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Al tipo le dijeron que se iba a morir. Cuestión de meses, semanas, quizás de días. Se iba a la otra vida antes de tiempo por la vía de urgencias de las enfermedades sin curación que desencadenan en la muerte temprana. Tienes una cosa muy mala. Esto se pone feo. Se acaba. Desde la más cruel sinceridad.

A su madre, que no sabía nada, le dio el abrazo más fuerte de toda su vida. A la mañana siguiente se fue a dar un paseo por el mundo. Estuvo una semana de París. Luego voló desde Charles de Gaulle a Roma. Entabló cierta amistad con un tabernero siciliano y abrumado de su veneración a Taormina, allí se plantó. Después vino Palermo, que era muy decadente y muy misterioso, y tenía una identidad que no todas las ciudades consiguen.

La humedad y el calor fueron cómplices del cambio de aires y se marchó a Londres. Quería recordar Covent Garden y Camden Town. De ahí a Viena, a Budapest, a Varsovia, a Cracovia. Alguien le habló de la armonía misteriosa de Praga, y abandonó Polonia, y vagó por calles de Mala Strana, y estuvo por allí recordando y releyendo a Kafka, y bebiendo demasiadas cervezas en la Plaza Vieja, a poca distancia de las piedras sobre las que fueron ejecutados veintisiete caballeros checos en 1621. Luego Oslo, Estocolmo, Copenhague.

De repente viajó a Ámsterdam. Y de allí rumbo a Nueva Delhi. Le fue al recoger al aeropuerto un hindú escuálido de permanente sonrisa, feliz como un arlequín, y se hospedó en el Hotel Manor. Estuvo por allí vagando unos días entre Chandy Chowk, Lodi Garden´s y Kahn Market, con mucha impresión, repartiendo rupias a casi todos los niños que le salían al paso y haciendo foto tras foto. Después siguió viajando por La India, dirección a Puskar, Jaipur, Jodpur, finalizando la ruta en Agra. Contemplando el Taj – Majal, con cada uno de sus sentidos ejercitados en plenitud, pensó ante aquella magnitud de la belleza, que no estaba mal contemplar aquella grandiosidad en los días previos al final, un deleite para los ojos de una hermosura excelsa, soberbia. Caprichos de maharajá. Al mismo tiempo, se percató de que llevaba de viaje setenta y ocho días, y no parecía que la muerte tuviera premura por llevárselo. Volvió a Nueva Delhi, de allí a Ámsterdam, y desde Ámsterdam a Madrid.

- Mire doctor, no me he muerto – le dijo al médico taciturno y gris como un enterrador.
- Más de dos meses llevo intentando localizarle, pues aquí quedaron desechados en un cajón los resultados de estos análisis que desbaratan las alarmas, y sigue usted a expensas de la muerte, pero no por los males que se le atribuyeron en este hospital.

Volvió a casa de su madre, y regresó la intensidad del abrazo.
Al día siguiente estaba volando a Buenos Aires.







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