• Dean Simpson

    Letras en el horizonte

    La simbología en la trágica trilogía de FGL

    por Dean Simpson (Boston)


A lo largo de la historia occidental el proceso de racionalidad creciente desde la Edad Media ha dado lugar a varios procesos que sistematizan la unidad diacrónica de todos los momentos históricos, como explica Carlos Bousoño: el interés en lo individual y la concreción, la interiorización de la mirada del artista, y la secularización de la sociedad. Cada momento histórico representa una visión del mundo que es la verdadera realidad sincrónica, un proceso integrado que es la consecuencia de momentos históricos previos, dentro de la gran diacronía cosmovisionaria. La proliferación de las unidades sincrónicas, desde finales del siglo XIX, ha producido la crisis de la razón físico-matemática, encarnada en cinco momentos claves con sus fundamentos: el romanticismo (proclama el carácter generalizador e impersonal de la razón f/m), el momento simbolista (promulga su antivitalidad), la generación del 27 (a favor de la protección de la vida en una sociedad represiva), las revoluciones estudiantiles de los años sesenta de este siglo (descentralizan los poderes y respetan la conciencia ajena), y el mundo de hoy.

La visión del mundo de la generación del ’27, como en todo momento histórico, era la consecuencia de las verdaderas realidades de las épocas anteriores, y su enfoque vital se formó tanto de la visión romántica como de la simbolista, y era de igual modo imprescindible para las miradas posteriores. Algunos de los grandes poetas de la Generación de ‘27 -Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, y Federico García Lorca- aprendieron y luego expandieron las posibilidades de expresión simbólica y cosmovisionaria para su momento. La naturaleza simbólica de su visión se manifiesta principalmente, pero no exclusivamente en la poesía. Lorca, por ejemplo, difundió su expresión a otros géneros literarios, de los cuales se destaca la enorme fama de su teatro.

Lorca escribió tres tragedias rurales repletas de simbología que expresa su visión del mundo -La casa de Bernarda Alba, Bodas de Sangre y Yerma- y todas, desde una perspectiva cosmovisionaria, exaltan las mismas propiedades: lo individual, lo instintivo, lo pasional, lo vital y lo espontáneo. También se ve patente en su teatro el rechazo de la sociedad represiva, lo cual se exterioriza de manera explícita en los tres dramas. La presencia dominante y restrictiva del elemento represivo frente a la imperterritud individualista del protagonista fomenta un enfrentamiento que sólo puede resolverse mediante la violencia. El intento por parte de la sociedad de desdibujar la presencia instintiva de la individualidad es lo verdaderamente trágico, no la violencia que precipita la muerte.

Para el propósito de este estudio -analizar la simbología que predomina en Yerma y Bodas de Sangre- convendría detenernos un momento para definir la naturaleza del símbolo. Carlos Bousoño dice que un símbolo es una expresión que nos emociona, no por ella misma, sino por una serie de asociaciones, la última de las cuales no produce una noción consciente. También explica que: “en los símbolos, el sentido simbólico permanece oculto, y sólo se nos hace presente en la emoción que a ese sentido corresponde.” Hay una “inconexión lógica” que no llegamos a entender pero que termina en producir un efecto emocional. El símbolo es una especie de herramienta expresiva que se usa para crear la emoción sugeridora. Charles Chadwick describe el simbolismo como el arte de expresar ideas y emociones no denotativamente, ni a través de comparaciones con imágenes concretas, sino en sugerir la índole de estas ideas y emociones, reproduciéndolas en la mente del lector a través del uso de símbolos no explicados. Esta expresión de ideas transcendentales que empezó con Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y Paul Verlaine (los pre-simbolistas franceses) era revolucionaria para la literatura contemporánea y se transmitió a todo género literario en las generaciones posteriores, inclusive la del ‘27.

Con el paso del tiempo y la experimentación del genio, las posibilidades expresivas del símbolo han alcanzado dimensiones anteriormente incomprensibles. Examinaremos el uso de la simbología del agua y la sangre en las dos obras mencionadas para ver cómo las variantes simbólicas exponen la visión del mundo de Lorca. En Yerma la imaginería del agua representa la infecundidad de la protagonista, pero también se asocia con la protesta social (Bodas de Sangre), la muerte y lo vital. La sangre simboliza la muerte, la vitalidad y la familia.

