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Los hechos que están acaeciendo en países del Magreb y Oriente Próximo, por las pérdidas de vidas humanas y violaciones de derechos, las repercusiones que pueden tener en la política y economía global y las interrogantes que plantea, merece dedicarle siquiera sea unas mínimas reflexiones. Vaticinar lo que pueda ocurrir a escala internacional es materia de otro costal, pero echaremos un vistazo a los hechos, a los condicionamientos y a los posibles rumbos que puedan tomar los acontecimientos.

El primer país en experimentar la necesidad de cambiar el sistema dictatorial y la represión impuestas por los gobiernos fue Túnez. Inmediatamente después le siguió Egipto, Yemen, Sudán, Argelia y Libia, si bien esta necesidad se deja sentir en otros países árabes y se observan reacciones en Jordania, Marruecos, Bahrein... Y se puede aventurar que les seguirán otros.

Las raíces de la primera revuelta, la tunecina, se encuentran en una combinación de la pobreza, el desempleo y la represión política -características de la mayoría de las sociedades árabes-, que el dictador Zine El Abidine Ben Ali ha conseguido mantener durante 23 años. Túnez ha sido un destino turístico de primer orden para los occidentales, principalmente europeos, y un subcontratista de los más baratos para las industrias continentales, de cuyos ingresos dependía más del 80 % de su economía y que lo convertían en el mejor amigo de los países de la UE. Ni siquiera parecía afectarle la crisis (fue felicitado recientemente por el FMI y el Banco Mundial por la forma en que resistió los efectos de la recesión mundial), sin embargo, las enormes tasas de paro, principalmente entre la población juvenil de 18 a 29 años (un 25 % de varones y un 44 % de mujeres graduados sin trabajo), la baja renta per cápita (10 dólares), falta de libertades y la altísima corrupción han conseguido que el pueblo estalle en las revueltas que han propiciado la huída del dictador. Las fuerzas policiales y ejército estuvo desde el principio al lado del pueblo (no hubo muertos ni heridos excepto un suicidio -detonante de la revuelta- y varios intentos fallidos).

Otro tanto es lo ocurrido en Egipto, con características políticas y sociales muy parecidas a Túnez, y cuyo dictador, Hosni Mubarak, tras 30 años de gobierno tuvo que salir con el rabo entre las piernas. A diferencia del anterior, el émulo de Faraón ordenó reprimir las revueltas y nos dejó 365 muertos y más de 5.000 heridos. 

En Yemen, aliado de los EE.UU., cuyo líder, Ali Abdalá Saleh lleva 32 años de Gobierno, estallaron las manifestaciones con un pueblo temeroso -cuando no indiferente- sin que se contabilizaran las multitudes de Túnez o Egipto. Aún así, contabiliza más de una decena de muertos y varias de heridos.

Otro tanto es lo sucedido en Argelia, Marruecos y Bahrein, cuyas manifestaciones han sido reprimidas con duras cargas policiales que han supuesto varias muertos y multitud de heridos y detenidos.

El país que peor lo lleva es Libia. El dictador, Muammar Gaddafi, con 42 años presidiendo el gobierno (él se proclama líder de la revolución), ha emprendido una de las más brutales represiones contra los manifestantes, con policías, ejército (incluidos bombardeos a la población) y matones a sueldo que no han dudado en abatir a todo cuanto se moviera. Las víctimas parecen superar el millar de personas civiles, siendo muchos más los heridos e incontables los huidos a otros países. Un genocidio del que Gaddafi y sus compinches tendrán que rendir cuenta.

La sucesión de los hechos, una coordinada reacción en cadena, da la impresión de que, más que un simple contagio en pueblos hartos de represión y pobreza, ha sido planificada por estamentos de alto nivel y mucha más capacidad resolutiva. Quizás habría que decir que "al principio fue el verbo". Podría ser, pero, mirado desde aquí abajo, no cabe duda de que los grandes adelantos tecnológicos, medios de comunicación, móviles e Internet, han propiciado el conocimiento de los hechos desde los mismos momentos en que estaban ocurriendo, y que los buenos resultados obtenidos por los insurrectos en Túnez, pudo precipitar que los demás pueblos, hartos de sufrir represión, pobreza, desempleo y corrupción por parte de quienes les gobernaban, hayan visto la oportunidad de intentar un cambio político que les reporte un nuevo status y las oportunidades que nunca tuvieron.

¿Y qué ocurrirá ahora? Resulta difícil vaticinar lo que puede ocurrir en unos pueblos que jamás han gozado de gobiernos democráticos. La sociedad musulmana nunca ha sido capaz de separar la fe de la política (posiblemente, esté cambiando). Desde hace miles de años la figura del Faraón, o del que ostentara el poder, estaba unida a la divinidad y formaba parte de ella. También lo dice el Corán, que habla de "obedecer al Enviado y a quienes ostenten el poder", una exhortación que siempre ha estado presente en todos los creyentes.

Y aquí es donde puede estar el problema. En el fundamentalismo islámico hay muchas corrientes políticas o político-religiosas ligadas al Islam, algunas de cuyas ramas, como el yihadismo o el talibán, suelen tener comportamientos extremadamente violentos, o radicales en su concepción del Corán y la Sunnah, como los salafistas o wahavistas. Y no es que no sea compatible la democracia con la religión, sino que -como hasta ahora- habrá quienes se erijan en representantes de la divinidad y, teniendo en cuenta la profunda fe y alto sentido religioso de la mayoría de los que profesan la religión de Alá, hagan imposible el desarrollo de los valores democráticos. En cualquier caso, no parece que estas nuevas sociedades vayan a permitir que sus nuevos legisladores extraigan su legitimidad del Islam, ni tampoco que se les pretenda implantar un gobierno "a la turca".

Se puede esperar que estos mismos medios tecnológicos que han propiciado el levantamiento, sirvan para introducir cambios en la concepción de la religiosidad con respecto a la forma de vida moderna y se identifiquen claramente ambos conceptos haciéndolos compatibles sin que ninguno de ellos merme las bondades del otro. También debemos esperar que los gobernantes del mundo occidental ayuden con todos los medios posibles a estos pueblos para aportarles las libertades y posibilidades que no les dieron sus anteriores dirigentes con el único objetivo de instaurar una convivencia pacífica en toda esta parte del mundo. Ahora más que nunca tiene posibilidad de cuajar positivamente aquella propuesta del presidente Zapatero (en 2004) que denominó Alianza de Civilizaciones, idea que la ONU aceptara en 2005 y adoptara como programa en abril de 2007. La Alianza cuenta actualmente con 120 países y organizaciones internacionales como miembros.

En cualquier caso, es imprescindible que el mundo occidental, y sobre todo potencias como EE.UU. e Israel, miren al pueblo islámico como a cualquier otro pueblo amigo y comiencen a demostrarlo. Desde ya. Porque es evidente que algo ha cambiado y continúa cambiando, y ante lo inusual y extraordinario de los hechos, con una previsible continuidad. Formas de hacerlo no faltan. De no ser así, las consecuencias de convivencia, de relaciones, económicas y de estabilidad pueden ser terribles para unos y para otros.






 

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