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Jamás olvidaré aquel día en el que el tsunami se llevó todo cuanto poseía. Cuando la ola gigantesca apareció alcancé a abrazarme de un árbol aunque la marejada me abatió sin piedad arrastrándome con una fuerza increíble. No sé cómo hice para mantenerme aferrada al tronco a pesar de que con su cruel y salado latigazo el mar lo había arrancado de la tierra y nos golpeaba sin misericordia ni compasión. En cuestión de segundos me quedé sin hogar, fui testigo de cómo el agua se tragaba –literalmente- a mi madre y a mi hermanito que estaban tendiendo la ropa recién lavada frente a la casa. De mi padre, jamás tuve noticias otra vez. ¿Cómo puede nadie seguir existiendo después de una experiencia semejante? ¡Tenía tan solo 8 años de edad! Hasta entonces, todo mi mundo estaba lleno de sueños y fantasías, de princesas aprisionadas en sus castillos y príncipes galantes que llegaban al rescate montados en sus briosos corceles blancos.

Mi vida color de rosa, se volvió de pronto gris, más sombría que el firmamento en una noche de tormenta. A pesar de mi corta edad mi alma estaba llena de sufrimiento y pesar, veía en todos los rostros el de mi madre muerta y en todas las manos las de mi padre, siempre fuertes y generosas. Pasaron los días, las semanas y los meses mientras aquel vacío tremendo dentro de mí se hacía más profundo, sentía que no encajaba en ninguna parte. Odiaba a ese mar que se había llevado lo que tanto amaba, dejándome sin vida, sin pasado, sin nada que atestiguara mi origen o que respaldara mi identidad.

Estuve en un albergue junto con decenas de personas desconocidas que también padecían y sufrían la pérdida de sus seres queridos. Fue ahí donde por vez primera reparé en que la mirada de un ser humano puede ser de pronto hueca y vacía evidenciando un corazón que se ha marchitado por completo, así como el rostro de la impotencia y la desesperanza se manifiesta a través de rasgos tan diferentes en distintas pieles y edades. Yo misma sentí cómo brotaba la rabia y se expandía por completo a través de mis venas envenenándome la sangre, cubriendo mis huesos, apoderándose de cada músculo y de mi razón.

El padrino Jacinto me encontró sentada en el mismo rincón en el que permanecí desde mi llegada, en donde me mantuve con la cara escondida entre las rodillas y los ojos bañados de lágrimas día tras día y noche tras noche. Me abrazó tan fuerte que me impedía respirar libremente y juntos lloramos por mucho, mucho tiempo. Me llevó a su casa en el pueblo vecino y trató por todos los medios de que la alegría regresara a mi lado. Pero no lo consiguió. Mi pena era infinita.

Cada mañana despertaba con la tristeza de sentirme viva todavía, caminaba, respiraba y subsistía por mero instinto. Comía, me aseaba, trataba de portarme bien y ayudar en todo lo posible por agradecimiento pero en el fondo lo único que quería era morirme, y así se lo exigía a Dios en silencio al final de las oraciones que mi protector me obligaba a repetir antes de irme a la cama.

Mi padre tenía una tienda de artesanías en el pueblo. Fue ahí donde conoció al padrino Jacinto, durante una de esas tardes calurosas en las que el bochorno por la temperatura terminan por dejarlo a uno medio muerto. Llegó sudoroso y cansado para ofrecerle las prendas que confeccionaba en su telar, la verdad es que el padrino era un gran tejedor: lo mismo hacía una bufanda para el frío que un tapete descomunal o un abrigo de vistosos colores.

Cortésmente comenzó un discurso para ofrecer su mercancía con la voz jadeante por el esfuerzo mientras sacaba cuidadosamente esas obras de arte salidas de sus propias manos explicando que nada era tan efectivo como la lana que él trabajaba para combatir el frío. Fue entonces cuando mi padre, sin poder contenerse, soltó la carcajada más sonora que le escuché jamás, y vaya que si era un hombre de carácter jocoso y gran simpatía.

El padrino Jacinto lo miraba sin saber qué hacer con un gesto mezcla de indignación y desconcierto. Hasta que por fin, la explosión de risotadas cedió permitiéndole a mi padre hablar para preguntarle:

-Pero hombre de Dios ¿ha venido con tantos esfuerzos hasta este horno sobre poblado tan solo para traernos una solución para el frío? ¡Pero si de eso pedimos nuestra limosna! ¡Qué refresque el tiempo por amor de Dios!!

Las risotadas de los dos hombres, más potentes que las primeras, no se hicieron esperar, duraron un buen rato, hasta que con los ojos inundados de lágrimas de tanto reír estrecharon espontáneamente sus manos comenzando así una amistad que perduraría más allá de la hecatombe ocurrida.