El título de Bodas de sangre tiene un doble significado- la sangre por una parte se refiere a la estirpe familiar, lo que une y define los individuos con su parentela, y la boda es el enlace de las dos sangres. Por la otra parte, la sangre alude a la violencia y la resultante escaramuza mortal entre el Novio y Leonardo, o sea, debido a la boda hay sangre. Bodas de sangre entonces es una especie de paradoja- las connotaciones positivas que excitan festejos y celebración se contraponen con implicaciones de destrucción y violencia. Reed Anderson dice:

‘blood’, symbolizing that which relates and unites and expresses the force of elemental life, becomes a symbol of that which devides, generates antagonism and brings violence and death into human affairs.

Hay varios casos en los que la sangre se refiere a la familia y su honra (la honra de la sangre). En el primer cuadro del segundo acto cuando Leonardo dice a la novia: “soy hombre de sangre”, él se refiere a la rectitud de su honor, una mezcla de impavidez y orgullo que presiente el trágico final. El padre de la Novia no está de acuerdo con Leonardo; en el cuadro siguiente dice: “Ese busca la desgracia. No tiene buena sangre” y la madre del novio le responde: “¿Qué sangre va a tener? La de toda su familia.” Aquí la sangre también es simbólico de la familia, y su carácter en este caso se opone con la sangre de ella y de su familia. Un poco más adelante la Madre dice:

Me duele hasta la punta de las venas... Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos de su sangre y me las lamí con la lengua. Porque era mía.

Aquí la imagen implícita de la sangre destructora (la violencia) acaba con la sangre de la familia (la “derramada”), y eso produce el dolor inmenso de la Madre que le penetra hasta lo más hondo de su esencia, la sangre (“la punta de las venas”). Estas escenas son importantes porque explican la formación del elemento represivo contra el que la Novia va a rebelar. Su pasión y su individualidad no la van a permitir casarse con el Novio, y huye con Leonardo en su caballo simbólico. Aquí hemos visto la incompatibilidad de las familias a través de las imágenes de las sangres, y hemos observado la mescolanza de orgullo y desdén que caracterizan esta incompatibilidad.

En Yerma la sangre simboliza dos cosas: la familia- como hemos visto en Bodas, y lo vital- lo que da vida o lo que no lo da. Yerma le dice a Juan, su marido, y a Dolores, la conjuradora: “¡Maldito sea mi padre que me dejó su sangre de padre de cien hijos! ¡Maldita sea mi sangre que los busca golpeando por las paredes!” Aquí la sangre es la de la familia pero también la sangre (la vida) es algo inalcanzable debido a su infecundidad. Yerma quiere que Juan le de su sangre para poder engendrar otra sangre: “Es tu sangre y tu amparo lo que deseo.” Quiere sentir la misma sensación que tiene María durante su embarazo- como un pájaro vivo “dentro de la sangre”, pero al final se da cuenta de que ella es una “Marchita” y mata a Juan diciendo: “¡Yo misma he matado a mi hijo!”. La sangre familiar ya no existe; Juan muere y la posibilidad de tener un hijo también muere. Pero después ella dice: “Voy a descansar sin despertarme sobresaltada, para ver si la sangre me anuncia otra sangre nueva.”; se acabaron las posibilidades de vitalidad familiar, y ahora tiene la esperanza de vitalidad individual. La sangre (la violencia, la muerte) anuncia otra sangre (otra vida). La visión del mundo de Lorca se manifiesta en estas líneas: lo vital (un niño) no es alcanzable con Juan, entonces lo mata, lo pasional y lo instintivo surgen de su deseo de tener un niño, lo espontáneo es la decisión de Yerma de matar a Juan y lo individual es la rebelión de Yerma contra la sociedad represiva vista en Juan y sus hermanas, y las burlas de las lavanderas.

