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La reactivación del Impuesto sobre el Patrimonio viene a demostrarnos, por finalizar la cosa lo mismo que la empezaron, que nuestros ilustres gobernantes y asesores no saben qué hacer con el toro de la crisis, que no tienen ni pajolera idea de cómo se debe desarrollar la economía y la sociedad de un país (aunque la reflexión obligaría a poner más de una interrogante).

No deja de sorprendernos que este gobierno, que tantas veces nos ha jodido nuestros bolsillos o cambiado normas y costumbres con el argumento de que así se hace en Europa o así lo exige la U.E., nos venga ahora con la reimposición de un impuesto que, salvo dos o tres excepciones, está obsoleto y suprimido de todos los países de Europa. Incluso, aquí mismo en España ya se eliminó en 2007 por considerarlo una doble imposición, toda vez que está gravando unos bienes que ya tributaron en su día como como ingresos en el Impuesto sobre la Renta.

El Impuesto sobre el Patrimonio no es otra cosa que gravar los ahorros de personas, en su mayoría pequeños empresarios o comerciantes (aunque también se contarán entre ellos más de cuatro granujas), que tuvieron capacidad de sacrificio para guardar una parte del producto de sus trabajos en lugar de gastárselo en juergas y francachelas. Estos ahorros, guardados en dinero en cuentas corrientes, invertidos en acciones u otros valores, en propiedades inmuebles o en lo que cada uno consideró de su interés, ya tributaron bien sobradamente cuando se generaron, y sus propietarios, dueños de pequeñas empresas, comerciantes, autónomos y otros, todos muy apartados y alejados de las grandes riquezas, hubieron de pagar religiosamente su Impuesto sobre la Renta.

Estos dineros, a los que se supone libre de tasas porque ya pagaron, excepción hecha de guardados bajo el colchón, continúan pagando tributos aún sin moverlos (los Bancos cobran buenas comisiones por apuntes y mantenimiento), invertidos en acciones o valores (IRPF, comisiones, etc.), en fincas o inmuebles (IVA, IBI, IRPF si los arriendas, y algún que otro más), y, por supuesto, cada vez que lo empleas en comprar lo que sea, la comida diaria, un coche, un paraguas o te tomas una cerveza, pues que cada compra lleva aparejada el tributo del Impuesto del Valor Añadido (IVA). Y, aún así, todavía se le quiere pegar otro bocado con el dichoso impuesto que comentamos.

Tendríamos que decir que, al reducir -en parte- la desigualdad y aumentar las arcas del Estado, puede tener algunos efectos positivos -aunque mínimos- sobre el crecimiento económico. Y, sin duda, además de que nivela algo el sistema recaudatorio -toda vez que el IVA han de pagarlo por igual los menos favorecidos y los que más tienen, siendo obvio que para estos últimos su pago apenas supone ningún esfuerzo-, también viene a compensar el mayor aprovechamiento que hacen inversionistas, empresarios y propietarios de mayores niveles de fortuna de todos los medios que el Estado pone a disposición de los ciudadanos en general, y que son pagados casi por igual por todas las clases sociales.

Pero, hay que tener en cuenta que este impuesto puede hacer que los obligados a pagarlo se lleven sus dineros a otra latitudes para evitar su pago. Esto es tan frecuente, y tan de dominio público, que pocos serán los que se queden de brazos caídos a la espera de que llegue el Estado a quitarle sus ganancias. Estos dineros, aunque con bastante menos peso que lo que se llevan los "gordos", irán a cuentas secretas en Suiza, Islas Caimán, Mónaco, Andorra, etc., con lo que el sistema económico de nuestra España seguirá con sus múltiples agujeros.

Ignoro cómo se tienen montado el tinglado entre los verdaderamente ricos y Hacienda, cómo funcionan las leyes fiscales para las grandes empresas, grandes inversionistas y Bancos, pero es obvio que algo no funciona como es debido cuando algún que otro magnate ha reconocido públicamente que paga al fisco bastante menos que su secretaria. Todos estaríamos de acuerdo en que hay que favorecer a las empresas para que inviertan en nuestro país, creen puestos de trabajo y colaboren en el mantenimiento de la economía, pero, de ninguna forma haciendo manga ancha con multinacionales y grandes empresas y exprimiendo al máximo las fiscalidad de los pequeños o medianos empresarios. Estoy convencido de que es extremadamente difícil encontrar y aplicar soluciones que pudieran contentar a unos y a otros, y que no aplicar determinados beneficios a ciertas empresas o inversores pudieran dar al traste con su ubicación o mantenimiento en nuestro suelo patrio, pero, lo que no puede hacerse de ninguna manera es restarle beneficios, incluso hasta quitarle el pan, a esa inmensa multitud de la pequeña y mediana empresa, a autónomos y pequeños comerciantes, o lo que es lo mismo, a los pequeños ahorradores e inversores, verdaderos creadores de la mayoría de empleos en este país, para que se sientan cómodos, a gusto y sin problemas los cuatro grandes de la industria, el comercio y las finanzas.

Los tiros deberían ir encaminados a, primero a conseguir acuerdos reales con todos los países para la eliminación de paraísos fiscales y la concesión de ventajas a capitalista o inversores extranjeros (debería ser tema de primera necesidad en las reuniones del G-5, el G-8, el G-20 y de esas otras en las que ni Dios sabe cuándo y cómo se hacen), y segundo, descubrir a todos y cada uno de los que evaden sus capitales (medios y formas para combatir esta guerra sucia, haylos, y como Vdes. los conocen bien, no me tiren de la lengua) para que los regresen a donde deben estar y colaboren con los gastos de la S.S., la enseñanza, el orden ciudadano y la construcción de las calles y carreteras.

Ya sé que buscar y aplicar una fiscalidad justa y equitativa para todos, hacer que los que más tienen contribuyan y paguen más en lugar de tirar por la calle de enmedio y sacar las perras de nóminas y pensiones -y ahora, de quienes tienen ahorrados dos duros-, es tarea difícil porque se trata de una operación quirúrgica que requiere extrema preparación y habilidad. Nada menos que extirpar un tumor enquistado en lo más hondo del cuerpo social desde tiempos inmemoriales, desde antes que Alfonso X de Castilla escribiera en su Fuero Real lo de la multa de 500 sueldos a aquellos que fornicaran vecina sin ser de "la casa", antes de que Fernando VII mandara a tomar por saco los papeles que firmaron en Cádiz los diputados constitucionalistas, antes de que un General bajito y con bigote acuñara la frase "...Caudillo de España por la gracia de Dios", antes, mucho antes, de que los Padres de la Patria se reunieran en el Paseo de S. Jerónimo y escribieran su carta de 6 de diciembre de 1978, en la que se recoge -magistralmente- todo cuanto afecta a la convivencia, obligaciones y derechos de los españoles, pero en la que olvidaron incluir unas pocas letras especificando que quedaba abolido para siempre el Derecho de Pernada.

Juzguen Vdes. si no es respuesta válida la que refleja el título a los comentarios y pregunta que hace la Sra. Ministra de Hacienda al Sr. Presidente: "Pepeluí, tenemos contentos y en buena armonía a todas las grandes fortunas e inversionistas, pero... ¿Y los demás?




 

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