Obviamente, Don Jacinto no fue mi padrino porque para entonces yo estaba ya crecida, pero si apadrinó a mi hermanito aunque jamás hizo distingos entre nosotros, nos trataba como si los dos fuéramos sus ahijados. Mis padres lo querían como se quiere a un hermano bueno y él nos llenaba de regalos y mimos cada vez que se acercaba a la tienda para surtir sus géneros, porque a pesar del calor, eran tan hermosos que la gente del pueblo los compraba. De la misma forma, los turistas que atinaban a llegar al lugar atraídos por una playa que todavía no estaba cercada por hoteles vastos y condominios privados lujosísimos se los llevaban fascinados por la calidad del trabajo realizado y la tibieza de las prendas.

El padrino se enamoró una única y última vez durante su juventud, ofrendó su corazón con la misma pasión con la que se entregaba cada día a su labor. Pero, fue traicionado por esa mala mujer que no supo aquilatar el valor de aquel cariño limpio y sincero. Supongo que se quedaría seco por dentro como yo, porque jamás volvió a mirar a ninguna otra, ni tampoco intentó amar de nuevo. Fue hasta que me llevó a vivir con él que dejó de sentir soledad y de sufrir el paso metódico y lento de los minutos en el reloj que marchaban con terca pesadez hasta completar las 24 horas para después volver al principio de nuevo.

En todas partes lo conocían como “El tejedor” y eso era, porque así como los estambres que iba trenzando hasta lograr hacer una cobija, de la misma manera su cariño incondicional, el respeto a mi silencio y tristeza eterna y sus manos tan hábiles como expertas entretejían con maestría mi ser sin que yo misma lo advirtiera del todo, hasta lograr hacer de mi lo que soy el día de hoy.

Cansado de intentar regresarme a la vida con ese entusiasmo y alegría con el que me conoció, se dedicó a tejer más que nunca. A veces, en plena madrugada me despertaba el ruido incesante de las maderas del telar sobre las hebras de los hilos que llenaban el ambiente, profanando ese silencio sepulcral que acompaña a la oscuridad de un día que llegó a su fin, durante ese espacio suspendido en el que otro nuevo nace, invadiendo con una tenue luz primero, para dominarlo todo con sus rayos intensos después

Aunque durante el día, la rutina era siempre igual: despertaba antes de que amaneciera por completo, me aseaba, limpiaba un poco la casa mientras el padrino preparaba el desayuno, salíamos juntos: yo con mis libros hacia la escuela y él con su atado de mercancía. Al mediodía nos encontrábamos en la casa. Después de comer, me dedicaba a los deberes de la escuela y él a su telar. Antes de que la tarde muriera salíamos a caminar por las calles del pueblo y regresábamos para la merienda y a dormir, o mejor dicho, a fingir que dormíamos, porque ninguno de los dos lo hacíamos. Yo con ese dolor que me punzaba perennemente, él con esa obsesión de asomarse a la recamara entre tejido y tejido para observar mi rostro buscando señales de mejoría en mi estado anímico.

Nunca en todos esos años, tuve una amiga ¿para qué? En mi pueblo había tenido tantas y sin embargo, jamás volví a saber de ninguna de ellas. Tenía miedo, ahora lo sé, un pavor tremendo a querer de nuevo para perder otra vez. A veces, detenía mi labor para mirar al padrino Jacinto en su telar. Observaba su rostro moreno surcado por el tiempo, el cabello entrecano, los ojos fijos en su quehacer, las manos flacas y largas pero llenas de bondad y sentía que los ojos se me humedecían de la emoción, sentía ganas de correr a abrazarlo y decirle que lo quería con todas mis fuerzas. Pero me quedaba quieta en mi sitio, reprimiendo ese amor, riñéndome en silencio por esa falta de temple. Porque me aterraba perderlo a él también y que se volviera un elemento más en mi lista de faltantes: Padres, hermano, amigas, pueblo, pasado, hogar, mi muñeca Lolita que tanta falta me hacía en las noches, entre tantas otras cosas. Pero agregar a eso El padrino Jacinto era un pensamiento que me causaba escalofríos.

Hubo noches en las que el terror incontrolable me hizo gritar enloquecida hasta que él llegaba corriendo y me abrazaba tan fuerte como aquel día en el refugio, yo se lo agradecía tanto que me quedaba sin fuerzas para devolverle ese abrazo. Entonces se sentaba junto a mi cama y me hablaba muy quedo, arrastrando las palabras igual que lo hacía con sus tablitas del telar, me describía la mirada brillante de mi padre, la sonrisa tierna de mi madre, el cabello negro de mi hermano…al escucharlo intentaba recordar, traerlos de vuelta con el pensamiento, pero cada día aparecían más borrosos y lejanos. Sin embargo, él insistía: “No olvides Susana, si los recuerdas jamás morirán”. Me dormía luchando por perpetuar el perfume de mi madre, el aroma de su sopa recién hecha al entrar a casa después de la escuela, las manos cálidas de mi padre, la sonrisa chispeante de mi hermanito, las caricias de ambos, el amor de todos, mi necesidad de ellos.