Hay más simbología de sangre en Bodas que en Yerma; además de la sangre como símbolo de la familia es también símbolo de la pasión de la Novia. Es ella la que deja lucir su individualidad contra la represión de las familias y las convenciones del matrimonio que van en contra de su instintos y su pasión. En el tercer acto las conversaciones de los leñadores revelan esta actitud; la sangre simboliza lo elemental y lo instintivo en la pareja (Leonardo y la Novia). La fuerza de la vida (lo vital) es la pasión, y la pasión es lo elemental y lo natural que cuando roza con la razón (un matrimonio de conveniencia) y la sociedad (los que imponen este matrimonio y el orgullo familiar) el resultado es la muerte. Los leñadores muestran la pasión de la pareja: “Se estaban engañando uno a otro y al fin la sangre pudo más.” Lo pasional es más fuerte que la sociedad represiva y el deseo de someterse a ella. Leonardo tanto como la Novia ha seguido sus instintos, y lo reconoce:

Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

Dicen los leñadores: “Hay que seguir el camino de la sangre”, o sea, por una parte hay que seguir con la pasión, y por otra, el desenlace trágico está por revelarse. Lo elemental de sus palabras: “sangre que ve la luz se la bebe la tierra”- ilustra que todo vuelve a la tierra. La naturaleza del hombre tiende a lo pasional, y la pasión ocultada corre el riesgo mortal.

La sangre como símbolo de la muerte parece diversas veces en la obra. La Luna en el tercer acto añade una dimensión mortal al ambiente trágico; no simboliza la muerte en sí, pero ilumina el escenario donde se dan los pasos hacia la muerte:

...Pues está noche tendrán
mis mejillas roja de sangre...

Como dice Diaz-Plaja: “La luna hace plástico su maleficio porque, gélida como es, siente la voluptuosidad de la sangre caliente.” El presentimiento de la asociación negativa de la sangre con la muerte se ve en las canciones de cuna de la Suegra:

...Bajaban al río.
¡Ay, como bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.

y en la canción de la criada “arreglando en una mesa copas y bandejas” (preparando las mesas para la boda):

...y espera el campo el rumor
de la sangre derramada.

Al final de la obra el Novio encuentra a Leonardo, y aunque la acción ocurre fuera del escenario, es el momento en que se une toda la simbología de la sangre: las sangres de la familias (Leonardo con el Novio), la sangre de la violencia (se matan), la sangre de la pasión (pasión como orgullo familiar y pasión como instinto individual), y la sangre física (la muerte) que es el resultado de este choque, lo cual se ve en la Novia que sale al final “teñida en sangre falda y cabellera.”

En Bodas la sangre en general tiene connotaciones de muerte y pasión, y en Yerma la sangre se asocia más con la vitalidad. En el primero es lo que acaba con las vidas de Leonardo y el Novio, y en el segundo es el comienzo de vidas nuevas (el niño de María, el niño de la mujer seca que parió en el río) o vidas deseadas (lo que espera Yerma), pero a pesar de esta bipolaridad, las dos obras terminan con la sangre- la muerte de los hombres en Bodas y la de Juan en Yerma.

Los símbolos de la sangre a veces se mezclan con los del agua y simbolizan de igual manera lo vital, y lo pasional. Como Yerma es infecunda ella se asocia con lo seco, como veremos adelante, y la fecundidad se simboliza con el agua “viva”. Dolores, cuando explica a Yerma como “hizo” parir a una mujer en río, le dice:

La última vez que hice la oración con una mujer mendicante que estaba más seca más tiempo que tú...tuvo dos criaturas ahí abajo en el río...Vino. Con los zapatos y las enaguas empapadas en sangre.

La mujer pasa de estar “seca” a estar “empapada en sangre”. La sangre es vida y el río es el fuente de la vida, lo que de vida. Yerma le responde: “...No le podía pasar nada. Sino agarrar las criaturas y lavarlas con agua viva.” La sangre tanto como el agua son símbolos de la vida. La conjuradora le da este ejemplo a Yerma como prueba de sus poderes, pero Yerma no tiene el mismo éxito como la mujer anterior. En Bodas el agua se asocia con la vida también en las palabras de los Leñadores: “Pero ya habrán mezclado sus sangres y serán como dos cántaros vacíos, como dos arroyos secos.” Las sangres son sus pasiones, no la mezcla de las sangres familiares (lo cual hubiera ocurrido con la boda si no interviniera esta sangre pasional) que, cuando se mezclan, no producen el estancamiento de Yerma sino la desaparición total del agua donde anteriormente existía; los “arroyos” se secan, y los “cántaros” quedan vacíos. Lo que hace desaparecer al agua es la intervención de la muerte. Esto tiene que ver con lo que dice la Mendiga en el tercer acto:

...De aquí no pasan. El rumor del río
apagará con el rumor de troncos
el desgarrado vuelo de los gritos...

