• M. Alonso

    Pedacitos de una vida

    ¡Lo que podría decir...!

    por Mónica Alonso Calderón


Mi casa no tiene ascensor. Estoy acostumbrada, tampoco tiene calefacción, ni lavavajillas, y hasta hace poco, me calentaba la leche por las mañanas en un cazo, porque carecía de microondas. Puede que mi casa se quedara anclada al lado de la de la familia Alcántara, pero a mí me gusta. Es mi hogar. Sin embargo, trabajo en el piso 11. Y, gracias a Dios, cuento con un ascensor que va de arriba abajo elevando las necesidades de personas a veces desconocidas.

Agradezco su ayuda, puesto que un día supe lo que significaba subir más de diez pisos andando con las rodillas medio partidas y la lengua semi fuera. Cada día pulso el botón de un ascensor que me conducirá a mi rutina. Y me encuentro con gente diversa. Once pisos dan para mucho y muchas son las personas que viven o trabajan encima, debajo o al lado de mi oficina.

En tres años he sido testigo de muchas anécdotas en ese ascensor: he visto cómo los alumnos ingleses de castellano del segundo piso no tienen la costumbre de saludar cuando entran, ni de despedirse cuando se largan; cómo el anciano pedante de gorro horrible gris critica al gobierno de Zapatero, aunque sea hablando con su sombra, que será la única que, obligada, le escucha; cómo la dueña de un pequeño caniche le saca a pasear cada día, y le habla como si de su hijo se tratara (ésta es de las pocas que me caen bien); cómo mi compañero Jose, claustrofóbico perdido, suda la gota gorda y echa de menos su bolsa de plástico cuando me he puesto a saltar para que el ascensor bailara un peligroso baile; o como Jordi Castillo, el de los castillos en el aire, los fabrica peldaño a peldaño, puesto que jamás será capaz de subirse a un ascensor. Es curioso, lo valiente que somos para unas cosas y lo cobardes que somos para otras…

Pero nunca pensé que en el octavo vivía la dueña de un tipógrafo, o máquina de la verdad, como empezaron a llamarla cuando yo era pequeña. Pues sí, en la calle Orense vive esa señora. Y puede presumir de contar con una gran clienta, la princesa del pueblo: Belén Esteban. Y tampoco pude pensar nunca que alguna vez esa mujer, que de cerca pierde cualquier encanto (si es que de lejos tiene alguno), pudiera ser una de mis compañeras en mi viaje elevado de cada día.

Ella, que entre lágrimas goza con la suerte de poder saltarse la ley antitabaco en mi edificio, compartió conmigo unos segundos interminables de ascensor. Y como testigo emocionado, el portero, que inmortalizó el momento en su Smartphone de funda colorada, como se quedó mi cara.

Sin duda, mi ascensor es grande, no por su tamaño, estándar, sino por su historia. Escenario de miedos, testigo callado de chanzas, de lágrimas de estereotipos rubios televisivos; un pequeño habitáculo que sube y baja haciendo o deshaciendo esperanzas diarias… ¡Lo que podría decir si le regaláramos palabras!

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