que mi actitud fue pésima pero inconsciente, fui mala, pero sin querer. Y sin querer me alejé para que escucharas esas voces engañosas y me dieras de lado. Ya no tiene sentido mi defensa, no levantaré la voz contra aquéllas que al parecer ni me conocieron ni me quisieron. Sólo me quedo con la pena de no haberte hablado a ti de mi verdad. Me duele que sigas pensando que no es y que nunca fue. Igual el destino nos vuelve a colocar en un mismo sitio. Quizás vuelva a equivocarme, pero ahora mismo siento que no elegiría bajar la cabeza.

Eres mi único recuerdo bonito, los únicos años que recuerdo con una sonrisa en la boca. En su momento, como suele suceder, no lo supe apreciar y anhelaba sacarte de mi cabeza. Estaba equivocada. Tú no estás exento de culpa, recuerdo que me hiciste sufrir, pero en mi cabeza sólo anidan los momentos en los que hiciste que mi corazón se convirtiera en un saltimbanqui. Mis victorias fueron tremendas, tenía 20 años, ahora 31; efectivamente no me volvería a comportar igual, aunque sé de sobra que ya no serviría para nada.

No creo que tú te molestes en pensar en mí, me hago cargo de tu desengaño. Te quedaste con lo malo que había en mí y ya no te compensa buscar mi cara buena. Después de diez años de malos pensamientos, no creo que un folio adornado con letras pueda convencerte de lo contrario. Igual entre cafés la vida se va distinta, pero no voy a llamarte para compartir sobremesa. Lo que más me duele es que mientras yo te recuerdo con cariño, tú sentirás que conmigo pasaste tres años perdidos. Porque no me conociste, porque no te dejé que me quisieras. Pero fue amor de verdad, aunque todos se nieguen en seguir afirmando lo contrario.

Y ahora que no tengo nada mejor que hacer, que estoy vacía y que no me sale nada, sólo quiero decirte que no triunfé, que te equivocaste, que sigo siendo la misma de siempre porque no hizo falta que luchara contra la gloria y mi cabeza. Porque aunque la gente veía que no me hablabas, me querías y dibujaste un final feliz para el pedestal en el que me veías subida. Curiosamente, no querías que cambiara.

Y ahora que estás lejos de verdad, de mi vida y de todo lo que me rodea, que no quieres saber nada de mí y elegiste a los que te querían pero no te amaban, sigo pensando que eres sensible, como un muñeco nacido del paño. Y que, aunque pasen cien años y mi vida sea de otra manera, te seguiré queriendo siempre, de una manera o de otra. Gracias por hacer que te siga sintiendo cerca, y ahora sí, desde la distancia.

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