“El rumor del río” es la protesta social que corre en contra de la sociedad represiva. Esta protesta se alimenta con la pasión de la Novia y su empeño de correr cualquier riesgo por el bienestar de su individualidad.

En Yerma la ausencia del agua simboliza la infecundidad, la pasión y la vida, y su presencia simboliza lo contrario, como veremos más adelante; lo mismo lo podemos decir de Bodas. El novio no tiene la misma pasión y ardor que tiene Leonardo. Al final de la obra cuando la Novia habla con la Madre ella le dice: “Yo era una mujer quemada”, o sea, por una parte la pasión le ardía por dentro, y por otra lo quemado se asocia con lo seco; no tenía una forma de desahogar su pasión, su sexualidad. La Novia continua:

...tu hijo era un poquito de agua de la que yo esperaba hijos, tierra, salud; pero el otro era un río oscuro, lleno de ramas...Y yo corría con tu hijo que era un niñito de agua, frío, y el otro me mandaba cientos de pájaros que me impedían el andar y que dejaban escarcha sobre mis heridas de pobre mujer marchita, de muchacha acariciada por el fuego...el brazo del otro me arrastró como un golpe de mar.

Las imágenes de Leonardo, quien compartía la pasión de la Novia, comparadas con las del Novio, quien no la compartía (ya que él pertenecía al elemento represivo) se ven claramente en este párrafo. El Novio era “un poquito de agua” y “un niñito de agua, fría” frente a Leonardo que se compara con un “río” y un “golpe de mar”. El que tiene el agua tiene la pasión, la vitalidad, y la espontaneidad, lo que caracteriza la índole de la Novia. Esta pasión es lo que arrastra a la Novia desde el principio de la obra, como dice Candelas Newton:

Although the Bride refuses to listen, she feels herself drawn by his voice and its message pulling her like a strong current of a river- the water is passion tainted by death that the horse in the lullaby refused to drink.

Lo contrario de lo vital es lo seco, asociado con la muerte, como dicen las palabras de Leñador:

¡Ay muerte sola!
Muerte de las secas hojas

Las palabras de la Madre explican lo mismo al final de la obra: “Pero mi hijo es ya un brazado de flores secas.” La ausencia en general se simboliza con lo seco: la falta de niños (como en Yerma), la falta de vida, o la falta de pasión, como vemos con las palabras de la Novia. Hablando con Leonardo ella dice: “Un hombre con su caballo sabe mucho y puede mucho para poder estrujar a una muchacha en un desierto.” Se encuentra en un desierto (lo seco) porque el agua de la pasión todavía no ha venido a llevarla como un río fuera de allí, pero cuando viene ella dice:

Es justo que yo aquí muera
con los pies dentro del agua.

La fuerza del agua, la pasión, la lleva fuera de la sociedad que la reprime, pero la viene a buscar al final, para no acabar con su vida sino con la de su cómplice rebelde.

Lo mismo que hemos dicho de Yerma lo podemos decir de Bodas; la visión del mundo de Lorca- la exaltación de lo vital, lo pasional y lo instintivo, y el tema del individualismo frente a la sociedad represiva- dirige la estructura de la obra. El individualismo de la Novia se manifiesta en su desgana de seguir con la boda, que va en contra del carácter de su pasión que la incita en la espontaneidad de huir con Leonardo de la antivitalidad del matrimonio (antes de consumarse con el Novio) hacia una vitalidad esperada. Aunque hay violencia y muerte, como hay en Yerma, éstas son los vehículos que la llevan a su libertad. Yerma, al matar a Juan, queda sin la posibilidad de tener un niño, pero queda con su libertad. La Novia queda sin Leonardo, pero también sin el Novio, lo cual la libera del elemento represivo. Las dos pierden algo para estar libres- el triunfo de lo individual sobre el elemento represivo, y la protección de la vida.

