• Juan R. Mena

    Contraluz

    Mis registros poéticos (IX)

    por Juan R. Mena


Viktor Shklovski propugnaba una poesía en la que no existiese automatismo en el verso, o sea, secuencias sintagmáticas que sonaran a pasado literario ya caducado por su lenguaje redicho y falto de emoción, tanto para el lector como para el autor. Es lo que él llamaba “reconocimiento”. El lector “reconocía” en un poema una lectura ya procesada por su interés y asumida sin otra respuesta que la indiferencia. A esto oponía la “visión”, es decir, la sensación de parecer que lo leía por vez primera; en este caso, el lenguaje estaba “desautomatizado”.

Pero el poeta no puede renunciar al significado. De hacerlo, solamente atendería al significante, es decir, a una poesía experimentalista e icónica, o bien que tendría su límite en la jitanjáfora.

Ahora bien, el significado ha de ser un medio y no un fin, que es la tónica de la mayoría de los poetas; un medio para que el lenguaje extraiga del sistema todos sus recursos de combinaciones, a fin de que la lectura, aun con las mismas palabras, parezca nueva y, por ello, emocionante, dejando atrás los lastres de lecturas del pasado.

En el poema siguiente el autor intenta cumplir las exigencias de la “desautomatización” de Shklovski, evitando en la medida de lo posible que no haya versos “planos” y carentes de frescura semántica.


ORACIÓN NO FÚNEBRE PARA
UN CUERPO DESHABITADO

Desocupas tu cuerpo de consumo
dejándolo al olvido de un andén
de los muchos silencios de la vida,
tú, que hiciste un mercado de tus ojos,
feria con los racimos de tus senos,
del pubis la diana de apetitos,
y de tu cama, yunta de trabajo,
un breve paraíso de alquiler.

Llevabas como un terco palimpsesto
el recuerdo sangrándote de infancia
violada en un rincón de turbulencia
por manos como garfios endulzados
bajo un señuelo, fronda del engaño.

Asumiste con férula de sino
el pasado tal como una divisa
en el cuello mortal de tu memoria,
y enarbolaste a un viento de infortunio
la sonrisa con miel profesional
y palabras marcadas por el uso
con disimulo de un hedor de penas,
el abrazo de elástica costumbre,
la exhibición artera de un tesoro
que iba expoliando el azadón del tiempo,
modesta fonda de aire provinciano
para viajeros de pasión con prisa,
peregrinos por rutas de su hastío,
tratantes de manidas circunstancias,
sedientos de algún ocio pasajero
que abrevan en tus aguas de miseria
un sorbo de volátiles respiros
que escupen luego, ahítos de desidia
(menos yo, que dejé sobre tu tedio,
además del billete, unas palabras
que te dieron calor por un instante,
que tú quisiste retener con ruegos
en el mudo pretil de tu mirada).

El humo del tabaco fue aureola
a tu heroísmo de engarzar clientes,
y la copa, el fervor del incensario,
mientras pensabas en tu hijo, puente
para salvar los ríos del suicidio,
heroína en desvanes de epopeya,
mártir de un santoral sin bendiciones.
carne para el festejo de un momento,
desahuciada de un techo de ilusiones...

Hoy, que no vives en tu cuerpo y yerras
por cielos de una ausencia indiferente,
dejas la huella de un revés que sólo
se entiende entre los pliegues no estudiados
todavía de Vidas ejemplares.


Premio Juan Ortiz del Barco del Círculo de Artes y Oficios (2009),
editado en cuaderno por el propio Círculo
.

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