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En toda novela hay dos poderes que se han de poner de acuerdo en el papel del narrador y en el de los protagonistas. No debe haber interferencias. El narrador ha de presentarnos a los personajes y su función no ha de ir más allá, porque son los que van y vienen por la narración y los que han de definirse con sus actos. El punto de vista que José María Díez Borque expone en su comentarios de textos como imprescindible es otra constante que no se ha de olvidar. En este caso, el de la autora es de retratar la psicología y la trayectoria de una mujer que llena el ámbito de la narración.

En La última lágrima, de Adelaida Bordés Benítez, asistimos a una tentación de desdoblamiento entre la narradora y la protagonista, que la autora salva con meticulosidad procurando no caer en la omnisciencia del autor. Grandes esfuerzos ha de hacer para que la narración sea solamente una previa de lo temático para dar entrada a la protagonista real de la obra: Victoria, nombre que empieza siendo triunfalista y acabará en un plano opuesto por las incidencias de la vida.

Para los propósitos de la autora, Victoria esta muy bien descrita, si bien en toda la primera parte sus monólogos, así como en los diálogos con Martín, su marido, muestra un carácter con prepotencia y va marcando una línea ascendente que provoca en el lector una reacción de malestar, que ha de culminar en un fin desastroso para la familia. Pienso que esta figura está conseguida y es ella la que traza la columna vertebral de la novela. Los demás son como afluentes que descargan el agua de sus relaciones en el río de la señora de alto resuello social que todo lo tiene, menos una hija que le dé, a su vez, descendencia, ya que Liliana, su vástago, decidirá meterse a monja, frustrando con ello las expectativas de su madre.

La esperanza de ésta va a parar a Estrella, hija natural de Aurelia, que es adoptada, criada y educada con dedicación exclusiva, pero que le dará unos resultados negativos hasta extremos patológicos. El personaje de Aurelia contrasta con el orgullo de Victoria y la vulgaridad sin conciencia de la patrona. Así como la diferencia de Liliana y de Estrella, las dos sucesoras que dejarán el relato en un callejón sin salida.

Realmente, la trama de la novela es la historia de una frustración que tiene la vanidad y la ambición como inicio y el desencanto y la locura como final.

En cuanto a su construcción, tenemos que la novela se divide en cuatro capítulos bien definidos: Suspiro, Sollozo, Abrazo, Desconsuelo y un Epílogo. Hay, pues, una gradación del drama que desemboca en un desenlace trágico con la demencia como protagonista de última hora y broche negro de lo que se cuenta de esa familia.

En La última lágrima hay una combinación de materiales descriptivos y otros narrativos que sirven a la autora de cómplices para insertar en ellos un argumento que está en la línea del más riguroso realismo —la novela decimonónica, Baroja, Cela...—, fuera de cualquier cobertura barroca, que no impide pintar en ocasiones trazos metafóricos que ponen en el texto un colorido para suavizar la experiencia dolorosa que va incrementándose hasta su amargo y triste final.

Es justo reconocer que la autora consigue los efectos inherentes a un buen planteamiento de la novela y ello, entre otros elementos que configuran la obra, le confiere un logro de cierre que no dejará al lector indiferente ni la recordará como una novela convencional de fin feliz entre tantas de este género.






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