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    Saluti da la Sicilia...

    por Yury Weky



Mientras en Roma son las doce, en Atenas es la una, en Ámsterdam son las tres, en Tokio las ocho, en Buenos Aires son las cuatro, en Moscú las cuatro y media, en Caracas las seis y yo estoy en el aeropuerto de Maiquetía y podría tomar el avión que me llevará a la tierra de los Sículos.

Podría, pero, no me decido.

Por el parlante están llamando: “Pasajeros con destino a Roma dirigirse a la puerta Nº 1” . Reviso imaginariamente mi equipaje de mano: Un grabador portátil, una cámara fotográfica, un abrigo, bloc y lápices .En Europa empieza el invierno. Al llegar a Roma me vestiré con ropa pesada de lana y rápidamente presentaré mi boleto para que de Fiumicino me trasladen al Aeropuerto Nacional y continuar para Sicilia.

El invierno es duro. Sobrevolamos Roma, no hay posibilidad de aterrizar. La azafata informa que iremos a Milano. Yo me angustio porque sé que la familia me espera en Catania.

Catania ahora esta fría, gris, diría que muy fría porque vengo del trópico y el cambio ha sido abrupto. Este frío me taladra y me habla de albur, de retos, de incertidumbre.

La familia me busca y ya en el auto, un Fiat 350, con la calefacción y el calor de los cuerpos empiezo a recuperarme. Quieren saber de la América y durante ochenta kilómetros la conversación me regresa a la patria y la gente que dejé ayer.

Ayer cuando volé doce horas para llegar a la vieja y bien amada Europa. Ayer cuando hice mi equipaje y regalé todo lo que no necesitaré más, ayer cuando seleccioné amigas y amigos para dejarle mis cosas queridas, ayer cuando copié muchas direcciones para no perder el contacto con la gente, ayer cuando hablé de mis planes futuros, ayer cuando dije adiós. Hoy tengo que recorrer muchos kilómetros y atravesar varios pueblos para finalmente residenciarme, hacer mi hogar con Corrado.

En un italiano lento, con matices de español sintetizo las cosas de Venezuela que acabo de dejar.Los oídos me zumban y casi no reconozco mi discurso en esta lengua, ni a mí misma. Tengo que ir traduciéndome, para reconstruirme ante mis oyentes.

Los árboles ennegrecidos, sin hojas parecen de carbón como si los hubiese abrazado un fuego devastador. Sus figuras negras resaltan sobre el blanco de la nieve. Es una imagen desalentadora que me habla de soledad y tristeza. Así me siento aún cuando somos cinco en el automóvil… pienso en los colores de mi trópico, en mi siempre verde.

La familia comenta que este año nevó en el sur y que por eso la gente se recoge en sus casas cerca de la estufa. El invierno reúne las familias y a los amigos. Se cumple el ritual del acercamiento, de la convivencia, de estar en grupo. Los oigo y pienso el invierno recoge el ánimo, adelgaza la voluntad, ensancha la tristeza, alarga la melancolía, pero Sicilia está aquí en el mediterráneo con sus 27. 708 Km. cuadrados y yo estoy dispuesta a quedarme a vivir aquí por amor.

Un hombre o una mujer son capaces de muchas cosas cuando los llena el amor. Es un salvoconducto sagrado para transitar la vida sin agotarse, sin temores al devenir, es como un exorcismo al miedo, el amor que los une hace que el mundo cambie sus colores. El amor, el amor es un camino seguro, es la única posibilidad que tiene el hombre de reivindicarse ante a crueldad de los dioses, de calmar su dolor por la expulsión del paraíso, el amor es un ritual iniciático, es un viaje que hace que el caminar tenga un significado. Todo eso me lo decía interiormente para compensar la melancolía que ya sentía de mi trópico.

Sicilia está fría y envuelta en neblina y yo estoy atontada que no atino a ver nada. Mañana ya veré me digo interiormente, también me digo: ¿Cómo empezaré el día?

