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INTRODUCCIÓN

“2001, Odisea del Espacio”, guión de Arthur C. Clarke, es un filme clásico. En una de sus primeras secuencias, varios primates dan vueltas alrededor de un bruñido monolito negro. Uno de ellos se distancia del grupo, recoge un palo y lo arroja al aire donde gira hasta reaparecer como nave espacial, viajando más allá de los cielos. Estas secuencias me resultan impactantes, se desarrollan en dos límites: nuestro remoto pasado, el de los abuelos primates, y el futuro previsible en manos de la Cosmonáutica, sin olvidar lo enigmático, representado por el monolito. Y el palo que deviene nave espacial nos dice del rasgo común. Uno es lo simple de lo simple, permanece en bruto, tal cual ha sido tomado de la naturaleza. La otra es muestra de la tecnología más sofisticada. Y ambos están separados por millones de años. Nada de esto obsta a que tanto palo como nave espacial sean herramientas del hombre destinadas a intermediar entre éste y la naturaleza.

Los primeros pasos del hombre -o proceso de hominización- cubren en efecto varios millones de años sin que todavía pueda precisarse cuántos, si nueve o “solamente” cuatro o cinco, e imponen seguir las huellas dejadas aquí y allá, sobretodo en África donde al parecer reside la cuna del hombre. Es la tarea de la ciencia antropológica, cuya llama se enciende en el siglo XIX, abarcando el vasto panorama de la vida y del hombre bajo una lente común que dio en llamarse “evolución”.

Debo confesar: no estuve por ahí con la video cuando los primeros pasos del hombre. Ya ven, todo lo que se cuenta de aquel entonces es como el átomo: nadie nunca lo vio pero “tiene que estar ahí”. Pues los efectos constatados en el mundo físico sancionan: no hay de otra. Ídem en el mundo antropológico con los abuelitos primitivos: no hay de otra. Es lo que se llama “construir un modelo”, que no es real pero apuesta a serlo, esperando confiadamente por la hora de la verdad, si verificación cabe, difícil está examinar en vivo al abuelito. Pero ha debido pasar por un previsible camino de adquisiciones. ¿Y si no existió? Entonces, no hay más que hablar: lector, autor y texto desaparecen rumbo a la nada. Es la desventaja respecto del átomo, que es de ayer, de hoy y previsiblemente de mañana, una sistemática herencia asegurada por largos trechos. El mundo antropológico no nos da esa pauta. Pero a su vez el modelo del hombre primitivo guarda una ventaja sobre el modelo del átomo: hay una referencia parcialmente analógica en ciertas tribus de África, que están al alcance. Y sobre ellas, como se sabe, han caído los antropólogos.

Muy bien, puede el lector confiar en esta visión del remoto pasado del hombre, de los superabuelitos.


PARTE UNO

Darwin y Wallace, cada uno por su lado, con mayores trabajos y acopio de evidencias el primero, siguieron las líneas evolutivas en las especies animales, ese entrecruzamiento de demandas del medio y respuestas a nivel biológico y de conducta. Seres del mar que devienen anfibios y luego, seducidos por las posibilidades terrestres, dejan para siempre las aguas. Las aletas serán patas o músculos que arrastren el cuerpo al serpenteo. Y luego, los seres de la tierra a su vez serán seducidos por las posibilidades del aire, y las aletas se verán resucitadas como alas... Para la densidad del medio agua, aletas, para la densidad del medio aire, alas. Es la evolución de las especies, presidiendo la selección natural. Hasta aquí, Darwin y Wallace.

Quien lea la obra del primero, verá desplegarse un minucioso alegato científico, donde Darwin es el abogado defensor. A cada momento presenta pruebas a favor de su causa, a cada momento saca conclusiones. Se detiene al llegar al hombre, la última especie animal conocida, sin por ello dejar de indicar la filiación. Entrar al tema de cómo el ser humano fue sacudiéndose del pasado animal, no es problema de Darwin, otros deberán tomar el relevo en los estudios. Y bien, lo que sigue es asombroso. En menos de cien páginas, un no especialista, autodidacta alejado de las universidades, cuya actividad central transcurre entre atender una empresa mercantil, hacer política, soñar con la dialéctica de la naturaleza y mantener a un amigo que admira y a su familia, deja planteado el proceso de hominización en opúsculo inconcluso.

