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    Llanto en el cielo

    por Marta Díaz Petenatti



La noche llegó impetuosa. No vino sola. Trajo consigo a la lluvia acompañada por truenos. El ronroneo incesante que bajaba desde el cielo daba una sensación de piedras peleando entre ellas para llegar a nosotros.

No vino sola. El viento parecía querer pegarle a todo. Era insolente, violento y en su recorrido gemía asustando con el alarido de su entraña.

Nunca había visto al cielo de esa manera, y más aún cuando de pronto, la luz se apagó debido quizá a un desperfecto, de esos que siempre suceden cuando hay tormentas en esta zona del mundo.

Me acurruqué en el sillón que estaba cerca de la ventana. Los relámpagos iluminaban la estancia y por momentos todo era de una claridad tal que podía distinguir el parque y todos sus detalles.

Tomé una frazada y me abrigué mientras escuchaba el ruido que la lluvia incesante producía sobre el techo lastimándolo con su furia. Era una tormenta feroz, daba miedo, la adrenalina circulaba libremente por mi cuerpo junto con el calorcito de la frazada que fue aletargando mis sentidos suavemente.

Entre sueños me pareció ver una sombra que pasaba cerca de la ventana, me levanté y lo vi hecho un ovillo junto al portal de la casa, estaba mojado, herido de lluvia y de frío. Corrí hacia la entrada y lo hice entrar. Le di ropa seca y bebida caliente para combatir el castañetear de sus dientes y el temblor de su cuerpo.

Sus ojos, negros cual carbón, no dejaban de mirarme. Sentía que me hablaban sin decir nada. Su silencio eran gritos. Su mirada era una llamarada ardiente que se fue apoderando lentamente de mi cuerpo, que comenzó a correr entre mis venas. Se fue acercando de a poco, era hermoso, sencillamente perfecto.

Sus manos tomaron mi cara y en ese mismo instante presentí lo que vendría y me di cuenta que el amor había llegado a mi vida así, de improviso, de la mano de un extraño que pasara en una noche de tormenta.

Se acercó más aún, sus labios rozaron mis mejillas y esa boca, ansiosa y sedienta buscaba la mía intuitiva y dulcemente. Elevé los brazos para acariciarle los cabellos cuando un ruido me paralizó.

Sobresaltada miré hacia el suelo y ahí, a mi lado, estaba la linterna que había dejado sobre mi falda cuando se cortó la luz. Pero no había nadie, estaba completamente sola.

Miré desesperada a mi alrededor, corrí hacia la ventana pero tampoco pude verlo. Él no estaba, sólo fue fruto de mi imaginación en esta noche de tormenta.

No quería convencerme. Me apoyé en el vidrio de la ventana mirando con pena y añoranza hacia donde me permitía esta noche tan especial, mientras el cielo, sabiendo de mi dolor, seguía llorando conmigo.

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