El agua como símbolo de la vida es más visible en Yerma que en Bodas, y las imágenes de sequedad de Yerma y Juan (su infertilidad) se contrasten con las de gente más fecunda. Estas imágenes se intensifican a lo largo de la obra mientras Yerma se da dando cuenta de la realidad de su infertilidad, hasta que al final ella estrangula a su marido. Al comienzo de la obra Juan le dice a Yerma: “Cuando los hombres se quedan enjutos se ponen fuertes como el acero”. No le interesa la idea de tener niños; él sólo quiere trabajar y ganarse la vida. Yerma, en cambio, “muere de sed” y ve que Juan se dedica demasiado al trabajo: “A mí me gustaría que fueras al río y nadaras y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda.” El agua es simbólico de la fecundidad y parece que ella quisiera que él trabaje menos y dedique más tiempo a los asuntos familiares. Después añade: “Veinticuatro meses llevamos casados, y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.” Juan se va “secando”, o sea, se va poniendo menos fértil, menos capaz de mantener el tipo de familia que quiere Yerma. Cuanto más trabaja, más enjuto se pone. Yerma quiere que él se moje en vez de irse secando más y más cada día. Lo elemental y lo instintivo en Yerma la incitan en su lucha de tener un niño y ella sabe que no es capaz de hacerlo sola. Juan pertenece a lo represivo porque con cada paso que da Yerma en una dirección, Juan la estira en otra. Él va construyendo una especie de encarcelamiento que la reprime, que va en contra de la vitalidad de la protagonista. Él hace parte de la sociedad que la rodea y toda esta sociedad parece participar en alguna manera en la represión. Los que no la reprimen intencionalmente sólo hacen aumentar su ira, porque su fertilidad comparada con la infertilidad de Yerma la hace sentir aún más su angustia. La Vieja que tiene nueve hijos le dice a Yerma: “Los hijos llegan como el agua” y que los hombres “han de deshacernos las trenzas y darnos de beber agua en su misma boca.” Yerma no puede saciar su sed de la boca de Juan, pero un viejo amor suyo, Víctor, sí que puede. En una conversación con él ella dice: “Parece un chorro de agua que te llena toda tu boca”, lo cual sincroniza con lo que había dicho la Vieja, y después Yerma le dice a Víctor que Juan “tiene un carácter seco”. La frustración de Yerma se hace evidente con el contraste simbólico del “chorro” de Víctor con la sequedad de Juan. Irónicamente en este momento Juan aparece y le dice a Yerma que estará “toda la noche regando”, y continua diciendo: “viene poca agua, es mía hasta la salida del sol y tengo que defenderla de los ladrones.” Él cuida el agua del trabajo pero no el agua de la casa.

Víctor quizá hubiera sido capaz de darle un niño a Yerma, pero como casada honrada no lo considera. Varios personas en la obra la ofrecen alternativos. Yerma rechaza la idea de adoptar a un sobrino, y la Vieja que ha sido una mujer “de faldas en el aire” le propone al final que Yerma viene a vivir con su hijo: “Cuando se tiene sed, se agradece el agua”, pero Yerma con una rectitud moral inquebrantable, además de su deseo de tener un niño legítimo dentro de los confines del matrimonio, le dice a la Vieja: “Yo soy como un campo seco donde caben arando mil pares de bueyes y lo que tú me das es un pequeño vaso de agua del pozo. Lo mío es dolor que ya no está en las carnes.” La Vieja no es capaz de ver lo que es para Yerma una maternidad legítima y verdadera; no llega a entender lo pasional y lo instintivo de su anhelo, sólo ve que quiere un niño. La Vieja entonces la llama “marchita” y Yerma responde: “¡Marchita, sí, ya lo sé! ¡Marchita!...”. Reconoce su condición de mujer seca.