Ese hombre es Federico Engels. Y ese texto, que él mismo consideraba secundario, se titula “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”. Desde luego, su terminología no es la vigente ni tampoco incursiona en los aspectos debidos a la Antropología cultural. Engels muere en 1895 y esos temas hay que buscarlos bien avanzado el siglo XX en Lévi-Strauss, Boas, Margaret Mead y otros. Pero el fenómeno de interacción a la base planteado pioneramente por Engels sigue vigente, aun en el caso que no se esté de acuerdo con el autor. Su texto es rescatado por los evolucionistas del siglo XX, Vere Gordon Childe a la cabeza. Como así por Bruce Trigger y otros, entre quienes destaco a Eric Klamroth. Éste trabajó en la Escuela Nacional de Antropología e Historia de ciudad de México y, encontrándose dedicado a investigaciones de campo en Sudáfrica, murió en accidente carretero en 1985 cuando contaba treinta años y ya era un científico que aunaba rigor con experiencia. Su tesis doctoral recepta ampliamente las ideas de Engels.

Veamos entonces los factores sobresalientes dentro del proceso de hominización. Uno de ellos, la posición erecta, tal vez el primero de los cambios evolutivos y que, al ocurrir, deja libres las extremidades superiores. La mano pasa a ser el multiusos al manipular los objetos, y en particular las herramientas, al punto de que “no sólo es el órgano del trabajo, sino producto de él”, escribe Engels, quien suscribe la tesis de que “la función hace al órgano”. A la vez, ya el fabricar las herramientas requiere un mejor y más preciso lenguaje, la necesidad de comunicarse entre sí los miembros de la horda se incentiva, es preciso coordinar actividad laboral y actividad cotidiana. Es de suponer que desde entonces el lenguaje evoluciona de gutural a articulado. Además, las herramientas, transformadoras del entorno según un previo plan que se formula la mente, requieren de una nueva racionalidad. Y ella necesita de un mejor cerebro, al cual hay que hacerle lugar ampliando la capacidad craneana.

Un desarrollo donde la ingesta de carne cumple la función de nuevo recurso alimenticio (proteínas animales) específico para otorgar la materia prima necesaria a ese cerebro en crecimiento. Así, posición erecta, liberación de brazos y manos, fabricación y uso de herramientas, lenguaje, empleo del fuego, dieta alimenticia, capacidad craneana, cerebro en crecimiento -y cada neurona que éste se agrega implica un beneficio general para el manejo del cuerpo-, son inéditas adquisiciones y aparecen como elementos interactuados de un conjunto que culminará en el hombre.

Naturalmente, hay más. Alimentación carnívora a su vez se recombina con control y aprovechamiento del fuego, lo que lleva a cocer la carne, haciéndola más digerible y readaptando gradualmente el tamaño de mandíbula y piezas molares, que se reducen. Ni qué hablar de los cambios anatómicos con motivo de la posición erecta, particularmente en los huesos. Y el bípedo caminador no tarda en fabricarse no sólo herramientas, sino armas, lanza, arco y flecha, asegurando su defensa, caza, y pesca con elemental arpón. A estos factores hay que agregar el entierro de sus muertos. En una palabra, la nueva cadena anatómica y psicofisiológica produce un ajuste en el cuerpo del primate y una revolución en su conducta. Y esa cadena y esa revolución y ese conjunto de elementos interactuados, es el hombre. Quien sea el o los antecesor(es) animal(es) ha(n) sabido dar una buena respuesta al reto de adaptarse o perecer. Mamacita Naturaleza ha procedido al examen de calidad del producto y ha resuelto aprobarlo. He aquí el nuevo modelo, ya no del año sino de los varios millones de años, listo para emprender su carrera sobre la faz de la Tierra.

