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En la tarde noche del pasado día 20, tras contemplar con cierto interés el comunicado por TV de la banda terrorista ETA, me quedé un tanto sorprendido cuando los encapuchados, tras terminar su ya prevista alocución de que abandonaban la "lucha" armada y quedaban a la espera de que los gobiernos de España y Francia respondieran de la forma prevista a los fines políticos que persiguieron con las acciones que ahora dejaban, alzaron el puño y dijeron no sé qué en vascuence para, a continuación, levantándose de sus asientos y puestos de pie antes las cámaras, arrancarse las capuchas y decir en perfecto castellano: "Y, ahora, como definitiva prueba de nuestra intención de acabar con la lucha, nos ponemos todos a completa disposición de la Justicia."

Entonces comprendí que la decisión del Gobierno, perdón, quiero decir del Tribunal Constitucional, con mayoría socialista entre sus jueces, que autorizaba la concurrencia de la coalición Bildu -plan B de la izquierda abertzale más radical-, en contra de todo lo previsto y a pesar de la multitud de pruebas aportadas por la Policía y la Guardia Civil, que venían a demostrar su más que posible relación con la ilegalizada Batasuna, y por ende, con ETA, a las elecciones municipales y forales vascas del 22 de mayo, estaba más que justificada.

Y entonces comprendí la euforia mostrada ante las cámaras, en las casi inmediatas comparecencias en las diversas televisiones, por el Presidente del Gobierno y altos miembros del Partido, de la oposición y de algún que otro dirigente vasco y de la izquierda abertzale, incluso, aunque más moderadas, la de los jefes o dirigentes de otros partidos nacionalista o minoritarios (aunque en éstos, por la sorpresa que se reflejaba en sus caras, se advertía que no estaban al tanto). Las muestras de contento estaban más que justificadas. Se había hecho realidad, y confirmado, el sueño tan deseado y buscado por los políticos de alto rango, y tan trabajado con su dolor y su sangre por todos los que componen las filas de los cuerpos y fuerzas del Estado.

Y entonces comprendí que unos personajes de la política internacional, de la categoría de Kofi Annan, ex secretario general de la ONU, Bertie Ahern, ex primer ministro de Irlanda, Pierre Joxe, ex ministro del Interior francés, Gro Harlemn, ex primera ministra de Noruega, Gerry Adams, líder del Sinn Féin y Jonathan Powell, ex jefe de gabinete de Tony Blair, aceptaran hacerle el juego a ETA y mediar con su presencia y adhesión a sus planes ante los gobiernos de España y Francia. Nada menos que erigirse en representantes de una banda de asesinos sin escrúpulos, no de un pueblo oprimido que lucha contra el sátrapa que los tiraniza, no de soldados o guerrilleros que luchan y defienden con su sangre y su vida unos derechos que les han sido usurpados, sino de viles delincuentes, de criminales que les arrancan la vida a sus propios paisanos, de cobardes sólo capaces de pegarle un tipo en la nuca a un confiado concejal, irrumpir en el despacho de un juez y meterle dos tiros en la cabeza, ponerle una bomba en los bajos al coche de un honrado guardia civil o policía, secuestrar a un honesto funcionario de prisiones o a un empresario que trabaja por y para mayor gloria de su tierra vasca y devolverlos con un tiro en la cabeza o en lo más hondo de su alma, de alimañas sanguinarias capaces de poner un coche bomba en un hipermercado lleno de criaturas inocentes o en una casa cuartel de la Guardia Civil y arrancarle la vida a muchos verdaderos soldados de la paz y el orden, a sus mujeres y a sus hijos. Quizás estas altas personalidades no sabían que se ponían al lado de delincuentes de lo más ruin e infames, de vulgares asesinos sin escrúpulos, pero, teniendo en cuenta que su colaboración podría servir para acabar con más de cuarenta años de terrorismo en una espiral que nada ni nadie parecía poder evitar, su aparente dejadez de la ética estaba justificada.

Y entonces comprendí que aquellos personajes que dejaban una estela de 829 personas asesinadas y miles de heridos, muchos de ellos muertos en pie, y 300 muertos aún sin esclarecer, no se estaban cachondeando -una vez más- con los miembros del gobierno de la nación, con los del pueblo vasco, con los políticos de todas las banderas y con todo el pueblo español; que no estaban representando -una vez más- su pésima obra de teatro con el objetivo de recuperarse de las bajas sufridas y recomponer su maltrecha figura; que no estaban buscando -una vez más- titulares en la prensa y TV para seguir aparentando el poder que les permitía extorsionar a los empresarios de las tierras vascas y navarras o convocar negociaciones con gobiernos de cualquier bando para pretender ilusorias y falaces reivindicaciones.

No, no estaban haciendo un papel con el que -como siempre- se limpiarían el culo en el momento que les interesara. Aquel acto de quitarse las capuchas y ponerse a disposición de la justicia vino a convencerme de que esta vez iban en serio, que decían la verdad. De no haber sido así, hubiera seguido pensando lo mismo que hasta ahora. Lo mismo que piensan las madres, viudas y huérfanos de todos los asesinados. Lo mismo que pensamos todos los españoles.







 

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