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    Muerte en la ciudad

    por Marta Díaz Petenatti



Un charco de sangre delineaba la silueta sobre el pavimento. El policía fue abriendo camino entre la gente hasta llegar a él.

La mujer miraba la escena petrificada. Al saber que había visto lo ocurrido, otro policía le dijo que debía ir a la seccional a declarar como testigo presencial.

No demoró en ir hasta el lugar donde había sido citada. El ambiente de la comisaría la ponía inquieta, sólo deseaba declarar y poder volver a su casa.

El oficial a cargo la llamó. Sentada en una silla frente a él comenzó a interrogarla con la pregunta que suponía sería sin lugar a dudas la primera:

-¿Usted lo conocía?

-Sí

-¿Y cómo se conocieron ustedes?

La expresión de su rostro cambió, sus ojos se llenaron de lágrimas. Le faltaba el aliento cuando dijo:

-Es una larga historia.

-Tengo poco tiempo para escucharla, le pido por favor que sea breve pero específica.

-Hace muchos años que Daniel está enfermo. Desde su adolescencia padece de esquizofrenia, pero últimamente su estado se agravó, entró en depresión seguida de angustia. Su bipolaridad lo hizo escurridizo, desconfiado. Culpaba al psiquiatra de su estado emocional. El mismo apareció muerto en su consultorio hace dos semanas. Ese día habían tenido sesión. Como las investigaciones son siempre traumáticas para personas con su sintomatología, su vida se convirtió en un verdadero infierno. Nada se encontró nada en su contra, pero no es justo lo que le sucedió a Carlos, un ser humano increíblemente hermoso, lleno de vida, apasionado por su profesión. Nadie me sacará de la cabeza que fue él quien lo mató. ¡Nadie!

-Continúe por favor.

- Hoy fui a su casa para hablar. Quería averiguar cómo había sido su última sesión con Carlos. Cualquier detalle me hubiera servido. Le pregunté inútilmente si había visto u oído algo. No escuchaba nada de lo que le decía. Parecía mirarme con miedo. Salió casi corriendo de su casa dejándome sola en el comedor. Lo seguí y cuando estaba por cruzar la calle resbaló y fue embestido por el camión. Eso es todo lo que tengo para contarle.

-¿Eso es todo? Aún no me ha contestado cómo lo conoció, pregunta con la cual quise que iniciara esta declaración.

-¡Ah, tiene razón! Yo era la secretaria del Doctor Carlos Fuentes. A Daniel lo conocí cuando comenzó su tratamiento. Me daba muchísima bronca ver lo bien que se llevaban los dos. Cuando Daniel llegaba a la consulta yo no existía más para Carlos. Se cerraban con llave y las sesiones eran interminables.

-¿A usted le daba bronca, o celos?

El policía la miró fijamente. Ella sostuvo por un tiempo la mirada pero luego bajó la cabeza visiblemente perturbada.

-Va a tener que quedarse. Creo que debemos seguir hablando. Ya no importa el tiempo. Ahora hay dos temas sobre los que debemos hablar. Mejor dicho, hay dos muertes sobre las que tenemos que hablar. Y creo que usted va a hablar mucho, ¿no es así señorita?

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