Ah... aquella vez Dios, furioso, expulsó a Eva y Adán del Paraíso, desterrándolos a la Tierra, apostrofando al segundo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Así es, Dios lo conminó: ¡A trabajar, basta de holgazanería, sólo ha servido para que tengas malos deseos! Quién hubiera dicho que el Altísimo iría con el paso de los siglos a coincidir con el comunista Engels, quien escribió en el opúsculo citado: “condición básica de toda la vida humana, el trabajo, hasta cierto punto, ha creado al hombre mismo.” Tal vez no faltará quien pegue el brinco y exclame que también los nazis participaban de esta valoración, que a la entrada del campo de exterminio de Auschwitz, se leía: “Por el trabajo seréis libres”. Así estuvo escrito pero, lo siento mucho, así se lee: “Vosotros que entráis, abandonad toda esperanza”, al igual que a las puertas del Infierno de Dante.


PARTE DOS

Y bien, tuvimos un encuentro con Darwin, quien nos presentó a las especies animales en general, y de ahí partimos a particularizar una, esto es, el proceso de hominización. Estamos hablando del hombre de la horda, esencialmente nómada. Cuando se resuelve pasar a sedentario, cautivado por la posibilidad de domesticar plantas y animales, entramos a considerar un nuevo ciclo de desarrollo. En este punto el relevo lo toma Lewis H. Morgan, quien asocia la pauta evolutiva a factores cada vez más sociales, entre ellos las relaciones de parentesco y la división del trabajo por géneros. Su libro “La sociedad antigua” (1887) será glosado y ampliado en sus conclusiones por Engels en su trabajo titulado “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Morgan es considerado uno de los fundadores de la moderna Antropología. Y con su aporte, estamos a la puerta de las civilizaciones, unos diez mil años atrás. Se cierra entonces el periodo que abarca la Antropología.

¿Y por qué el siglo XIX resultó tan “antropológico”? Ante todo, recibía el aire refrescante de la anterior centuria. El siglo XVIII “de las luces” puso al oscurantismo en retirada en Europa occidental, y en Estados Unidos cooperó a crear una corriente de libre pensamiento. La revolución industrial a todo vapor, las burguesías pioneras reclamaban espacios para el progreso de las ciencias y tecnologías, dentro del marco de la democracia republicana. El hombre nuevo, de raigambre renacentista, pedía explicaciones, iba de más en más preguntándose por sus orígenes, por su identidad. Fue necesario retroceder hasta dar con las especies animales antecesoras. Allí donde se abrió el proceso de hominización, demandando saber cómo fue que somos lo que somos.

Y las interrogaciones del hombre a sí mismo no cesarán hasta lo más reciente, el noticiero visto hace un momento en la tele. Pero cerrado el ciclo de hominización, así se considere que provisoriamente, la historia posterior de un “hombre socializado” agrupándose en tribus y más tarde en pueblos, el nacimiento de las civilizaciones, todo eso es ya “otra historia” que deja atrás a la Antropología. ¿O simplemente cambia de nombre para llamarse Historia pues qué es la Antropología sino la Historia del hombre primitivo y de sus orígenes?

Existe gente que se tortura con la cuestión de saber cuál es nuestra diferencia con el animal. La sociobiología sostiene que no la hay, que rige la continuidad. Intelectuales brillantes han sugerido diversos factores que harían la diferencia. Entre ellos, Albert Camus, escritor de gran predicamento en los años de posguerra, cuya obra narrativa y teatral retoma eternos grandes temas del hombre: la muerte, el suicidio, el absurdo de la existencia, su falta de sentido. Un libro en especial le ha sobrevivido, su novela “El extranjero”, con algo así como diez millones de copias vendidas. Murió en 1960, de resultas de un sospechoso accidente de carretera, como lo señala William Styron, el escritor norteamericano, él mismo tentado de acabar de una vez con todo.

