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Todo niño es artista. El problema radica en que siga siéndolo cuando crece.
Pablo Picasso



De un artista se espera que sea genuino. El artista es el único que puede ser verdadera y fatalmente genuino. Y en esa lucha por ser real, es ingenuo. Su esencia real lo lleva a la ingenuidad más pura. Todo le sorprende, todo parece tomarlo desprevenido. Las mínimas cosas que suceden a su alrededor toman un cariz extraño y novedoso. Las nubes tienen otros significados, múltiples significados; el ruido de los motores en las veredas o de los pájaros en los árboles resignifican, para él, toda la realidad; el abrazo entre los hombres, un saludo cordial, el vandalismo más cruel, el suave gusto de una comida en la mesa, todo, es una fuente de asombro.

El artista camina en las calles sin saber qué puede asombrarlo ese día. Y ante los sabios de informes y papeles se muestra ingenuo. Escucha con atención y se cree ignorante. Y de esa ignorancia nace su mayor arma: la de vivir constantemente siendo real. Todos le piden a gritos, a esos raros, a esos locos, a esos perdidos, que sean genuinos, es decir, que sean eso que ellos mismos quieren y pueden ser y no se animan. Y una vez que el artista logra sacar su forma más real, su forma incontaminada, los que dudan en el miedo luchan por quitarle la esencia de eso mismo que él es, como si criticándolo o pisoteándolo un poco pudieran de alguna extraña manera redimirse de su estado de muchedumbre reprimida. Les resulta sabroso juzgarlo a viva voz o en calladas miradas amistosas.

Esos otros se rige por patrones; por diálogos infinitos asentados en supuestos sociales que el Dios satánico del asfalto les dejó para divertirse. Y en ese chiste macabro se olvidó del artista. No supo bien qué iba a pasar si un pequeño ser humano algún día se perdía unos minutos observando distraído, pero atento, el verdín del piso, o las piernas de los caminantes o, el teatro de las falsas sonrisas. No creó supuestos para esos detalles porque esos detalles, en sí mismos, crean religiones; otras religiones que no necesitan el cemento del templo ni las plegarias que en la repetición igualan a los hombres. Esos detalles (las pequeñas grietas del chiste) los sufren el hombre o la mujer que pretende hacer un colibrí de una rama, o de una jarra una poesía para que, luego, los que por miedo se pierden digan “qué lindo” y sigan viaje en su comodidad de pequeños autómatas.

Un hombre se compra una pintura que hace juego con los sillones, un joven lee a Poe mientras se mensajea con su novia. Las personas, cada vez más, se conforman con la materialidad de las cosas. Como dijo Octavio Paz en El Laberinto de la soledad: “El progreso ha poblado la historia de las maravillas y los monstruos de la técnica pero ha deshabitado la vida de los hombres. Nos ha dado más cosas, no más ser”. Los padres del detalle lloran en rincones impensables el ultraje, y entienden que ser artista es sentirse más cerca del desastre; es estar, con todos sus sentidos, más próximos a lo que tiene de catastrófico una puesta de sol, la violencia de las olas en el mar o el ronroneo de un motor bajo un semáforo. Ser artista es, ante todo, ejercitarse en llorar catástrofes. Y cuando sale a la calle y ve los límites nefastos de la religión del mundo: los niños sin zapatos, las ancianas tumbadas en las veredas, los hombres pidiendo un poco de religión con sus manos, se da cuenta que su existencia tiene un sentido acotado. El descuido de ese Dios no es nada. Y lo sabe porque el mundo seguirá rezando las mismas palabras: el hombre se comprará la pintura que haga juego y el joven leerá a un Poe pasatista. El mundo, seguirá los diálogos y los patrones pensando siempre a futuro, pero un futuro demasiado personal, como si lo único que importase fuera respirar y sobrevivir en esos patrones de alguna manera. Y nadie será ingenuo ni real. Nadie se sentará un momento a mirar el verdín o a pensar en la jarra. Bloqueadas las mentes con papeles y cosas impuestas, se terminará por hacer de sus vidas fechas límites.