Mi vida en Caracas es levantarme, desayunar y leer toda la mañana hasta las doce, almorzar y volver a los libros hasta las cuatro cuando voy a clases hasta las nueve de la noche. Algunas tardes la universidad promueve conferencias o charlas en otras instituciones y entonces conozco otras personas, pero siempre ligadas a la esencia de mi carrera. Los fines de semana voy a galerías, museos, cinemateca. En mi país yo vivo en una ciudad y aquí estaré en un pueblo ¿Me adaptaré?

Cuando llega la vacación vuelo a mi pequeña ciudad a encontrarme con Corrado y entonces reconozco cada calle, cada soplo del viento del llano, cada domingo en el cine, cada baile, cada canción, reconozco sus besos, su ternura y soy feliz. Allá salimos en nuestro pequeño Renault, vamos de visita, al cine, a bailar, a pasear bajo la lluvia, mientras escuchamos música, leemos y luego en una café discutimos nuestras lecturas. Me reconcilio conmigo.

Aquí, muchas dudas me abrazan, muchas interrogantes me acosan. No importa, me digo, estaré bien porque contaré con el amor de Corrado. Ese amor será la muralla con la cual me fortificaré ante los curiosos, será mi puente entre lo que dejé y lo que llega , será el mago que me hechizará para que no sienta el vacío que da la ausencia de los trinos, de los colores, serán las alas con las que volaré para reencontrarme con mi pasado, con todas las cosas vividas que son el piso donde él descansa .

Son muchos los kilómetros desde el aeropuerto hasta el pueblo que haré mío. La familia habla y yo estoy aturdida, esas voces son nuevas y hacen planes nuevos con mi vida. Algo anda mal, no me han consultado y son muchas las decisiones sobre mí.

La oscuridad del invierno y la noche me impiden ver fuera del auto, además he dejado los lentes en el bolso de mano y éste fue guardado en el baúl del carro. No siento a mi amado Corrado. No habla, no me dice nada que me dé seguridad. Va sentado adelante con Enzo, quien conduce y hablan entre ellos. Estoy perdida de soledad.

Yo quiero que él esté al lado mío y que me dé su calor…

Al fin llegamos a la casa. La mesa está dispuesta y realmente no es tan tarde como dice la oscuridad allá afuera. El teléfono repica muchas veces, toda la familia quiere saludarme, hablarme, preguntar por Venezuela, por el tío que está allá, renuente a regresar a Italia.

Después de atender las llamadas voy a la cama exhausta, agotada y con este frío que me entumece el cuerpo. No logro dormir, la sábanas están heladas, el cuarto está helado, el aire está helado, no puedo moverme debajo de las cobijas, son demasiado pesadas y cada movimiento genera una corriente fría que me recorre la piel. Sé que la familia está abajo en el salón y hablan de mí. Están combinándome la vida y ya sé que aquí no seré libre ni de pensar.

¿Qué pasa con él que no sube a hablarme, a consolarme, a calentarme?

He perdido la noción del tiempo, pero no de esta sensación de abandono.

Estoy llorando.

En invierno el sol descansa, su reposo me hace dormir hasta muy tarde. No siento a nadie en casa. Ya casi es el mediodía, pero en mi habitación aún es noche y yo quiero dormir. Oigo el repicar del teléfono, como no conozco la casa no sé donde atenderlo. Prefiero dormir. Mi reloj tiene aún la hora de Venezuela y añoro el sol.

A las dos de la tarde nos sentamos todos a almorzar. Todos hablan en siciliano y yo no logro seguir la conversación. Atrapo palabras y voy sumándolas para hacerme una idea general, a veces vaga de lo que dicen. Creo que planifican mi vida. Voy entendiendo que sólo hablan en italiano cuando quieren que yo participe.

La urgencia para mí es aprender el dialecto o me hundo en estas arenas flotantes, en el mar de las dudas.