Albert Camus, autor de textos de reflexión trascendente como “El mito de Sísifo” y “El hombre rebelde”, ha indicado que el animal no se suicida. Una pareja de delfines viviendo en estanque, desmiente al intelectual. Bruscamente separados, la hembra, desesperada, se arroja una y otra vez contra las paredes hasta darse el golpe de muerte. Hoy manejamos un volumen de información sobre el mundo animal varias veces mayor al de medio siglo atrás, en tiempos de Camus, y la Etología, disciplina que estudia la conducta de las especies, cada vez tiene mayores pruebas de que el reino animal es “más humano” de lo que se creía y estamos hablando de los salvajes, no de las mascotas hogareñas.

Y luego, durante los millones de años del proceso de hominización, hubo tiempo para las adquisiciones base. El hombre deja de ser mero recolector y pasa a depredar su entorno. Antes, debió hacerse de la posición erecta, tras el objetivo “anfibio”: no abandonar los árboles, refugio y provisión de frutos para el primate, ampliando a la vez el radio de acción al echar a andar por los suelos sobre dos pies. La cuestión quedaba puesta a la orden del día cuando, en determinadas áreas boscosas, el alimento comenzaba a no encontrarse y era necesario emigrar, costumbre frecuente en las especies animales, desde las mariposas a los elefantes. Pero ¿qué ocurre con el primate? Es un torpe caminador, y urge un bípedo. Aquí, como señalamos, la selección natural es reina y ordena: te conviertes en bípedo o te extingues como especie. El cambio originario pudo operarse en la naturaleza vegetal y boscosa -probablemente una sequía prolongada- e impuso el cambio consecuente como respuesta de los primates herbívoros. Y en esto no hay excepciones, recuerden los bichos prehistóricos, los dinosaurios, enormes, al parecer invulnerables, adónde fueron a parar: al tanque de gasolina de los carros.

Sin contar el otro aspecto: la posición bípeda, al liberar la mano, multiplicó los poderes del hombre primitivo: tanto blandía un palo para la defensa o el ataque, como hacía girar una astilla para hacer fuego o daba forma a un instrumento cortante fabricado en piedra, destinado a diferentes usos, entre ellos despellejar de modo más eficiente las presas de caza, lo que antes hacía a dentelladas, tantas tareas podía encargarse a la mano. El primate de los árboles fue cada vez más haciéndose un habitante de los suelos.

Un buen número de rasgos distintivos de la vida grupal como el líder y la división del trabajo según géneros ya existen en la naturaleza, veamos otros casos: las sociedades de insectos plasmada entre las abejas, termitas y hormigas, o los pájaros y sus nidos, o bien la fabricación de herramientas -en el amplio sentido de la palabra- por parte de los castores, sus represas calculadas como un ingeniero lo haría, según corrientes de agua, resistencia de materiales, etcétera. Claro, surge una diferencia. Los animales repiten sus trabajos “desde siempre”. Entre la abeja fósil de hace ochenta millones de años y la de hoy, anatómicamente sólo se constatan variaciones menores. Continúa pues siendo arquitecta de un modelo de panal cuyos planos hereda desde tiempos inmemoriales y cuyo descubrimiento maestro ha sido la celdilla hexagonal, que optimiza el ahorro de espacio y la resistencia del material de construcción empleado. Pues bien, lo que en el animal es parálisis si los cambios externos no lo ponen en jaque, en el hombre es afiebrada compulsión creativa. Todos los hijos de Mamacita Naturaleza trabajan. Pero lo hacen con estilos diferentes.


PARTE TRES

Y la fraternidad humana, nacida al seno de la horda, hija, ella también, de la necesidad. Cada miembro del grupo adquiere un valor social frente al resto. Ocurre con motivo del trabajo y sobre todo en la batalla por sobrevivir. Cada quien es una unidad, no a secas sino de signo positivo, el aliado contra el medio hostil. Si cae en manos de otras hordas o de los animales feroces, su muerte es sentida como la pérdida del compañero, unidad de signo negativo, uno de menos al seno del grupo.

