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Me desperté muy temprano en la mañana con una reacción alérgica en la piel. Mi pobre cuerpo estaba reseco y arrugado como la corteza de un viejo roble. Los poros semiabiertos mostraban profundidades de pequeños volcanes a punto de entrar en erupción.

Me apresuré a tomar el autobús hacia el consultorio de mi doctora. La Avenida de los Álamos estaba inusualmente llena de multitudes alborotadas y agresivas. Serían como las ocho y llovía prepotentemente y con saña sobre mi barrio de San Gabriel. Tenía que llegar al otro extremo de la ciudad, el sector céntrico de Santa Lucía. Hombres y mujeres jóvenes con maletines de cuero de cocodrilo y rostros iracundos se abrían paso a codazos para llegar a sus escritorios y sus computadoras.

Abusando de sus poderes físicos, de sus juventudes exuberantes, uno me dio una bofetada en el rostro y una mujer hermosísima me enfrentó a gritos porque yo no le podía dar la pasada y me escupió.

Los ciclistas enloquecidos, hablando en sus celulares, ignoraban las más elementales reglas del tránsito y los semáforos, atropellando a niñitos incautos. Estos mismos niños se desquitaban con las guaguas propinando puntapiés a los cochecillos exclamando groserías. Las jóvenes madres golpeaban a su vez a los escolares con sus paraguas y sus zapatos con tacones de aguja.

Logré colgarme del autobús. El chofer condujo cual vándalo a través de la ciudad frenando súbitamente de adrede para que los ancianos perdieran el equilibrio y se golpeaban contra los asientos y el piso. Los ancianos a su vez azotaban con sus bastones a los inmigrantes y estos vandalizaron el autobús y lincharon al chofer.

Me alejé corriendo del vehículo en llamas y subí a saltos las escalas del consultorio. La sala de recepción estaba atestada de seres monstruosos y agresivos. La mayoría eran hombres adultos que vociferaban sus dolencias, defecaban en el suelo y destrozaban las sillas y mesas de la sala lanzándolas contra las paredes.

Me acerqué a la recepcionista y le entregué tiritando de miedo mi tarjeta plástica del seguro social. Me preguntó descortésmente cual era mi problema. Se me había olvidado la razón de mi visita al médico. Ella me insistió a gritos y yo le mostré mis brazos resecos, dándome cuenta de que la alergia ya había invadido mis mejillas, ojos, boca. El dolor era insoportable y mi sangre formó una repugnante poza en el piso. Esto enfureció a la secretaria quien sin compasión me obligó a lavar todos los suelos de la clínica.

Horas después, la doctora, una mujer joven y hermosa, que suele ser atenta y sonriente, me recibió a empujones, me miró de reojo, me lanzó una receta (Locoid 1% -emulsión) y nuevamente a empujones me sacó de su despacho.

Con mi ropa totalmente ensangrentada salí por fin a la Calle Santa Lucía. Viejos deformes se abrían paso sin piedad entre la multitud en sus pequeños coches eléctricos, derribando y escupiendo a los transeúntes. Sus ojos eran blancos y sin vida, sus bocas sin dientes llenas de espuma amarilla.

Perros salvajes desinhibidos y resolutos me persiguieron y lograron clavarme los dientes al subir al autobús. El viaje de regreso a San Gabriel demoró cinco horas, cuando habitualmente demora una. Esta vez el vehículo estaba lleno de soldados armados con ametralladoras automáticas y sus rostros ocultos por pasamontañas negros. En las solapas de sus uniformes verdes de combate llevaban la insignia de una calavera rodeada por un sin fin de estrellitas blancas.

Entré a la farmacia desesperado a buscar mi medicina sintiendo que mis mejillas explotaban como pequeñas bombas suicidas. El farmacéutico, un enano jorobado y tuerto se negó encolerizado a atenderme con el pretexto de que yo era una persona indeseable. Intenté increparle su absurdo comportamiento cuando en ese instante entró un gigantesco sargento con cuatro soldados armados hasta los testículos. Me abofetearon con crueldad, me esposaron las manos y me sacaron a la calle a puntapiés.

La Avenida de los Álamos había sido ocupada por algún ejército extranjero. Hileras de cadáveres quemados yacían por doquier y gente corría perseguida por las metrallas de los soldados invasores. Bombas destruían hospitales y colegios.

El sargento me empujó contra una muralla y me susurró con acento extranjero, muy cerca de mi boca y con su revólver clavado en mi estómago: "Dame nombres, hijo de puta! ¡NOMBRES!". Luego me introdujo su arma en mi boca ensangrentada y apretó el gatillo. Escuché una pequeña explosión, vomité y desperté sobre un montículo de viejos, mujeres, niños y guaguas. Algunos estaban totalmente quemados y otros, como yo, quejumbrosos y agonizando.

Logré ponerme de pie y tambalear desapercibido entre cadáveres, soldados psicóticos, hordas de refugiados, incendios y humaredas hasta mi casa.

Aquí estoy ahora oculto entre los escombros de mi hogar, lamiéndome las heridas y sintiendo mucha pena por mi mismo. Sin embargo y a pesar de todo, muero esperanzado, observando cómo mis poros se han abierto cual doncellas apasionadas y de ellos crecen plantas vitales, flores multicolores, árboles robustos y gigantescos y hombres y mujeres jóvenes, millones de ellos, hermosos y descontaminados.





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