• Javier Guerrero Rodríguez

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    De quimeras y viajes

    por Javier Guerrero Rodríguez


Soy Pancho Abril. Imagino que les resultará un poco extraño. Por un lado, un nombre de cantinero mexicano, o si lo prefieren de revolucionario, ese Pancho Villa que se unió a un tal Madero para luchar contra la dictadura de Porfirio Díaz, y era un tipo hábil para la guerra, que se hizo con los fuerzas de los campesinos para crear un ejército en el norte de México y llevar a cabo la famosa revolución. O tal vez también de narcotraficante, o de cantante de rancheras, o puede que incluso de proxeneta, o al menos de aficionado al proxenetismo. Y por otra parte, un apellido que les evocará la imagen de una actriz de cine, el mes de las lluvias, los inicios de la primavera, o quizás la revolución de los claveles, cuando en aquella madrugada del 25 de abril de 1974 en radio Renascensa, sonaba la preciosa canción de José Alfonso – Grandola vila morena, Terra da fraternidade...-, y se iniciaba la revolución frente a la feroz dictadura establecida desde 1926, brotando otro más de los múltiples movimientos de huelgas y luchas obreras que el mundo ha acogido. El pueblo en la calle abriendo nuevos horizontes. La primera parte es rotunda, la segunda es suave, sutil. Tal vez no tenga equilibrio, pero a veces la armonía puede ser un lastre de por vida, o si no, miren como ejemplo. Jesús de Dios. Rosa Clavel. Isidro Labrador. Alba del Sol. Yo prefiero llamarme Pancho Abril.

Cuando yo nací, estaba muriéndose el dictador, que había menguado considerablemente en altura y salud, y estaba perdiendo don de mando, y con ese hilillo de voz de la vejez ya no asustaba tanto. Y el respeto se iba caminando con la ausencia. Todavía hoy, el día de mi cumpleaños, salen algunos con sus banderas y sus águilas a evocar su figura, esos melancólicos del Régimen que quisieran que se levantara el muerto y les alentara a seguir la senda fascista. Todo tiene un fin.

A mi con Franco me hubiera ido muy mal, lo cual supongo que entenderán con los siguientes retazos. Mi voluntad no ha sido reprimida y he hecho uso de la libertad hasta avanzadas consecuencias, si bien no traspasé límites que me hicieran penetrar en los territorios del delito. Mis relaciones con la Iglesia no han sido buenas, ni malas, más bien no han sido. He tenido amigos comunistas que se llamaban camarada y estaban la mitad del día envueltos en las brumas de la marihuana. Y soy un impulsivo lector de la novela De Profundis, de Oscar Wilde, y de los versos de Lorca, y me excité notoriamente con El Amante de Lady Chatterley, de David H. Lawrence, y soy un enemigo de la censura en cualquiera de los campos del arte, y deseo que caigan fulminados los verdaderos verdugos – no los ejecutores físicos -, que son los dictadores que aplican la pena de muerte, y otra serie de cosas que a aquel gallego bajito, con voz de flauta y poca apariencia, no le hubieran gustado mucho. Y porque no se puede amar a tan vil personaje que dominaba las ordenes de exilio y asesinato con tanta soltura, y tanta mala baba.

Mi padre, Alfonso Abril, fue notario, aficionado a cazar muflones, venados y jabalíes, y a comer todo lo bueno y babilónico que pudiera ofrecer la gastronomía, lo cual conllevaba constante sobrepeso y evidentes indigestiones, expirando su vida en una de ellas que le sobrevino tras una suprema de faisán salvaje envuelta en trufa, que no pudo acoplar de manera adecuada en su sufrido estómago. También era rico, marido indolente, bebedor solidario, un zorro jugando al póquer, y buena persona. Mi madre era hija de la humildad y la austeridad de una familia de labriegos del sur, pero se hizo rica cuando se casó con mi padre y no volvió a coger un apero de labranza, ni siquiera un utensilio de cocina, que en casa había servicio para todos los menesteres domésticos, y con ello, aprendió ella como nadie a adquirir buenas dotes de mando y autoridad, que es algo que a menudo les ocurre a los pobres cuando dejan de ser pobres. Sentía ella cierta vergüenza cuando nos visitaban sus familiares del pueblo, que es algo que también sucede con frecuencia cuando los pobres se hacen ricos, y parece que ni tuvieron pasado de necesidad. Sus aficiones no iban más allá de las visitas a las modistas y las citas de café y cuchicheo con las esposas de los grandes hacendados de la comarca, pero les dedicaba demasiado tiempo a estos cometidos sociales y descuidaba los quehaceres relativos a mi cuidado y educación, aunque para eso tuve a la vieja Tati, buena y servicial como nunca volví a ver. Al poco tiempo de morir mi padre me dijo un par de cosas, con su mirada severa, dura, de castigo y su estampa de marquesa abanicándose el escote pálido.