Las tumbas del hombre primitivo nada tienen que ver con las de nombre, apellido y leyenda “ad hoc” de nuestros cementerios, sino más bien con la tumba del soldado desconocido, dado de baja en acción de guerra sin importar de quién se trata, estuvo con nosotros en la trinchera y ya no contamos más con él. Y la guerra contra el medio hostil de hace varios millones de años impresiona dándose en dos escalas. Como crónica, es de baja intensidad, en fase aguda un bando extermina al otro. Es la horda bregando contra el hambre, por el uso de las fuentes de agua dulce, etcétera. En esas condiciones, la pérdida del aliado es sentida con fuerza al seno de ese colectivo trashumante. Se rinde entonces homenaje al muerto, su sepultura es una ceremonia. Tumbas del hombre primitivo, donde se dejan utensilios que continuará necesitando, dan al muerto una segunda oportunidad. Porque el hombre primitivo no se resigna a la desaparición de su aliado y su rebeldía pone los cimientos de las futuras religiones. Lo que no se comprende del entorno, sea la muerte, sea el rayo o la sequía, se vestirá con una representación contrastante que mucho después se llamó “los dioses”. A la vez, la pérdida del aliado despertará la conciencia de sí. Lo que a él le pasó me sucederá a mí tarde o temprano, será al cabo la conclusión de la mente primitiva.

Cuando tratamos de los factores de base que concurren al proceso de hominización, estamos tentados de decir, a la luz de la Etología: sucede igual entre los animales, sólo que en el hombre más. Sí, más de lo mismo. Y si somos hegelianos, llegar a la conclusión de que tales aumentos cuantitativos darán a cierta altura el salto cualitativo, y eso es el hombre. Como esquema no está mal, sólo que a menudo no es verificable. La represa de Assuán en Egipto ¿supera a las construcciones de los castores? Un jet ¿es más seguro en el aire que un águila? Las sociedades de insectos ¿por qué no se basan en la propiedad privada? ¿Y cómo se explica que les rija un sistema de división del trabajo donde a los soldados no se les ocurre tomar el poder, a los obreros hacer huelgas y a cualquier ciudadano reclamar participación y democracia?

Por mi parte, la idea es la siguiente. Los factores (elementos) del conjunto llamado “proceso de hominización”, si son tomados uno por uno, no se revelan como la condición necesaria. Ahora bien, la posición erecta y la liberación de las manos cumple ese rol “sine qua non” cuando se trata de desencadenar el proceso y, una vez adquirida, da paso a las herramientas como agente del trabajo, la herencia son las manos libres para manejar herramientas. El trabajo se mantiene luego a todo lo largo del proceso y hasta hoy, algo averiado por la automatización, que ya amenaza con darle los adioses. Tal vez pueda ser considerado como condición necesaria (aunque no suficiente) pero las réplicas que tiene en el reino animal le restan especificidad. Cada acción de cada individuo de cada especie así lo revela. Una abeja tomando vuelo, que lo emprende por necesidad, es decir, la búsqueda de la materia prima para fabricar la miel o la cera, o bien un león en actitud de olfatear la próxima presa, se “están tomando el trabajo”. La naturaleza es un inmenso taller, el hombre no está excluido. Así, argumentar que el trabajo es la condición necesaria del proceso de hominización es tan general e inespecífico como atribuir ese rol al alimentarse. En cambio, el cierre del ciclo del trabajo, su licenciamiento en bien de la automatización, sería noticia a registrarse como aporte de lo cultural, la capacidad del hombre para poner en marcha una maquinaria que sólo necesite del control, ya no ser accionada continuamente.

