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Como continuación de lo ya expuesto en el anterior artículo El Régimen mal llevado, sobre cómo nos afecta un seguimiento poco meticuloso del Régimen Ancestral, y, sobre todo, la imposibilidad de evitar la multitud de tóxicos que ingerimos con los alimentos, incluso los más naturales, creo oportuno ampliar el mismo con, siquiera sea, una breve exposición -y referencias a estudios- de algunos tóxicos que nos vemos obligados a ingerir, tanto con la dieta como por su uso o contacto por ser parte de los componentes de muchos de los productos y utensilios que usamos a diario. Estos son, principalmente, recipientes y envases plásticos, recubrimiento interno de latas de conservas, bolsas, bandejas y papeles de envolver plastificados, tintes para el pelo, cremas y cosméticos... y un largo etcétera.

Entre estos últimos se encuentra el Bisfenol A (BPA), un compuesto orgánico con diversos usos en la fabricación de muchos tipos de plásticos, entre ellos biberones, botellas de agua mineral y otros muchos materiales en contactos con alimentos. Aunque ya se alertó de sus riesgos a principios del siglo pasado, y numerosísimos estudios vinieron demostrando su incidencia sobre el sistema hormonal y celular, que se traducen en alteraciones cromosómicas asociadas a la aparición de anormalidades en el feto, enfermedades de base genética, alteraciones en el aparato genital y la capacidad de reproducción o distintas formas de cáncer, el Bisfenol A se ha seguido utilizando en los reseñados usos hasta la actualidad. (enlace 1)

No ha sido hasta enero de 2011 cuando la Unión Europea aprobara una directiva -que tendrá efecto en junio- que prohíbe la fabricación de biberones de plástico con Bisfenol A. Y sólo en los biberones. Ante este hecho -tener que enfrentarse a las grandes multinacionales de la industria química-, y a pesar de que siguen manteniendo la duda sobre la capacidad patogénica del dicho compuesto, no cuesta mucho imaginar que todos estos responsables de nuestra salud, la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos (EFSA), la Agencia Española de Seguridad Alimentaria (AESA), así como otros países (que ya lo habían reconocido mucho antes), lo saben perfectamente y sólo han hecho un gesto obligados por las presiones de buena parte de la comunidad científica y, quizás, un tanto agobiados por sus conciencias ante la certeza de que estaban obrando de forma negligente cuando no delictuosa. Debemos esperar a que la investigación privada (si los dejan) pueda demostrar de manera tajante, no sólo que el dicho producto es un tóxico capaz de producir en los humanos todas las manifestaciones ya descritas, sino, posiblemente, otras muchas más con graves incidencias en el sistema hormonal y endocrino, para que se prohíba su utilización en todos los usos.

De los plaguicidas y demás sustancias químicas que se utilizan en la agricultura los más usados son los compuestos órgano-clorados y órgano-fosforados, y los herbicidas del grupo de las triazinas (atrazina, desmetrina, simazina, terbutrina). Entre ellos, por su uso común en todos los países y su demostrada toxicidad en animales y humanos, sólo voy a referir un herbicida, la Atrazina, que, a falta de que los investigadores quieran (o les dejen) investigar sus efectos sobre otras posibles alteraciones de nuestra salud, tiene ya más que demostrado sus efectos sobre el sistema hormonal.

Un estudio realizado por el equipo del profesor Andreas Kortenkamp (enlace 2), del Centro de Toxicología de la Universidad de Londres, con fondos de la Comisión Europea, revela que muchos pesticidas agrícolas, entre ellos algunos que no habían sido testados con anterioridad para descubrir este tipo de efectos, y que son muy comúnmente detectados en los alimentos, pueden alterar las hormonas masculinas. Es importante señalar que los pesticidas seleccionados -entre ellos la Atrazina- han sido aquellos que figuran entre los que más comúnmente son detectados en las frutas y verduras en Europa.

Tyrone Hayes, biólogo de la Universidad de California en Berkeley, ha estudiado los efectos adversos de los pesticidas en los anfibios y los humanos y se pronuncia en contra del uso del pesticida Atrazina. La exposición a la sustancia esta ligada a muchos tipos de efectos sobre la salud en el laboratorio. Los animales expuestos han experimentado insuficiencia respiratoria, parálisis de las extremidades, cambios estructurales del cerebro, corazón, hígado, pulmones, riñones, ovarios y órganos del sistema endocrino, como también retraso en el crecimiento. La Atrazina también ha sido vinculada con cáncer en las glándulas mamarias, cáncer de próstata y linfoma. También puede interferir con las hormonas sexuales de los animales expuestos en el laboratorio y en animales silvestres. Un estudio reciente (enlace 3) mostró que las ranas expuestas a la Atrazina, incluso a niveles mucho más bajos de los permitidos, desarrollaron órganos sexuales masculinos y femeninos.

Aunque está prohibido en algunos países -Italia, Alemania, Suecia, Holanda-, o restringido su uso en otros -Reino Unido-, y la Agencia Europea limitó su uso, aún se sigue utilizando en muchos otros países incluido EE.UU. En cualquier caso, la persistencia en aguas de ríos, embalses y mares, además de campos y ambientes contaminados es muy alta, por lo que, aunque se prohibiera por completo y de inmediato en todo el mundo, aún estaríamos ingiriendo Atrazina por bastante tiempo. Amén de que muchos de los daños causados son irreversibles por causarse -en mayor medida- en el período fetal.

Estos son sólo dos ejemplos de productos químicos tóxicos que minan nuestra salud, y que han estado (y están aún) aprobados y con todas las bendiciones de quienes deberían evitarlo, pero la lista sería interminable. Por otra parte, los estudios realizados sobre estos productos (además de ser ignorados o tergiversados, cuando no prohibidos, por los mismos fabricantes) sólo se han limitado a efectos muy evidentes y ostensibles (caso del Bisfenol A y la Atrazina en las malformaciones de los fetos o las alteraciones en la reproducción), pero se sigue omitiendo estudios tendentes a demostrar su más que posible relación con la enorme proliferación de patologías reumatológicas, autoinmunes, neurológicas y denominadas "raras" que se dan en la actualidad.

Desde nuestro punto de vista como pacientes afectados por alguna de estas enfermedades, urgen soluciones que nos permitan, no sólo paliar los efectos que estas desastrosas patologías han supuesto en nuestras vidas, sino en previsión de que nuestros hijos y nietos continúen sufriendo las mismas o aún peores calamidades en su salud. Urge una concienciación por parte de quienes nos dirigen para cambiar estas funestas y catastróficas políticas -ordenadas por el poderoso caballero- por otras donde la salud y la vida de las personas estén por encima de todo interés.

Habrá que esperar años, muchos años... Mientras tanto, lo único que podemos hacer es recabar toda la información que podamos sobre los alimentos y cómo nos afectan, procurar encontrar productos lo más naturales posible e intentar huir de todo aquello que nos lleve o nos mantenga en la enfermedad.





(1) Bisfenol A (El Mundo, en español)
(2) Plaguicidas (en español) - Leer el artículo completo (en inglés)
(3) Atrazina (en español) - Leer el artículo completo... (en inglés)






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