Corrado casi no habla, no dice mucho. Parece atrapado en una jaula a merced de sus captores y creo que la responsable soy yo. ¿Hice bien en venir?

Soñamos tanto con estar juntos en Sicilia, hicimos tantos planes y ya tengo días aquí y casi no hablamos .La familia está presente todo el tiempo y tengo prohibido hablar en español. Dicen que si no me esfuerzo no podré asistir a la universidad. Debo expresarme en italiano. Mañana iremos a Catania porque debo presentar un “colloquio in lingua” para formalizar mi inscripción.

Sueño con el día de mañana porque iremos los dos solos y podré abrazarme a él y besarnos. Me hace tanta falta pegarme a su cuerpo y sentir su protección. Allá era mío en las vacaciones, eran mías todas sus tardes, todos sus sábados, todos sus domingos. Nuestras conversaciones eran largas y terminaban siempre en largos abrazos y multiplicados besos. Siempre juntos , apegados a los sueños, a proyectar realidades paradisíacas donde éramos habitantes sólo dos en una unión que sobrepasaba hasta la eternidad.

Aprobé il colloquio pero no estoy feliz. Demostré ante ese extenso jurado no sólo el conocimiento del idioma sino mi cultura general. Eso podría subirme la estima y hacerme sentir bien pero no es así. El viaje tuvo compañía y él está distante. Sólo su mirada es mía. Siento sus ojos azules que se posan con amor en los míos y se que sufre por algo. ¿Hice mal en venir?

¿Qué pasó en la isla con él en estos seis meses que estuvimos separados? ¿Dejó de amarme? ¿Por qué insistió en que viniera? No encuentro respuestas y tampoco el tiempo, ni el espacio para preguntárselo. Nos separa un fantasma, no sé contra quién tengo que luchar…hay una atmósfera, un algo que no sé definir que lo mantiene siempre ocupado fuera de casa y cuando llega somos demasiados los presentes para establecer una conversación.

La familia está siempre atenta conmigo a excepción de Ángelo. Pienso en cuan diferente era el verano pasado cuanto estuvo en Venezuela. Simpático, conversador, siempre invitándome a Italia, siempre compartiendo un paseo, una discusión sobre Europa, la política y haciendo gala de su dominio del latín. Ahora Ángelo me evita, y lo veo malhumorado. Es otro.

Vincenza fue conmigo una amiga protectora, afectuosa, durante todo el mes de agosto, ahora creo que me cela de su hermano y tiene poco tiempo para mí. A todos los veo diferentes y me pregunto si la invitación era pura y simple formalidad … ¿por qué insistieron tanto a que yo hiciera este viaje y solicitara cupo en la universidad de Catania ?

La rutina en casa y en el pueblo me asfixia. Vienen muchos parientes y amigos a saludarme y hacen preguntas y más preguntas. Siento que me expían, intentan ver más de lo que muestro, mis palabras adquieren para ellos connotaciones nuevas que yo no les imprimo, me observan demasiado, esperan actitudes y conductas que no responden a mi modo de ser. Estoy fastidiada.

¿Dónde anda Corrado? ¿Por qué no tiene tiempo para mí? ¿Qué hace durante el día? Lo veo en el almuerzo, conversa poco y sale de prisa. Compartimos la mesa en la cena, vemos la televisión en grupo y luego yo voy a dormir y él queda con la familia. Todas las noches me digo “mañana hablaremos”. Mañana se va alargando y los días se van haciendo mucho más vacíos porque a veces no viene a almorzar o llega tarde cuando ya se termina la cena y sube a su habitación. Ya no resisto este silencio de él mientras la familia habla mucho y me tienen todo el tiempo ocupada conociendo amigos, parientes, recibiendo gente, hablando .