¿Entonces...? Las diferencias, más bien las observo cuando el hombre está en vías de coronar su presencia en la Tierra. Es la cultura, “su” cultura, levantando ciudades, aplicando tecnologías de punta para todo, el desplazamiento sobre la superficie de la tierra y bajo ésta, y por mares, aire y espacio exterior, desarrollando las artes y la guerra, las bibliotecas y el crimen ecológico. Este hombre, minado por sus contradicciones internas, recorre el largo camino que arranca de cuevas. No me refiero a las de territorio afgano donde presumiblemente se preparó un operativo a cumplirse en sus antípodas, contra las Torres Gemelas de New York. No, se trata de otro largo camino que arranca en las cuevas del hombre primitivo y viaja en el tiempo para un día levantar las Torres Gemelas y al siguiente demolerlas. Pues ambas son acciones del hombre, tan profundamente enemigo de sí mismo, este ser a punto de crear vida con sus manos mientras se especializa en autodestrucción, marcando, respecto de las otras especies, el dominio de la ruptura sobre la continuidad.

Y el punto de partida está en las tumbas primitivas. “El hombre es el animal que entierra a sus muertos”, nos indica el antropólogo Louis-Vincent Thomas. Para que esta observación no quede en lo anecdótico a la manera Camus, no estará mal preguntarse por su trascendencia.

Ante todo, en el tiempo. Por lo menos desde cien mil años atrás, el hombre viene ininterrumpidamente practicando la ceremonia del enterramiento, sean las tradicionales tumbas, sea el abreviado dar destino a las cenizas, muy propio de estos tiempos de apurones. La permanencia de la ceremonia llama la atención. Luego, por algo las religiones -y citaré la católica- se asientan sobre el hecho de la muerte y del miedo que ésta inspira: “memento mori” es el latinazgo de “recuerda que has de morir”... ya verás, ya verás cómo arreglarán cuentas contigo. Para el hombre primitivo ese “después” tras la pérdida del compañero comenzó también a preocuparlo: el muerto dejaba de hablar, se enfriaba, perdía todo movimiento, empezaba a oler. ¿Hay alguna manera de recuperarlo y también a mí cuando mañana me toque el turno? E inventa la ceremonia del enterramiento donde el muerto sigue viviendo rodeado de utensilios necesarios y bajo tierra, donde yo no lo vea y mi imaginación quede libre para hacerlo viajar, ahí está el detalle, el detallito que las religiones harán suyo y reelaborarán a la medida.

La muerte -y en ese marco entra el hecho del suicidio- es la negación de la vida y por eso mismo lo más importante. Tal testimonian las pirámides que se levantan en el desierto de Egipto. Calificadas como una de las siete maravillas del mundo, resalta su solidez como desafío al tiempo y, tumbas reales, de faraones como dioses, reiteran la pregunta: la muerte ¿da sentido a la vida o se lo quita? Todavía no nos hemos puesto de acuerdo, un día pensamos una cosa, al siguiente otra. Esa preocupación, muchas veces callada, y ese desconcierto ha permeado nuestra cultura. El hombre teme a la muerte y la ha problematizado o bien todo lo contrario, la ha hecho banal. Nuestros ancestros subidos a las copas de los árboles, no temen a la muerte y la aceptan cuando llega naturalmente, tras la vejez. El hombre, lejos de resignarse, la ha fabulado. Hoy ya no deja utensilios junto al muerto, sino que edifica iglesias y catedrales, inventando las historias más complicadas para diluir el miedo a la muerte, neantizando a ésta: hay una vida eterna para quien la merezca -y nosotros, los sacerdotes, diremos de qué manera lograrlo.