"En condición de señora Concha, viuda de Abril –otrora fue Conchita, la Fina- te emplazó a que dejes tus hábitos extraviados, y tus pensamientos ilusos, de vago, y acabes la carrera de una vez, y emprendas las oposiciones a notaria, para mantener la imagen de la familia, que contigo va camino de ruina moral. De otra forma, lo mejor sería que te mantuvieras alejado, y así no habrá manchas".

La noche de aquel día abandoné mi casa. No por el semblante aristócrata y esa forma solemne de hablar a un hijo, como de carta grave e imponente, que siempre he detestado, sino más bien por el desapego materno, que es algo, les juro, que uno lleva clavado como una espina amarga e hiriente. Es preciso no obviar mis añoranzas por viajar.

Adquirir condición de hijo único en una casa palaciega llena de libros trae propensión a las quimeras. Un tipo de veintidós años que fantaseaba con viajes lejanos hacia el sur del planeta. Veía los desiertos de Oriente y los palacios de los marajás, y los camellos con sus cascabeles de plata. Y los monos saltando en Jaipur hacia el horizonte enrojecido por el sol. Veía las aguas del Caribe y las olas azotando las orillas en reposo. Olía los aromas de las parisinas con sus labios rojos y sus boinas de lana, caminando por Montmartre. Me contemplaba a la sombra de un áloe con alguna hindú hablándome muy cerca, en susurros, en la lengua urdu. Quedaba asombrado por la llegada de la noche, con la luna de plata creando el paisaje pálido de las playas de Goa y el brillo de las estrellas custodiando el cielo, en el silencio de la noche serena, entre mis sueños de mujeres bellas y placeres voluptuosos que pertenecían al paraíso.

Lo primero que debía hacer en base a mis aspiraciones de viajero era tomar dirección a gran ciudad con importante aeropuerto. A las diez de la mañana del uno de octubre de 1997 estaba en Madrid. La gente caminaba con urgencias y mirando al frente, el tráfico era caótico y la mañana era fresca de principios de otoño. Pensé en quedarme un par de días, que ya habría tiempo de volar a otros lugares. Pasé mucho tiempo haciendo reflexiones y tomando notas en la Plaza de Santa Ana, que es un punto que siempre me ha inspirado e incitado a rebuscar en mis adentros.

"Hasta la fecha, mi vida no ha sido como hubiera deseado. Yo no quiero ser notario, ni seguir lo estipulado por mi madre, que por otro lado eran cuestiones a las que mi padre no daba trascendencia, y se mantenía al margen. Mi vida ha de brotar del espíritu. Han de ser pensamientos, y no hechos imperativos provenientes del entorno. Apenas he conocido el mundo desde la libertad del viajero. Solo he conocido la sociedad de la ciudad, y siempre me ha sugerido las palabras mentira y ruido. Y la he visto envuelta en brillos falsos, rutinaria, agresiva y aburrida. Yo no he nacido para competir y aceptar los hechos de la clase en la que he vivido".

"Los niños, a veces son crueles. Refugian sus debilidades en el grupo e intimidan al diferente. En sexto de primaria, mi rostro era claro reflejo de que soñaba despierto, con todo aquello de los países, las montañas, el mar, los desiertos. El maestro me miraba con más burla que preocupación, y los otros niños de aquel aula de cerebros diminutos –porque recuerdo aquella clase la de mayor torpeza que vi- , se reían desde la vulgaridad de la ignorancia y la maldad, mientras mi mente acogía las imaginaciones infinitas y los gozos sublimes".

"No soy amigo de métodos, ni de orden, ni de horarios, para asumir obligaciones que detengan el pensamiento, que es lo que la mayoría acoge porque tiene que comer. Pero podría llegar a aceptarlo, como casi todos. Desde hace siglos todo está sincronizado y hay poco tiempo para sueños, quimeras, ilusiones ópticas y entelequias".

"Siento pena por la muerte de mi padre, y satisfacción porque eligió su modo de vida, y me consta que disfrutó, y me amó, que es algo que brota del respeto".