No tenía ni siquiera una fotografía que me refrescara su imagen en la memoria, pasaba el tiempo y no sabía hasta qué punto esas historias en mi cabeza eran reales o producto de mi necesidad por guardar al menos eso de ellos: historias.

Una tarde, al llegar del colegio advertí un paquete sobre la mesa, el padrino Jacinto no estaba en casa aún. Me acerqué para ver de qué se trataba, pero mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que una tarjeta con mi nombre coronaba el bulto. Rompí el papel que lo envolvía y ante mi se desplegó la manta más hermosa que había visto en mi vida. Tenía infinidad de líneas y grecas en todas partes, aparentemente, porque al acercarme y examinarla con calma descubrí que esos adornos no eran otra cosa que letras. Sobre la manta se podía leer:

“Mi nombre es Susana Rodríguez Sánchez. Nací en San Pedro de las Caracolas, pueblo costero de inmensas palmeras que debe su nombre a las grandes caracolas bajo la arena blanca de sus playas magistrales. Los atardeceres desde la ventana de la estancia de mi casa eran un regalo a la vista. Mi padre se llamó Pedro Rodríguez Duval, comerciante alegre, de rostro afable y manos limpias, mi madre: Ester Sánchez Ríos cuya cabellera castaña ondeaba majestuosa cuando el viento soplaba en la costa, sus ojos verdes miraban llenos de ternura, sus labios hablaban verdad, sus manos siempre listas para el trabajo y sus piernas soportando el peso del quehacer infinito en el hogar. Manolito Rodríguez Sánchez, mi hermano. Chiquillo travieso e inquieto que gustaba de perseguir cangrejos por la playa, con los pies más veloces que se han conocido y las manos más inquietas sobre el continente. Dormía como un bendito y lloraba como si se le fuese a acabar el mundo, pero en cuanto descubría el rostro de mamá esbozaba esa sonrisa encantadora que desarmaba al más duro. Mi familia no ha desaparecido, mi casa permanece a la orilla del mar porque aunque el océano se los llevó, me dejó a mi para perpetuar su memoria y evitar que se olvide su paso por este mundo. Fui y soy inmensamente amada porque cada que las olas regresan a humedecer la arena de la playa, susurran mi nombre. Son mis padres y mi hermano que me invitan a sonreír”.

En mi mente aparecieron perfectos los rostros frescos e intactos de mi padre, mi madre y mi hermano. Sí, eran ellos, ¡así eran ellos! Con el dedo acaricié el contorno de cada letra mientras recordaba fielmente sus caras, los ojos que parecían tener luz, las bocas, las mejillas…acerqué cada palabra a mis labios y besé lentamente una a una. En ese momento el padrino Jacinto apareció tras la puerta de entrada, sudoroso y cansado como siempre que volvía de sus recorridos.

Corrí hacia él y me arrojé a sus brazos para besarlo y abrazarlo por fin con todo ese amor que había reprimido durante tantos años mientras repetía incesante: gracias, gracias, gracias…

Ha pasado el tiempo y mi querido viejito, sigue conmigo. No teje más porque la artritis y el dolor de espalda se lo impiden, soy yo quien ve por él ahora tratando de retribuirle con paciencia y amor todos aquellos cuidados que me prodigó en la peor etapa de mi existencia.

Soy fotógrafa. Viajo con mi lente dispuesta a capturar cada imagen que encuentro para perpetuar rostros, escenas y paisajes. Llegar a lugares azotados por los bombardeos funestos de la guerra, en atentados terroristas y catástrofes ocasionadas por la furia de la naturaleza siempre lista para retratar los acontecimientos y evitar que la indiferencia o el tiempo los pierdan dejando a niños, mujeres, hombres y ancianos huérfanos de recuerdos.

Porque después de la magnifica e increíble labor que realizó el padrino con su telar y esas manos mágicas de las que salieron tantas maravillas, descubrí que los testimonios al quedar impresos de cualquier modo, logran que prevalezcan los hechos, que las personas revivan, que el aliento retorne a nuestras vidas.

El mayor de mis tesoros es esa obra maestra que me regalo mi tejedor de palabras y que como todo lo que confeccionó, a pesar del tiempo y del ir y venir sigue estando como nueva, señal de que el trabajo es inmejorable. Cuando los fantasmas de la tristeza me acechan y me siento sola, me envuelvo en ella y pareciera que el perfume de mi madre llena la habitación, siento las manos tibias de mi padre sobre el rostro y casi puedo escuchar la risa chispeante del Manolillo mientras las olas del mar en su ir y venir me cuentan las historias de ese pasado que quedó perdido, más nunca olvidado.



(Relato finalista en el Certamen Literario La Felguera 2010)



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