Por ahí, a mi entender, hay que buscarle. El hombre ha llegado al extremo de convertirse en “workaholic” -literalmente: “alcohólico del trabajo”- palabra de aplicación universal que ve la luz en inglés, se diría especialmente encargada para la sociedad estadounidense, y que al idioma mexicano traduzco como “chambadicto”. Así, el trabajo es contaminado en dosis cada vez mayores por la neurastenia del mundo de hoy. Y ésta pertenece a la cultura humana, cuyo desarrollo y autonomía respecto de los factores de base que la hicieron nacer, es tal que, en sumo grado de paranoia capitalista, no ve otra cosa que la ganancia: abate bosques, desata guerras, envenena tierra, agua y aire, fabrica armas de destrucción masiva y las agita amenazadora, recordando que por dos veces fue arrojada la bomba atómica, después de crear los campos de exterminio bajo los nazis... nada de esto encontramos en el reino animal, es propiedad de la cultura humana. Hemos ido tan lejos en la específica formación de nuestra identidad como especie que ¡por fin surge la diferencia buscada y lo hace en términos de cultura!



PARTE CUATRO

Ante este panorama no es de sorprender que la actividad humana, volcada a la destrucción, salga fuera de sí a la búsqueda del sentido de la vida y de la muerte que le pone fin, eje alrededor del cual gira el hombre tan desconcertado como aquellos primates lo hacían ante el monolito negro del filme comentado al comienzo. Es lo desconocido, su presencia a cada paso. Viktor Frankl, psicólogo y escritor de quien puede decirse que “vivió la muerte” en un campo de exterminio nazi, es creador de una escuela psicológica del “logos”, donde aborda estos temas.

Y así, el hombre se interroga: ¿vale la pena vivir para que luego todo sea aniquilado? Es el discurso de Mefistófeles ante Fausto, los dos personajes de Goethe, cuando está en tratativas para comprar el alma al segundo. Y es el discurso adoptado por Camus: “Si nada permanece, nada está justificado; lo que muere está privado de sentido.” Y es a un tiempo cuestionarse sobre la vida: debo cada día decidir si la acepto, y es aquí donde se inserta el tema de Camus: el suicidio es la única libertad del hombre, claro, si es visto desde el ángulo individual. Es decir, una cuestión de relojes, no la meta de derrotar a doña NOOjos, sino de adelantar la hora de su visita, cambiándole desconsideradamente el calendario. No te tenía agendado, tuve que salir volando al escuchar el balazo. Y bien que esos apurones le disgustan a doña NOOjos.

En una palabra, el animal vive, el hombre acepta vivir. Es una diferencia originada en la cultura, que en nuestras sociedades ha crecido sin pausa y desmesuradamente, generando la ruptura con el mundo animal, al cual, sin embargo, se conserva apego en el desván de las neuronas para reforzar los arranques de violencia ciega. Un regreso a ese pasado, el de “mata para comer y no ser comido”, ha sido muy útil en todos los tiempos para dar ímpetu a los soldados. Así, el vivir es una propuesta a la cuál se deberá responder en términos de sobrevivencia o de autodestrucción.

Sobre esta última conviene destacar que se encuentra más generalizada de lo que se cree, adoptando formas individuales muy distintas entre la plena conciencia y la falsa conciencia. Paso a recordar algunas. El clásico “fast track” del balazo, la soga o el arrojarse al vacío. La sobredosis tan de moda, que a último momento nos deja una rendija abierta para dar marcha atrás optando por el urgente lavado de estómago. El suicidio vía lenta de la droga (incluyo alcohol y tabaco) o de la obesidad, todos en grado de adicción, incluso a la comida. Por imprudencia deliberada (conducir en copas, sexo casual sin uso del condón). El dejarse llevar a cuadros de depresión proclives a la caída de las defensas inmunológicas. La anorexia nerviosa y la bulimia. El daño físico en actitud de odio hacia sí mismo, cuyo último acto autodestructivo es el suicidio. Etcétera.

Casos y casos donde se ejerce la facultad de cortar la vida de un tajo o de aportar los medios para quitarle años poco a poco como lento veneno. La multiplicación en el número de casos y la diversidad de éstos, la mayoría encubiertos, vergonzantes, o avanzando y retrocediendo por miedo al fin que se desea anticipar, hace que la pregunta sea ineludible: ¿Habrá entrado el hombre en vías de extinción y esa proclividad a la autodestrucción será el signo aberrante que denuncia la caída de la especie? El lector, esta mañana al levantarse ¿notó que le había crecido una cola? Mamacita Naturaleza, luego de habernos admitido a la escuela de las especies animales como alumnos avanzados ¿nos habrá reprobado en algún examen posterior? Convictos de crimen ecológico, no sería nada difícil.


