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Allá arriba donde el planeta se codea con el cielo y la gente se abre paso entre auroras boreales para ir a sus quehaceres cotidianos, las Islas Feroe se equilibran sobre las gélidas aguas del Océano Atlántico Norte. Comadre de países tan disímiles como Islandia, Groenlandia y Escocia, este inverosímil rompecabezas de diez islas verdes y frescas cual esmeraldas suele ser el lugar de vacaciones de Freya, la diosa nórdica de la fertilidad, el amor y la alegría de vivir.

Ahora, en otro país más al sur, el Reino de Dinamarca, célebre en el mundo entero por sus formidables tormentas de hielo, sus patitos feos, sus melancólicas sirenas y sus panes y pasteles y cervezas, se produjo hace algunos años atrás una violenta discusión entre panaderos, pasteleros y cerveceros en torno a la imprescindible y milagrosa levadura.

Los panaderos afirmaban que este producto natural que da consistencia y cuerpo al pan se llamaba dura leva (del latín: duro y levantar); mientras que los pasteleros, seres más intrincados y metafísicos, insistían en las palabras leva y dura (del latín: levitar y durar). Y los cerveceros estaban siempre tan borrachos que no estuvieron en condiciones de presentar una teoría coherente.


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Filósofos, filólogos y lingüistas fueron consultados hasta el hastío por la prensa y la televisión. El debate se expandió por la internet a todos los reinos escandinavos con tanta intensidad y fuerza que satélites y estaciones espaciales cayeron desde el cielo estrellándose contra el planeta.

La producción de pan y bizcochos, cervezas y levadura se estancó durante muchos años. Los súbditos nórdicos salieron a las calles a apedrear sus panaderías y pastelerías y cervecerías; los estudiantes y los sindicatos hicieron monstruosas manifestaciones de protesta destrozando todo a sus pasos y los políticos y la realeza se fueron a vivir a Ibiza.

Y ya no hubo mas levadura o duraleva en los otrora apacibles reinos escandinavos.

Las noticias llegaron a las diez Islas feroenses y a los oídos de Freya. Y la formidable y bella diosa dorada interrumpió sus merecidas vacaciones, viajó inmediatamente al pasado, AD 1491, para pedirle a Cristóbal Colón una carabela prestada. Navegó nuevamente desde El Puerto de Palos en España de regreso a las Feroe. Cargó el navío con toneladas de cubitos de levadura y emprendió su ya legendario viaje desde El Puerto de Thor a través del Atlántico Norte hasta el neblinoso Puerto de Los Comerciantes en la ciudad de Copenhague, capital del reino danés.

Sin tripulación ni escolta, Freya jamás se sintió sola ni amedrentada. Sirenas y tritones la guiaron y le cantaron, y gigantescos moluscos cefalópodos dibranquiales y octópodos de cien metros de longitud se acercaron cuidadosamente a la nave para acariciarla y besarla. La travesía duró cuarenta días y cuarenta noches y en la madrugada del día número cuarenta y uno, una paloma trayendo una ramita de olivo se posó en el mástil del navío. Había llegado por fin al Puerto de Los Comerciantes.


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La diosa estableció inmediatamente sus cuarteles generales al lado de la célebre estatua de La Sirenita. Y con su voz poderosa y su genio violento y brutal ordenó a todos los países nórdicos a callar y venir a buscar la tan codiciada levadura.

Y las multitudes llegaron. Algunos transportándose en tablas relativamente largas sobre ruedas deslizándose con el impulso de un solo pie contra el suelo. Otros en vehículos de cuatro ruedas de tracción animal que se dedican por lo general al acarreo de seres humanos y elementos pesados. También llegaron en máquinas de dos ruedas de igual tamaño cuyos pedales transmiten el movimiento a la rueda trasera por medio de dos piñones y una cadena. O artefactos de cuatro ruedas que pueden ser guiados para marchar por una vía ordinaria sin necesidad de carriles y llevan un motor que los pone en movimiento. Y en aeronaves mas pesadas que el aire, provistas de dos alas, cuya sustentación y avance son consecuencia de la acción de uno o varios motores. O aeronaves de tamaño reducido y gran velocidad destinadas principalmente a reconocimientos y combates aéreos. Incluso muchos llegaron en canastos sujetos a bolsas de material impermeable y de poco peso, de formas más o menos esféricas, llenas de aire caliente cuya fuerza ascensional es mayor que el peso del conjunto. Y también simplemente en botes, canoas, barcos y hasta en gigantescos portaviones.

Freya distribuyó ordenadamente las porciones de la substancia constituida principalmente por organismos capaces de aumentar el volumen de la harina mezclada con agua o hacer fermentar el cuerpo de los elementos con que se mezcla. O sea, la tierna y olorosa levadura.

Panaderos, pasteleros y cerveceros se reconciliaron gracias a la dulce sonrisa de la hermosa Freya. Y los monarcas y políticos fugitivos regresaron tostaditos de sol ibizenco y gorditos de paellas a sus palacios, mansiones y parlamentos.

Y la diosa devolvió la carabela a Cristóbal, y voló de regreso a las Islas Feroe a continuar sus vacaciones.






Ilustración de Maritza Álvarez.




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