"¿Desde cuándo, cómo y porqué fluye el Amazonas? Mucha gente se ha preguntado cosas acerca de la existencia y de la muerte, y mucha otra puede vivir y morir sin haberse hecho una sola pregunta. ¿Qué es la vida? ¿Los cielos? ¿Los ríos? ¿Las tormentas? ¿De dónde procede todo? Sabemos que la vida avanza avocada hacia la muerte, y solo hay brumas y tinieblas, lo cual llamamos duda, la duda del nacimiento de todo y la duda de la expiración. No obstante, la vida, la inmensidad del mundo, son cosas dignas de contemplación, y yo aprovecho el goce de lo que tengo, la concesión de la vida y el mundo a mi disposición. Y no hay cosa más grande que ser un hombre libre, aún viviendo en tinieblas".

Viajé a París, que es una ciudad vanidosa; bella y arrogante en proporciones similares, y contemplé a las muchachas de los labios rojos, y a los poetas cabizbajos en los bares de Rue du Montergueil, porque en París hay poetas solitarios, aunque estén envueltos en el mundo del mito. Evocan mis ojos un atardecer en Montmartre, los pintores y sus caballetes, el nítido destello deslumbrante, la hora del resplandor en las flores, en la hierba del edén. La belleza subsiste en la memoria, y por ello no ha de haber motivo para tristeza. París, la gran dama impertérrita, espectadora de la lucha de clases, la duquesa soberbia que sabe que todos la miran con admiración. Y se siente tan amada que a todos nos desprecia, minúsculos ante su grandeza.

En Londres, los viejos bebían ausentes tras las cristaleras de los pubs, que ha de ser algo muy británico, aparte de un hábito de los que contemplan las imágenes difuminadas en la memoria. La gente caminaba como sin rumbo sobre las calles plomizas acogidos por un cielo que siempre fue gris durante mi estancia. También fue el paisaje blanco de la nieve, desde las alturas. Londres, con sus horas efímeras de luz y sus noches tempranas, como amores sin brillo, crueles de tanta sinceridad y verdad, pero indiferentes a los afectos de la luz, de los brillos de los ojos. Londres, la ficción de los amores agotados. Londres, la pasarela de las razas donde Oriente y Occidente confluyen y se miran a los ojos. Londres, las calles y los recovecos grotescos del dramatismo asistido por Jack el Destripador. Londres, el misterio oscuro de las miradas del Rajastán en una esquina de Wembley.

En Praga, la hermosura es excelsa, como la modelo Eva Herzigova, a la que descubrí caminando por Malá Strana. La realidad es que la belleza de los humanos alguna día será marchita y la de las ciudades se modela con el paso de los siglos. Praga es belleza por el transcurrir del tiempo, de las culturas, y por su mezcla renacentista, medieval, gótica, con sus maravillosas fachadas y los adornos rococó. El tímido sol alegra el panorama, mientras la nieve y la lluvia dramatizan y otorgan heroicidad a la ciudad depresiva de Kafka. El entorno se rodea de misterio, de un aire de otra época, casi fantasmal, y las lúgubres iglesias parecen las moradas de los muertos espiando al vida de los vivos.

Sicilia, el retorno de los templos griegos, de las ruinas romanas, el volcán Etna, que es la vida y la muerte. El mar, la llanura, los olivares, la sierra. Los pueblos quemados de El Padrino, las muchachas de buena naturaleza y sus escotes y las fachadas de los balcones desde donde se asoman. Sicilia y las mujeres de luto. Sicilia y la Virgen. La isla de los cíclopes homéricos, la patria de Arquímedes, la cárcel de Platón. Sicilia es la decadente, la horrible, la atroz, la desoladora, la fascinante Palermo y sus callejuelas grises. Sicilia, mi quimera realizada en un balcón de Taormina. Sicilia, el corazón del Mediterráneo, y en algún instante del viaje, casi una entelequia.

Agotado el dinero, expira también mi paseo por el mundo, y no tengo otra opción que regresar, con el gozo en el alma de haber satisfecho parte de mis sueños. No obstante, son mis nuevas intenciones mantenerme distante de los espejismos que me desvelaron, retomar relaciones maternas, aspirar a los afectos, tratar de sanar la herida a la que ya aludí – dicen que las ausencias abren el corazón, y la mente - , y aprovechar la democracia que me otorgaron los nuevos tiempos, pese a que a veces el país parece disfrazado de pasado con su rancio y polvoriento traje gris. Y deseo ubicarme en la telaraña de la sociedad, al menos para trabajar y mejorar mi economía. Y poder viajar algún día al exótico Oriente.

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