Pero hay otra cosa que el Dios del suelo no previó: cómo terminar el chiste; cómo hacerlo desaparecer para volver a -o reinventar- un estado de cosas. Aturdido por su propia religión de parámetros y principios estrictamente coordinados, el timón se le hizo ingobernable y ahora la tormenta es cosa ineludible; el hundimiento es el obstáculo insoslayable, o quizá sea, justamente, el término del chiste. El Dios ya no se ríe, porque detrás de esos seres burlones, juiciosos, serios, amargados o plásticamente felices ve la catástrofe, esa misma que sacude al artista en su llanto eterno e inservible. Y comprende que ya no hay miradas pesimistas sino realidades demasiado comprometidas. Sabe que pronto, ese mundo, esa creación profana y destruida, hará fila en el cementerio de planetas: detrás de un Saturno, o un Júpiter o un Neptuno. El último bastión de su universo de diversiones se disolverá en el recuerdo. ¿Y cómo pedirle al artista que haga su arte? ¿Cómo decirle que escriba, o haga música, o pinte, o baile, o actúe? ¿Cómo rogarle que siga siendo genuino e ingenuo si el mundo se le cae a pedazos y los ocupados hombres piensan en banalidades que él mismo, ese Dios, les puso delante para divertirse un rato?

Pero el artista, ingenuo y eterno, continúa buscando lo inhallable. Solo, sin compinches quizá (porque ya no hay: los supuestos sociales se los han tragado) recrea en su mente un mundo imaginario; un nuevo lugar que albergue a todos esos seres cegados por el conformismo. Sabe que no entenderán las metáforas, aunque son tan capaces como él de entenderlas. Sabe que buscarán ídolos e imágenes, y pondrán en líneas paralelas sus logros materiales con el de esos "gigantes del arte" (rótulos infames, vanidosos y sin sentido que los otros siempre emplean) creyendo que ellos llegaron a algo; algo que no es más que la pseudo-inmortalidad de la fama de ese mundo material. Los otros querrán parecerse al artista. No por el arte (su adultez se ha tragado a su niño maravilloso, y con él la fuerza artística) sino por la apariencia del ganador, del brillante. Lo que ignoran con la misma ingenuidad del artista es que esos “gigantes” no llegaron a nada y nunca podrían llegar a algo. Porque se trata de algo más básico, algo más poderoso y hasta sublime: fluir, devenir, ser en profundidad, disfrutar día a día con una eterna exploración. A todos les gustaría ser escritores o músicos o directores o actores o bailarines, o al menos expandirse creativamente, porque en el fondo ellos también sienten la catástrofe y en su manera esquelética de mirar la existencia, piensan que con decorar sus nombres en la fama de un mundo material, sin espíritu real, estarán alcanzando una forma de sobrevivir a la debacle. No se dedican a ser reales. Se dicen a sí mismos -sin palabras- que ya no pueden.

Por eso el artista los mira con extrañeza e increíblemente los ama. Los ama como se ama a una persona a la que se trata de entender; con ese gusto amargo que sólo trae la falta de comprensión y la lejanía, pero con un profundo sentimiento de realidad. Los ama por sobre todas las cosas porque rescata de sus esencias la ingenuidad que a él mismo lo lleva a querer hacer tambalear los supuestos sociales, situándose, una vez y para siempre, en las puertas del desastre. Entiende que ellos son tan artistas como él, pero no se dan cuenta. Y ve en ellos al niño muerto: todos viven con una muerte en sus pasos.

Cada uno de nosotros, como dice Picasso, nació artista, pero por alguna u otra razón, logramos derrotarnos y hablar, equivocadamente, de talentos y genios, incluso de artistas y "no artistas", perdiéndonos en rótulos y en jerarquías (siempre enemigas de lo real). Nada de eso existe. Ser artista es, ante todo, ser reales con nosotros mismos. Algo que la adultez, alejada ya de la fuerza infantil, logra robarnos.





(Curriculum de la autora)



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