CONCLUSIONES

El animal recibe la vida sin cuestionamientos, como don, como mandato indistinguible de su misión en tanto especie: el pato vive para ser pato, el primate para ser primate. No sospechaba éste que tras él veníamos nosotros. En cambio, el hombre no vive para ser hombre sino para la trascendencia. Divorcia el hecho de existir de su misión como especie, reclamando saber del doble más allá. Quiénes lo seguirán en la evolución, para qué nuevos seres cósmicos el terrícola hace de primate. Y qué le ocurrirá como individuo después de la muerte. Vanidoso desde que probó del fruto del árbol de la ciencia, pretende, a la manera de Dios, conocer los últimos secretos de la Tierra y del Cielo. Y recién entonces decidirá si la vida vale la pena o no de ser vivida.

Para eso ha servido al hombre su cultura, incapaz de asumir los millones de años que lleva sobre el planeta, de reivindicar la identidad que le brinda su pasado. Cuando las piernas se centuplicaron montando a caballo. Cuando el caballo se centuplicó al sentarse el hombre al volante del automotor. Cuando el automotor se centuplicó al decolar el pájaro mecánico. Y este bípedo, descendiente de primates, renuente a tomar una acorde perspectiva futura, sin contar el enfrentamiento entre las distintas lecturas posibles del pasado... ¡Jesús! ¡Mahoma! ¡Buda! ¡Moisés! Para finalmente, ironía de ironías, la Historia nos caiga con una inesperada salida. Pero son los riesgos de la empresa de vivir y ahí es donde el hombre flaquea.

¿Somos la vanguardia universal de la evolución o somos una especie animal más?

Quién sabe, las generaciones se suceden al seno de la especie para la continuidad sobre el tercer planeta del sistema solar, es nuestra certeza. Todavía no ha cerrado la fábrica de semen, tampoco ha cerrado la fábrica de ideas. Semen e ideas, todo cuanto hace falta. “El hombre se hizo a sí mismo” tituló uno de sus libros el antropólogo Gordon Childe. Y él se deshizo a sí mismo cuando se suicidó. “Cómo el hombre se hizo gigante” es otro título de un libro de Ilin, de divulgación en estilo narrativo. Pero si ese gigante va a asolar el planeta consumando el crimen ecológico, uno llega a preguntarse si habría sido preferible que no creciera y no se multiplicara.

Sin embargo, está escrito que se nos dijo: “Creced y multiplicaos”, tal el doble mandato y el hecho consumado. Ya qué. Por lo demás, valía la pena. Con todas sus implicaciones. Nada bueno se prometía a la humanidad desde que los primeros nativos de la Tierra, de padres inmigrantes, los hermanos Caín y Abel, inauguraron la relación fraternal con el crimen. Nada bueno, y tal fue desde entonces, nada bueno. Así, el presente, puestos en la sucesión de nosotros mismos. ¿Estamos dando los últimos pasos de una especie que ha entrado en vías de extinción? Si tal fuera, valdrá la pena ese futuro, recorrer el final puesto que se estuvo en la aventura desde el comienzo. Por lo demás, me he fijado bien, no me ha crecido ninguna cola. Todavía me falta mucho por hacer en el macrocosmos del sistema solar, y más allá. Y mucho que hacer en el microcosmos de la molécula, de la marcha indefinida hacia el 0 absoluto de las temperaturas, allí donde la gravedad es una traviesa, y del átomo, y de las partículas elementales. Mucho, sí, me falta por hacer. Por descubrir, por viajar, por un pasaje al mundo real de los sueños y al mundo soñado de lo real. Que nada, que nosotros mismos, no seamos quien lo impida.







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