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No sé si os he contado alguna vez que no me gusta mi trabajo. Los porqués ahora no vienen a cuento. Seguramente sí lo habré mencionado alguna vez; si no, podéis presumir de ser los únicos en desconocerlo hasta ahora. Sin embargo, hoy ha sido un día distinto: llevo tres años confundiendo trabajo con profesión, leve pero importante matiz.

Hoy he vuelto a recordar por qué desde que la rana Gustavo entró en mi vida desde el maravilloso mundo infantil de Barrio Sésamo mi único anhelo y todas mis ansias se rindieron ante el mundo del periodismo. Cuando la década de los 80 daba sus últimos coletazos, comencé a soñar con escribir algún día en cualquier parte, hablar y ser escuchada a través de la ondas transparentes de la radio… Donde fuera, como fuera; 6,70 el número que me acompañó clavado en mi mente hasta finalizar el bachillerato.

Y lo conseguí. Lo alcancé, pero el mundo del periodismo me llevaba decepcionando desde hacía mucho tiempo. Cuando firmé mi primer artículo sentí una emoción indescriptible. Ahora que llevo cientos a mi espalda, incluso desearía no firmarlos. El periodismo tiene sus sombras, qué duda cabe. La independencia y la objetividad brillan por su ausencia. Uno lo intenta, pero no te dejan casi nunca escribir lo que piensas. La publicidad manda, ¡Qué se le va a hacer!

Con el tiempo te acostumbras a todo, olvidas lo que te motivó algún día a estar ahí, al pie de la noticia. Te conviertes en un autómata de las letras; si terminas el primero, eres una estrella. No piensas, escribes sin alma, sin sentido, siempre las mismas cosas, con el mismo estilo. PIM PAM PUM (fuego). Lo único importante es rellenar páginas, buenas o malas, pero huecos saldados al fin y al cabo.

Entonces eché la vista atrás y me vi con 15 años, sentada en la cama, libreta en mano y escribiendo sin parar. Descubrí mi error. Lo mío no es el periodismo, pensé, soy demasiado sensible para llegar a algo en esta profesión. Si tienes escrúpulos, olvídate. Hasta la timidez me sobra; hay que echarle cara a veces y yo la escondo casi siempre. Me di cuenta entonces que lo mío era la escritura, sacar a relucir mi corazón. Escribir con el alma, con los sueños, imaginando, adornando la vida con rimas y poesía.

Comencé a escribir en varios sitios lo que yo quería (por ejemplo, esto precisamente). Sin censuras, lo que me diera la gana. Un desahogo de papeles mojados. Comprendí que el periodismo me iba a dar siempre de comer, pero que saciaría el apetito de mi alma escribiendo cuentos por miserias.

Pero hoy lo veo todo diferente. Gracias al dueño de una mítica tienda de café. Hemos salido a pasear por el Madrid de los Austrias mientras yo le hacía una entrevista. Una hora y media de charla en la que volvía a ser yo delante del periodismo. Con preguntas que me interesaban, sin miedos, mostrándome como yo soy: simpática, extrovertida y cariñosa. Escribiré, por supuesto, el resultado de esa charla con el corazón. Y además, el entrevistado me dijo, y creo que sinceramente, que había sido todo un placer aquella entrevista.

El sueldo, el horario, los compañeros. Todo lo mismo, pero con un pequeño matiz: hice el periodismo que yo quería. Mezclé la literatura con la fría actualidad. Y el resultado soy yo. Si lucho por no caer en la rutina, por ser un corazón entre intereses, quizás vuelva a darle la mano a la rana Gustavo. Y sigue sin gustarme mi trabajo, la economía me aprisiona. Pero me gusta mi profesión. Escribir es lo más grande que tengo en esta vida. Lo único que se me da bien. En un libro, resguardada entre páginas salmón, en un diario o frente a vosotros. Me he pasado media vida escribiendo y debo dar las gracias por poder seguir haciéndolo a diario. No siempre lo que quiero, no puedo ser tan egoísta, ni imaginarlo. Los pobres es lo que tenemos, con que nos dejen soñar un rato tenemos alegría por años.

Por eso quiero darle las gracias a Juan y al aroma de su café, por haberme recordado lo bueno que tiene mi profesión, si sabes buscarlo. Igual el periodismo no es mi profesión perfecta; sin duda se acerca. Me gustaría escribir libros, pero, aunque pobre, bajita y a veces asqueada, he de reconocer que me puede el corazón y que acabo de recordar por qué adoro mi profesión.






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