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Barriga estéril de cuatro meses, alimentada de grasa y palmeras de chocolate. Un gran espacio para albergar un retoño entre vísceras y sangre. Pero es blanda, ideal para apoyar la cara a modo de almohada. Es tan grande que debería incluso haberle puesto nombre. Pero no lo tiene. Es mi tripa, mi compañera de por vida, anónima, pero no indiferente.

No es una barriga cualquiera, aunque unas veces sea más grande y otras más pequeña; es cabezota, siempre está ahí, adosada a mi cuerpo esperando a que le dé el sustento. Y no tendrá nombre, pero sí exigente en gustos: odia la fruta, la verdura y demás viandas saludables. Odia la palabra ‘light’ mientras que mataría por una ración de azúcar diaria. Llora desconsolada si no disfruta de un plato de comida rápida, de esos atiborrados de grasas saturadas. Y hace pucheros cuando paso de largo por las pastelerías, panaderías, tiendas de ‘chuches’ y demás escaparates suculentos que presumen de alimentos no aptos para diabéticos. Suspira resignada ante las acelgas y las judías verdes, en cambio, se relame al pensar en un suculento helado de tres bolas de leche merengada -y canela-. Con los ‘Doritos’ se emociona, el Ron la embriaga, y sueña cada noche con hincarle el diente a un bocata de panceta con chorretones.

Y yo pienso ‘chica, lo siento, pero prefiero mantenerte a raya antes de que un amable caballero decida cederme el sitio en el metro’. No quiero parecer una futura mamá en estado de buena esperanza. Pero mi barriga lucha por crecer y crecer a base de pizzas y pasta. Tiene hasta personalidad propia. Normal, ya es mayor de edad. Lo tengo decidido, a partir de ahora será Bridget, como la señorita Jones; sólo le queda contarme los cigarrillos que me fumo. Eso sí, odia las odiosas bragas faja, quiere lucirse en todo su esplendor, orgullosa de sus michelines bien cuidados. ‘Una tiene sus principios’, me susurra indignada cuando entro a curiosear en las tiendas de lencería oculta-centímetros- de-más. Al fin y al cabo tardó años en moldear su rechoncha figura encorvada.

Aunque bautizada con nombre y apellido, seguirá decreciendo en la tabla de abdominales del gimnasio. Gota a gota, agujeta tras agujeta. De vez en cuando algún capricho culinario para que sonría contenta. A mi tripa le tengo cariño, no así a sus gigantescas lorzas. Aquéllas que se pliegan cuando me siento, las que sobresalen de mis pantalones de talle bajo. Ésas entradas en carnes, que se retuercen y que se niegan a despegarse de mi anatomía de treintañera blanda y estresada.

Fue niña, adolescente, universitaria, y ahora, trabajadora. Lucha por sus derechos, totalmente opuestos a las pastillas quema grasas, básculas y dietas milagro. Es feminista y cree en la igualdad entre las barrigas de hombres y mujeres. Ambas muestran lo mismo, una eterna curva de la felicidad reflejo de una vida de calorías sin freno. Más grande o más pequeña, quizás sea como yo, una gran soñadora que vive para los días de fiesta, que se celebran a base de tartas, turrones y rosquillas del santo.

Y cuando ‘peco’ y me salto la dieta me mira complaciente, como si me dijera: ‘Cuídame, dame un homenaje’. Y se lo merece, al fin y al cabo, lo tengo asumido, mi tripa es un regalo, no un problema. Bridget fue, es y será siempre mi fiel compañera.







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