Pronto empezaré clases. Espero que él me acompañe y así hablaremos y planificaremos que va a ser de nuestro futuro. Necesito que me reafirme si lo que va a pasar con nosotros se parece a lo que soñamos. Necesito escucharlo, necesito ver las correspondencias entre su discurso de ayer en Venezuela y su discurso de hoy en Sicilia . ¿Es el mismo Corrado?

Sólo sus ojos siento que son los mismos, su mirada tierna que me envuelve, la dulzura de su mirada …es lo único que todavía nos conecta… pero él ¿dónde va ? ¿Con quién se reúne? ¿Por qué no me habla? Allá en mi país no parábamos de conversar. Nuestros encuentros estaban signados por diálogos y besos, sueños y más sueños, planes de vida en común con viajes, hijos, casa. Una unión eterna y en la eternidad.

Ahora no te encuentro Corrado. Hoy vinimos a la universidad y vino toda la familia a acompañarme. Tu los justificas diciendo que vienen conmigo por amor, que me aman mucho y quieren estar siempre conmigo, que no quieren que me sienta desprotegida, que no quieren que yo me sienta sin familia, que no quieren que yo sienta el vacío de mi gente de Venezuela … yo siento que nos separan , que no nos dejan respirar juntos, que nos invaden, nos sofocan, nos alejan , no nos dan espacio para ser nosotros.

Los planes de futuro que la familia hace no lo hacen contando con nuestras opiniones, no nos consultan y veo que tú asientes a todo lo que digan y yo no cuento. Tampoco siento que en esos planes hablen de nosotros como si fuésemos UNO.

Paseamos por Catania en grupo y la conversación gira sobre su historia. Catania al pie del Etna, a merced de sus erupciones, destruida varias veces por la furia del fuego. Diríamos que consumida por la pasión, por la explosión ardiente de un amador incontrolado. Rehecha por la ternura de la gente. La Catania histórica también está en su origen griego, en sus primeros moradores los Calcis en el siglo VIII y luego en su adhesión al imperio romano en el siglo III. La Catania artística nos la topamos en las catacumbas, en sus edificios antiguos, en la iglesia de San Nicolás, en las carretas antiguas que todavía hoy se mueven por la ciudad, en el viejo castillo Ursino hoy convertido en un museo, en los restos de un teatro griego.

Yo me quedo en Catania y la familia regresa al pueblo. Se acentúa el frío. Estaré en la misma residencia donde vivió María mientras hizo la carrera y yo sólo tendré derecho a hacer una llamada semanal para la casa, o sea a Corrado. La señora de la residencia tendrá mi horario de clases y no podré salir a otra parte que no sea la universidad, tampoco puedo llegar más tarde de la hora prevista, ni traer amistades, ni recibir llamadas que no sean de la familia. Todo lo han decidido por mí. La escogencia de la residencia, el horario, las asignaturas, la ropa que tendré, el hacerme y deshacerme la maleta, la cantidad de dinero que debo gastar en una semana, la hora y día cuando me vendrán a buscar…

¿Por qué me vine? Siento que soy prisionera del fantasma de las costumbres de este pueblo… o de la dictadura familiar. Alrededor mío se ha tejido una red invisible que me apresa y Corrado lo ha permitido… o… ¿él también es prisionero?

He hecho amigos en la universidad y les he contado mi historia. Todos quedan impresionados y quieren ayudarme a que regrese a mi país…

Debo regresar me repito interiormente. No debo permanecer en esta isla que me aísla de él.

No me percato de lo que acontece alrededor mío. Ha anochecido y yo aún permanezco de pie en el mismo sitio. No sé cuánto tiempo ha transcurrido pero alguien dice mi nombre, giro la mirada para encontrarme con una amiga que regresa de sus vacaciones en Sicilia, me pregunta si iré a reunirme con Corrado. No - respondo- me quedo en Venezuela. Sólo vine al aeropuerto a despedir unos amigos. Debo subir a Caracas, ya son las nueve de la noche.

Maturín 1976






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