En el comienzo de la obra Yerma pasa su tiempo en su casa, porque en ese momento le queda esperanza de tener un niño, pero con el peso del tiempo empieza a pasarlo fuera de la casa, conforme con la pérdida de esta esperanza. Su “quemadura sed” se aumenta, y las tensiones en la casa se ponen inaguantables, como dice una Lavandera: “Cada hora que transcurre aumenta el infierno en aquella casa.” Mientras quedan flecos de esperanza en los ojos de Yerma, cuando todavía pide “que salten las fuentes alrededor”, ella habla con varias personas a intentar buscar una manera de parir, pero toda sugerencia va en contra de su moral. Yerma dice a una Vecina: “...Yo pienso que tengo sed y no tengo libertad.” Se siente encerrada, oprimida, y no libre de dejar lucir sus capacidades maternales, lo que la caracteriza como individua. Los encierros que la impiden son la verdadera causa de su infecundidad; no es libre. En la escena con las lavanderas, llena de fertilidad simbólica, ellas cantan letras que se contraponen con la sequedad de la pareja protagonista:

Las ropas de mi niño
vengo a lavar
para que tome el agua
lecciones de cristal.

Todas estas imágenes de agua fecunda y el contraste con el pozo estancado y encerrado de Yerma colaboran en las crecientes tensiones que nos llevan hasta el final. Yerma en una conversación con Víctor le dice: “De mí sé decir que he aborrecido el agua de estos pozos.” Y más tarde cuando se va dando cuenta de su esterilidad dice: “Déjame libre siquiera la voz, ahora que voy entrando en lo más oscuro del pozo.” Sus conversaciones contrastadas con las de las lavanderas y las otras mujeres fértiles la llevan a reconocer que de hecho es “marchita”, así que en un acto de espontaneidad individualista ella estrangula a Juan. Es curioso pensar que era ella la que tenía sed, una sed creciente que nunca logra tener el agua deseada, dejándola al final “marchita”. Juan, en cambio, sigue trabajando y saciando su sed en el campo, ignorando la de Yerma, o sea, al final es ella la que está muerta de sed, y no él. Como la garganta se relaciona con la sed, Yerma decide estrangularlo, en protesta simbólica de su condición- si ella sufre, también debe sufrir él.

El agua en Bodas y en Yerma se asocia con lo vital, lo elemental y lo pasional. La Novia quiere más que el “poquito de agua” que le ofrece el Novio, así que lo busca en Leonardo que tiene la pasión de un río y un mar. La Novia se encuentra en el “desierto” y ella también tiene sed, la sed se la pasión. Yerma por una parte tiene más sed que la Novia, porque tiene una sed insaciable. La sed por tener un niño nunca se cumple, pero la sed de estar libre sí, lo cual logra cuando mata a Juan. La Novia se acerca al río de la pasión, y este río la arrastra con Leonardo hacia el trágico final. La ausencia del agua produce un alma marchita, como en el caso de Yerma, y esta ausencia es peligrosa porque la lleva a matar a su marido, pero también demasiado agua, el “mar” de Leonardo, también es peligroso como se ve al final de Bodas.

Pero estos finales trágicos son necesarios para la liberación de las dos mujeres de sus situaciones represivas y para la protección de sus vidas. Ellas son algo revolucionarias, y estas pequeñas revoluciones causan violencia y tragedia. Juan encabezaba la represión de Yerma y el Novio hacía parte de la de la Novia, así que su eliminación es algo necesario para la emancipación de estas dos mujeres.

El agua tanto como la sangre expresan la sociedad represiva y el individuo reprimido. La sangre como símbolo de la familia es lo que reprime a la Novia, la institución del matrimonio que no la deja saciar su pasión y su individualidad. La sangre como símbolo de lo pasional y de lo vital se ve como algo que desean las dos mujeres. La sangre simbolizando la muerte, especialmente en Bodas es el choque de la pasión con el elemento represivo. Las dos mujeres protagonistas son individualistas y buscan un escape de su represión, lo cual logran con sus acciones espontáneas; la Novia huye de su propia boda y Yerma mata a Juan.

Ambas obras reflejan la visión del mundo de Lorca: la lucha del individualismo contra una sociedad represiva (Yerma y la Novia), la exaltación de lo pasional y lo vital (anhelo de tener niños, amor ilícito, lo cual en sí es instintivo) y la exaltación de lo espontáneo (como vemos con la huida de la Novia y la estrangulación de Juan). La naturaleza simbólica de la visión de Lorca no se limita a las imágenes de la sangre y del agua que hemos visto, sino que estos símbolos toman una mera parte en un red de simbología que con toda su gloria revela las mismas ideas- la importancia del individuo y la necesidad de no reprimirlo en la sociedad.



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